Arte y belleza. 10. El esplendor de la forma
20.02.11 @ 07:31:23. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Falls in snow. Acuarela de Arnold Lowery en lowrey.co.uk)(*)
Tras sostener, en los últimos capítulos de esta serie sobre Arte y belleza, que la belleza depende de la forma y es objetiva, analizábamos el domingo anterior las condiciones y propiedades de todo lo bello, primero una cierta proporción interna -innata o adquirida por la educación estética- en el sujeto cognoscente, para que no tenga desenfocado su gusto artístico, su capacidad de apreciar o de componer lo bello; una correlación profunda entre el sujeto contemplador y el objeto contemplado; y en tercer lugar, por parte del objeto, se requieren una serie de propiedades que dependen de su forma y, en último término, de su ser. Todo ello siguiendo, como venimos haciendo en esta serie, la conferencia que pronunció el arquitecto vallisoletano Javier Lopez de Uribe en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid.
Entre las propiedades de todo lo bello en cuanto al objeto contemplado, analizamos en el artículo anterior las dos primeras, la armonía o proporción entre los elementos internos del objeto -formas y colores, sonidos.. – y en segundo lugar la integridad o acabamiento de acuerdo con su ser, plenamente constituido. Lo bello necesita estar acabado, dice nuestro amigo arquitecto, incluyendo ese toque final, ese algo, que otorga a una obra la calidad de obra de arte. La tercera propiedad, que pasamos a comentar, en todo objeto bello, es “un cierto esplendor o claridad en el orden sensible y, por analogía, en el orden espiritual, porque el intelecto se complace en la luz o en aquello que, emanando de las cosas, determina que el intelecto vea”. Reproducimos la conferencia en este extremo, que no tiene desperdicio.
"Para el entendimiento (vuelve a citar López de Uribe, "Metafísica", Ediciones Universidad de Navarra, de Tomás Alvira y otros), claridad quiere decir inteligibilidad, verdad, ser. Para la vista, luz, color, nitidez, limpieza. Para el oído, aquella disposición de los sonidos que hacen más agradable la audición". Lo bello es el resplandor de lo espiritual en lo material, de lo inteligible en lo sensible, un resplandor de algún principio secreto de inteligibilidad.
Este tercera característica, continúa López de Uribe, el esplendor de la forma sobre la materia, es el carácter esencial de la belleza, y se manifiesta también de muy diferentes maneras: "Es el brillo sensible del color o del timbre, es la claridad inteligible de un arabesco, de un ritmo o de un equilibrio, de una actividad o de un movimiento, es el reflejo en las cosas de un pensamiento de hombre o de un pensamiento divino, es sobre todo e1 esplendor profundo del alma que se transparenta, del alma principio de vida y de fuerza animal o principio de vida espiritual, de dolor y de pasión" (Jacques Maritain, "Arte y Escolástica"). Es el esplendor de un misterio, el esplendor de los secretos del ser que se irradian a la inteligencia de una manera más o menos clara para ella.
"A este resplandor es a lo que alude el lenguaje ordinario cuando habla de que algo irradia belleza" (Rafael Gomez Perez, "Introducción a la Metafísica", Ed. Rialp). Es la propiedad absolutamente primaria de la belleza y es la que ante todo importa. Se manifiesta principalmente en la melodía interior o sentido poético de la obra.
Y propone López de Uribe, en este punto, la conveniencia de precisar algo más tres aspectos de lo dicho acerca de esta propiedad de la belleza, el esplendor o resplandor de la forma, para no incurrir en errores de interpretación:
a) Cuando se habla de la FORMA no se refiere a su forma exterior, sino que debe entenderse en su sentido preciso y metafísico, es decir, como el "principio que hace la perfección propia de todo lo que es, que constituye y acaba las cosas en su esencia y en sus cualidades, que es en último término, si puede decirse así, el secreto ontológico que las cosas llevan en sí, su ser espiritual, su misterio operante" (Maritain, en la obra citada). Es el principio ontológico íntimo que determina las cosas en sus esencias y cualidades y en virtud del cual ellas existen, obran y son.
b) Cuando hablamos del RESPLANDOR de la forma, también debe entenderse como resplandor ontológico, que puede revelarse o no a nuestro espíritu. Se trata de algo claro y luminoso en sí mismo, sin que ello quiera decir que necesariamente deba aparecer como claro e inteligible para nosotros. ¿Qué es la luz del sol para los ojos de un murciélago? Normalmente toda obra verdaderamente nueva comienza por parecernos como oscura, aunque el tiempo podrá acabar aclarando el juicio.
c) "Por más bella que sea una cosa creada (en expresión de Jacques Maritain, de nuevo) puede parecer bella a unos y no a otros, porque solamente es bella bajo ciertos aspectos, que los unos descubren y los otros no ven. Puede así ser la misma cosa, BELLA EN UN LUGAR Y NO BELLA EN OTRO".
Sin embargo, y esto es muy importante, "a los ojos de Dios (cita ahora, de Maritain, "La poesía y el arte"), todo cuanto existe, en cuanto participa del ser, es bello. En efecto, la belleza que Dios contempla es belleza trascendental que penetra todo lo existente en mayor o menor grado. Mas no es ésta la belleza que perciben nuestros sentidos, de suerte que aquí nos vemos obligados a (…) distinguir la belleza estética de la belleza trascendente. Cuando se trata de la belleza estética nos encontramos en una esfera de la belleza en la cual los sentidos y la percepción sensitiva desempeñan un papel esencial y en la cual, como resultado de ello, no todas las cosas son bellas. La presencia de los sentidos, que dependen de nuestra constitución carnal, es inherente a la noción de belleza estética. Diría yo que la belleza estética, que no es para el hombre toda la belleza, pero sí la belleza más naturalmente conforme con el espíritu humano, es una determinación particular de la belleza trascendente: es belleza trascendente que está no simplemente frente al intelecto, sino frente al intelecto y a los sentidos que obran conjuntamente en un único acto (...) De ello se sigue que en el dominio de la belIeza estética, esto es, con respecto a las exigencias de los sentidos penetrados por la inteligencia, o con respecto a lo que se acomoda o no a los sentidos del hombre, las cosas se dividen en bellas y feas. Sólo con respecto al hombre, esto es, con respecto a los sentidos penetrados por la inteligencia, las cosas se dividen en estas dos categorías. (...) Mas la verdad es que esta categoría de lo feo no tiene sentido alguno para un espíritu puro, ni para Dios, porque el espíritu puro ve todo de un modo meramente intelectual, no sensitivo. Feo es aquello que, siendo visto, disgusta; luego, allí donde no hay sentidos no hay tampoco categoría de la fealdad. Cosas hay desprovistas, en cierto sentido, de la debida proporción, del esplendor o de la integridad, pero en ellas el ser abunda y, en esa misma medida, el hombre puede complacerse en su visión (...) A los ojos de Dios todas las cosas son en mayor o menor medida, bellas; ninguna es fea. Mas el caso es que conocemos a través de nuestros sentidos. Y sin duda hay muchas cosas feas o repugnantes que son perniciosas al hombre. Pero no todas ellas lo son, de manera que si son feas, repugnantes o sucias, no es porque sean nocivas al hombre, sino, esencialmente, porque son repugnantes a la proporción interior o armonía de los mismos
sentidos".
“Además –sigue López de Uribe-, como la belleza que percibimos es compuesta y limitada, el hombre puede prestar más atención a unas manifestaciones que a otras, sobrevalorando unas y disminuyendo otras; y según la educación recibida y los hábitos adquiridos, puede también el hombre ser más o menos apto para aprehender ciertas facetas de lo bello”.
Tengo que comentar con Javier López de Uribe esta, digamos fórmula de solución al problema de la fealdad como contradicción a la característica esencial de belleza que todo ser, todo lo que es tiene, y no solo a los ojos de Dios sino conceptualmente. Claro que no soy quien para discutir nada menos que al gran filósofo Maritain. No obstante, me gustaría ensayar, como fórmula alternativa, el argumento que para otro de los trascendentales, el bien, se utiliza. Dice la filosofía tradicional que siempre nos movemos atraídos por el bien, incluso cuando hacemos el mal, que es un bien menor para nosotros. En definitiva que más que mal, lo que existe es ausencia o carencia de bien, del bien en plenitud. En ese mismo sentido pienso que puede sostenerse no existe la fealdad, sino la ausencia de plenitud de belleza, o belleza inferior. Tiene la ventaja esta opción, de poder contemplar las obras presentadas como arte –especialmente en el llamado arte contemporáneo- sin tener en cuenta su mayor o menor belleza, para valorar la concurrencia en ellas de otras propiedades trascendentales del ser, como la unicidad, la singularidad, la novedad. Claro que a continuación tendríamos que valorar todas ellas y calcular qué “camtidad de ser”, o sea entidad, tiene la obra contemplada. Para entendernos, enmarcar un ladrillo puede tener un valor docente, pero escasa creatividad, escasa entidad. En fin, lo comentaré con Javier y ya les contaré.
La belleza –concluye López de Uribe en su magnífico trabajo- pertenece al orden trascendental y metafísico. Comenta Maritain (en "Arte y Escolástica") que "desde que nos enfrentamos con un trascendental, nos enfrentamos con el ser mismo, con una semejanza de Dios, un absoluto, la nobleza y el gozo de nuestra vida; entramos en el dominio del espíritu. Es de tener en cuenta el hecho de que los hombres sólo se comunican verdaderamente entre sí pasando por el ser o por una de sus propiedades. Sólo por ahí se evaden de la individualidad en que los aprisiona la materia. Si permanecen en el mundo de sus necesidades sensibles y de su yo sentimental, por más que traten de contarse los unos a los otros, no llegarán a comprenderse. Se observan los unos a los otros sin verse, cada uno infinitamente solo, por más que, el trabajo o el placer aparenten unirlos. Pero si se llega al bien o al Amor, como los santos; a la verdad, como Aristóteles; a la belleza, como un Dante, un Bach o un Giotto; entonces el contacto se ha establecido, y las almas se comunican. Los hombres sólo se reúnen realmente por el espíritu, sólo la luz los une, la luz que reúne todas las cosas intelectuales y racionales, y las hace indestructibles"
Pero además, por ser un trascendental, la belleza tiende a transportar el alma más allá de lo creado: la belleza de las cosas creadas nos lleva al Creador. Ella, por las cosas visibles nos conduce a las invisibles, nos las manifiesta. La sabiduría popular lo expresa diciendo, como en el caso de la laguna, de Chapala, en Méjico, que es un lugar donde las almas pueden hablarse de tú con Dios. Y así es. Seríamos los más desdichados de todos los hombres si no tuviésemos fe y esperanza, junto con el amor. Dentro de nuestros corazones existe un deseo permanente, e insaciable de belleza, belleza que se encuentra no sólo en las cosas sensibles, sino también y por excelencia en las cosas espirituales. El que la contempla, se siente libre de ataduras terrenas y entra en el instante infinito, gozando con esa alegría interior y silenciosa que trasciende todas las cosas y que, aun dentro de sus limitaciones, hace reposar temporalmente al corazón humano con ese inefable sentimiento de plenitud, de liberación de las urgencias y exigencias de la vida, como henchido de un conocimiento superior del objeto contemplado, tan difícil de expresar.
Por eso nos resultan tan indispensables las Bellas Artes, tan vitalmente necesarias: porque "mediante ellas permanece no olvidada y en marcha la contemplación de la Creación. De tal clase de contemplación ante el mundo creado se alimenta incesantemente (...) todo verdadero arte" (Josef Pieper, “El ocio y la vida intelectual, Ed. Rialp).
Creo que estos últimos párrafos son para meditar más despacio, dejando a un lado aspectos formales de nuestro entendimiento de la belleza, bien como necesaria propiedad de todo lo que es, o como término de la fealdad. En definitiva, efectivamente “trascender todas las cosas” y llenarnos gozosamente de la belleza sensible y sobre todo la espiritual.
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