El nublado viene de la atalaya
22.02.11 @ 07:23:22. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

( Acuarela de Jaime Jurado Cordon, 2º premio del concurso Alarcos 2010) (*)
Todavía pendiente el cruce de opiniones sobre “arte y belleza” y si ésta es o no objetiva, han brotado dentro de mi mente recuerdos que encierran si no arte, desde luego, y desde mi particular perspectiva, una belleza realmente incomparable.
Dehesa de Peñalba “la Verde”. Un verano de hace muchos años: Paco y yo salimos de caza, como cada día, de mañanada. Cuando enfilamos la carreterilla del Cacho del Camposanto, sabíamos de antemano, que sobre lanchas de la que fuera calzada romana, nos dirigíamos a los pinares de la Dehesa de Traspinedo. Como siempre, oteamos el horizonte: ni una sola nube. Como siempre, respiramos hondo: aunque la nariz detectó olores familiares de romero, resina y tomillo de los pinares, en los pulmones jóvenes no entró ni un soplo siquiera de aire fresco. Amanecer extraño y caminar silencioso. Como almas gemelas, cada uno reparó en que no era el nacimiento de un día cualquiera. Silencio que cada cual rompía en su interior, con qué sé yo -o sí- qué extraños presagios. Extraño despertar, excesivamente silencioso. Calma chicha desacostumbrada. Entre la maleza exuberante junto al canal del Duero, ni un solo arrullo de palomas o tórtolas. Ni un solo movimiento en el interior de los zarzales de conejos asustados por nuestras pisadas recias. Silencio. Nos miramos. Callados. Sudorosos aún de mañanada. Ni gota de rocío en la vegetación lánguida. Silencio. Sólo silencio.
Miré a lo lejos. El sol comenzaba a sangrar sobre el cielo impoluto, una luminosidad extraña de cocina enrojada. Silencio. Espeso. Ni un solo amago de encarar la escopeta. Soledad. Hormigueros continuos a lo largo del camino. Culebras fuera de su abrigo natural en el terreno despejado de la vieja calzada. Culebras, lagartos, hormigas, quietud… nos miramos, y dicho todo con los ojos, apretamos el paso. Calor sofocante.
Con una sensación interior de algo anormal, caminamos en un mutismo nada habitual, sólo observado cuando se trataba de acercarse a las cazas sin que éstas se apercibieran de nuestra presencia. Nos mirábamos de reojo y el silencio era más elocuente que las palabras. La mañanada era de amanecida excesivamente radiante. Extrañamente radiante. La luz del sol que apareció como parido del páramo, irisaba luces y sombras entre los pinos resineros. Pinos rodenos que lloraban esencias por las heridas abiertas de alto en bajo en la roña doliente de cada tronco rasgado.
En el claro de una hondonada donde las junqueras desmentían lo secano del terreno, oteamos el horizonte lejano. La atalaya-encina centenaria sobre la línea del cerro- apareció coronada de brumas rojizas, destellos del sol naciente sobre nubes salidas de qué sé yo dónde. La sombra de Paco sobre romeros y tamujos olorosos, marcaba, más o menos, las nueve de la mañana.
-¡Quieto!, exclamó de pronto. Encaró el arma. El estampido del disparo tuvo ecos extraños, extrañamente potentes. La liebre encamada-amodorrada- surgió bajo la planta espinosa de esparraguera silvestre, en dirección al perdedero de la mayor espesura. Al segundo disparo -con el primero no quiso sino que saltara de la cama- mostró la blancura del vientre en una “pingoleta” espectacular. Poco acostumbrados a cazar fuera de nuestros territorios peñalberos, no prestamos particular atención al posterior y continuo retumbar del estampido. Con la “media liebre” en el morral, proseguimos hasta la linde de la Dehesa de Traspinedo con la “carretera de Soria”.
-¡Mira Carlos!, me señaló Paco donde aún coleaba una culebra bastarda de no menos de un metro y el grosor del brazo de un niño gordito. Sin comentarios que lo decían todo.
Caminamos por la cuneta, y a los pocos metros…
-¡Mira Paco, otra! Ésta más pequeña y de la especie que por estos pagos llaman bigardos, cuando se deslizó a terreno despejado, también fue atropellada por uno de los no muchos vehículos que transitaban por el asfalto. Más que mirar a la nueva bicha, ambos levantamos otra vez inquietos los ojos hacia la atalaya. Espectacular. Iluminada por el frente, en la encina gigante, destacaban, pese a la considerable distancia del páramo, los brazos fuertes abiertos en ademán de abrazo al valle que dominaba. La oscuridad tras ella obraba el prodigio de resaltar tan bella estampa. Atracción irresistible para los cazadores amantes de la belleza natural.
Sin ponernos de acuerdo, iniciamos un trote sostenido con la referencia continua, como punto de mira, en la atalaya. Atravesamos campos y pinares; rastrojos, valles y cotarros. El brillo de la atalaya por delante de la oscuridad profunda, no invitaba al descanso. Ansiábamos abrazar el tronco; como tantas veces hiciéramos en insensata competición desde las bodegas de Traspinedo. La senda abierta entre las pinas laderas, no fue obstáculo para aminorar el trote, sino al contrario. Nos obligaba la negrura, cada vez más negra tras la atalaya, y la desaparición como por encanto de la luz que antes reverberaba –espectacular juego de luces- entre los brazos recios de la vigía silenciosa del valle. Con sudores y jadeos, sofocos intensos, desacostumbrados, llegamos.
Abrazados ambos al tronco, que a duras penas abarcábamos, miramos primero al frente: al páramo. Soledad tenebrosa, que sólo una imaginación desbordante, podía ver en ella atisbos siquiera de belleza. Negrura de mal agüero, junto al color sepia indefinido del terrible secarral infinito. Horror de un paisaje anodino, que, sin embargo, palpitaba emociones en el pecho de los hermanos.
Volvimos la vista hacia el terreno recorrido. Aquí sí; la belleza del valle la pregonaban los bellísimos contrastes. Aún con la capa cada vez más oscura encima, los pinos albares desafiaban con verde intenso el misterio tenebroso de lo que se avecinaba. Y la cinta plateada, sinuosa en continuos meandros, del padre Duero. Y las Derroñadas, desplomadas a tajo sobre las aguas. Y las betas de arcilla en ellas de diferentes tonos…
Muleros arropados con mantas, “quinchaban” a los machos para colocar cuanto antes a cubierto el último carro de mies recogido del ahora desnudo rastrojo.
-“¡Chiquitos…! ¡buscar pronto un buen agrego que el nublado se acerca temeroso…¡ ¡Si serán `inorantes´ estos jodíos que `nian´ saben del peligro cuando el nublado `vie´ de la atalaya…!” Sonreímos. Ni jodíos, ni inorantes. Que de sobra sabíamos “dende que salimos de casa” lo que indicaban hormigueros, bastardos en la carretera y bigardos aplastados sobre el asfalto. Y el silencio que lo decía todo, sin el frescor de la mañana.
Todo cambió en un instante. La Castilla en sepia del anodino páramo se tornó rojizo intenso. La vieja atalaya perdió la belleza para mostrarse tal cual: anciana y a muchos años de sus verdores. El rayo que penetró cárdeno nubarrones y oscuridades, puso a cada cual en su sitio: atalaya y terrible estepa descarnada. Mas en lo profundo de los adolescentes quedó transformada la imagen en latidos internos de belleza incomparable. Nada fácil explicar con coherencia que un roble centenario, viejo por muy atalaya que fuese, pudiera componer con la monótona aridez del páramo y unas tobas solitarias -cardos altiricones resecos-, la bella imagen que se nos quedó plasmada con intensidad que se acrecienta al atardecer de cada una de nuestras vidas. Prodigio supranatural que sólo el amor hace posible lo imposible.
Perseguidos de cerca por una cortina intensa de lluvia desprendida de ramales muy negros desgajados de la mayor negrura en el cielo, penetramos en casa en tromba cuando el diluvio descargó recio sobre el caserío. Encaramados sobre un larguero de la puerta dividida al medio, vimos ahora cómo el personal buscaba refugio a toda prisa sin perder de vista la atalaya. Casi toda la mies estaba hecha grano en la panera, pero por venir el nublado de la atalaya, como todos repetían insistentes, había pavor en los rostros de los curtidos castellanos. Tras un rayo que cayó cerca y el trueno que siguió como un tremendo rugido de cañonazos, se marchó la luz. Otras más tenues, recorrían las casas. Velas sostenidas por la devoción de las mujeres que, guardadas tras alumbrar al Santísimo, confiaban en la protección contra el nublado. No se cumplió el vaticinio y, aunque aparatoso, el nublado que vino de la atalaya no descargó granizo. Después de escampar, y aún en el aire el rumor de las oraciones y los pabilos humeantes de las velas, vino la calma. Ocaso impregnado de fragancias y, en los castellanos todos, oraciones agradecidas.
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