La que se está armando
23.02.11 @ 07:21:32. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Bazaar el Moo, Ristan . Acuarela de David Roberts en artimannias.blogspot.com)(*)
La verdad es que no paramos de sorpresas. No muy lejano el Once de Septiembre - que cogió en calzoncillos a la mismísima CIA - y recientito el precipitado colapso de los mercados financieros - que no supo prever ni el señor Botín -, ahora, en cuatro días como quien dice, tenemos una en el norte de África de la que ni sabemos las repercusiones que puede acarrearnos.
Del Once de Septiembre nos vino el Once de Marzo, y del Once de Marzo ya saben ustedes lo que nos vino, porque lo sufrimos todos los días y así nos va. Y eso sin irnos a los efectos que produjo a escala global lo de las Torres Gemelas. En cuanto al colapso de Lehman Brothers y el resto de la familia, para qué les voy a decir, si yo lo estoy notando hasta en el bolsillo, y eso que soy una especie de tancredo para la cuestión económica.
Pues bien, aún no repuestos de tanto zarandeo, salta esto de la revolución en el Norte de África y ya estamos otra vez con el corazón, no partío, sino hecho trizas de tanto sobresalto. “¡Caramba!” nos dijimos los primeros días, “… pero si Túnez era un país bastante abierto y con buenas universidades, tenía controlado el integrismo islámico e iba relativamente bien si lo comparábamos con otros…” Porque, hombre, no era lo que se dice un modelo de democracia, eso está claro, pero, los países árabes, ¿no han estado siempre acostumbrados a vivir bajo una paternal opresión? O, dicho de otra forma ¿será posible gobernarlos de otra forma que no sea con mano de hierro, como es norma general entre ellos?
Esto nos preguntábamos nosotros, y con ellos también muchos oriundos. Recuerdo una entrevista a Omar Shariff, un egipcio de pro (recuerden “Doctor Zivago”). En ella el insigne actor nos desilusionaba diciendo que los países musulmanes eran incompatibles con la democracia. O sea que había que tratar con ellos como ahora tratamos con los chinos: sin hacerles demasiados ascos, porque, hombre, tampoco íbamos a cerrarles la puerta.
Esta era la contradicción que el pragmatismo aconsejaba y que constituía práctica obligada. Ahora, al calor de los entusiasmos revolucionarios, asistimos al rasgado de vestiduras y al encarnizamiento contra el tirano de turno. Y es que, por lo que se ve, las revoluciones enardecen muchísimo y, además, entretienen casi más que la prensa rosa.
El problema es que lo que un buen día empezó en Túnez ya ha alcanzado a Egipto, y Egipto es algo muy serio: ni más ni menos que el país clave del mundo árabe por su situación geoestratégica y su apabullante demografía. Fíjense ustedes: que cada uno de cada cuatro árabes es egipcio, y Egipto controla el canal de Suez y tiene frontera con Israel. Ahí es nada.
Recuerdo que allá por el año noventa y cinco tuve ocasión de hablar con mi entonces colega tunecino sobre el problema del extremismo islámico en el norte de África. Su versión era “políticamente correcta”: no había gran problema gracias a la política que se venía haciendo y a la solidaridad reinante entre los pueblos árabes. Ah, pero… El pero era que si el integrismo alcanzaba a triunfar en Egipto, ya no habría quién lo parara, porque Egipto era mucho Egipto.
O sea que ojo al parche. Porque los movimientos revolucionarios quedan ahora muy bonitos como gritos de libertad, y hay que reconocer que lo que hasta este momento hemos visto ha sido una imagen de cierta moderación y de muchas ansias de democracia. Pero claro, ya sabemos lo que la democracia es para algunos, que si le preguntamos a ese señor con pinta de cateto que gesticula en Teherán, nadie hay más demócrata que él, los ayatolás y los guardianes de la revolución.
Ojo, sí, que esto es cuestión de tiempo. Que puede ser que de entrada todo esto acabe bien, y hasta haya elecciones limpias y todo; puede ocurrir, incluso, que de primeras no ganen los Hermanos Musulmanes. Pero bien saben ustedes, queridos lectores míos y gente de contrastada experiencia, que tras la euforia suele llegar la decepción, y que en cuanto fallen las expectativas volverán las protestas por el pan y el condumio. Además, los egipcios no tienen gran costumbre de manejar la democracia. Así que entonces pueden surgir - Dios no lo quiera – los hermanos o los primos o los imitadores de Hamás o quienes sean, que además del Corán ofrecen unos servicios sociales como los de Hizbolá en el Líbano, con lo cual podrían ser ellos quienes a final se llevaran el gato al agua con una gran elegancia, como ocurrió en Argelia con los partidos islamistas, cuando todo acabó con un pucherazo muy antidemocrático para quitárselos de encima. Y, entonces, a ver qué cara se nos queda a todos.
Supongo que los vecinos del Sinaí y más arriba, que son más listos que conejos y andan haciendo cábalas sobre cómo llevarse por delante las instalaciones nucleares iraníes, buscarán ahora un huequito en sus cabezas para ver qué hacen con los egipcios si la cosa se pone fea.
En fin, que la cosa está que arde. Y eso que todavía no nos atrevemos a hablar de otros asuntos parecidos por no incomodar al vecino del sótano.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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