Valfermoso de las Monjas
26.02.11 @ 07:37:44. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Jaime Jurado Primer premio del certamen de pintura rápida de Mula 2010)(*)
Valfermoso es una palabra de resonancia antigua y un bello nombre para un pueblo. Y si añadimos “de las monjas” se convierte en lo que es: un rincón de oración.
Para llegar a él desde Guadalajara hay que pasar por una estrechura abierta por las torrenteras y trepar al altiplano. En el camino, el castillo de Torija nos observa con su benevolente mirada de siglos. El altiplano es como la cubierta de un enorme portaaviones que domina un panorama de montañas empequeñecido por la altitud a la que nos encontramos. Luego tendremos que descolgarnos por un sinfín de curvas repetidas hasta llegar al valle. Se trata de un valle muy amplio, con escasa vegetación en sus laderas y algunos pueblos de nombres sugerentes como Miralrío, Valdearenas, y, claro está, Valfermoso de las Monjas. El río es el Badiel , que, como suele ocurrir con otros ríos de Castilla, anda casi oculto, sólo delatado por los arbustos y por algunos de los árboles que se acumulan en el fondo del valle, donde la tierra acumulada a través de los siglos ha modelado un lecho confortable salpicado de pequeños olivares. De cuando en cuando se ven grupos de árboles altos, probablemente chopos, apretados los unos contra los otros.
Muy poco antes de llegar al pueblo, y arropado por uno de esos bosquecillos, aparece el monasterio. Está casi en un rincón, como escondido de la vista del viajero. El edificio es muy antiguo - nada menos que del siglo XII - pero hubo que reconstruirlo de arriba abajo tras un incendio. Consulto su origen con Google, y lo que yo suponía se confirma: el suceso tuvo lugar en el verano de 1936. No se dice quién le metió fuego, pero verde y con asas: lo hicieron aquellos salvajes desatados que ahora se nos presentan como amigos de la paz y de la democracia.
Nuestra visita a Valfermoso de las Monjas tiene por objeto asistir a la toma de hábito de Isabel, amiga nuestra de la parroquia, a la que durante años hemos visto casi a diario compartiendo ratos de oración. Su madre es viuda, y ella una mujer todavía joven, educada en el seno de una espléndida familia numerosa. Nos recibe a la entrada, en un pequeño y delicioso rincón - protegido del viento y del rigor del sol - que se abre tímidamente delante de la fachada antigua, adornada por las filigranas de la piedra, por una artística vieja verja de hierro y por los tejadillos que coronan las pequeñas puertas. Todo es perfecto hasta en la pequeña imperfección de los arcos carpanel. Un buen lugar para la oración o la meditación al pie de los árboles cuando, como hoy, nos acaricia un sol benevolente.
Como suponía, el acto alcanza momentos muy intensos, porque el rito tiene la sencillez de las cosas grandes. En total son dieciséis las hermanas, incluidas las cinco de toca blanca y la neófita. Nos dicen que dos de ellas proceden del Perú. Suenan humildemente el órgano y la guitarra. Entre el público, muchos miembros de la parroquia de San José de El Coto que han venido a transmitirnos su aliento y su proximidad espiritual. Habla la abadesa en un tono que trasciende la pereza de una dormida tarde de febrero, y en sus palabras percibo una gran fortaleza y también una gran dulzura. Luego se pronuncian las expresiones de aceptación del nuevo estado y todas las religiosas practican el gesto evangélico de lavar los pies de la nueva hermana como signo de fraternal acogida. Pero es cuando sobre el humilde atuendo “de calle” de Isabel cae el hábito que la transforma, y la toca blanca oculta su pelo alborotado - afro, creo que lo llaman -, cuando un largo momento de emoción intensa nos aprieta el alma.
Ya, tras la despedida, nos disponemos a partir, pero surge la sorpresa: las monjas tienen prevista una merendola, casi cena, con la que no contábamos en el programa. El esmero con que la han preparado es conmovedor; hasta han sacado las guitarras para que las hermanas más jóvenes nos obsequien con unas canciones bien entonadas, expresivas de las profundas raíces de su vocación. Yo converso con una monja de mediana edad y con gente de la parroquia que sólo conocía a medias. La tarde-noche culmina con una taza de chocolate y unos pasteles, o sea, según la tradición conventual.
Al salir vemos que ya se hizo la noche. Antes de regresar hablo largamente con la abadesa: una mujer con autoridad y que conoce bien el mundo y la España de hoy. Coincidimos hasta en algunos amigos comunes.
Finalmente, camino ya de casa y en la oscuridad solo iluminada por los faros, reflexiono sobre la importancia que tiene el que, en estos tiempos en que la gente se aleja cada vez más de la verdadera realidad y desconecta olímpicamente de su Creador, existan almas como las de estas sencillas monjas de Valfermoso, generosamente entregadas a la oración desde el siglo XII de la era cristiana. Son pocas pero intensas luminarias que se encienden para compensar tantas y tantas luces como hoy apagan cada día la apostasía y la ceguera de los hombres de nuestro infortunado tiempo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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