Seguimos con las chapucillas
19.02.11 @ 07:20:22. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Estación. Acuarela de Vicente Rivas Camacho seleccionada en el Concurso de Pintura Gaudí 2010, scribd.com/doc/46025851. 60 x 98)(*)
Supongo que ustedes habrán oído hablar de la “economía sostenible”. Nos la anunciaron poco menos que como una solución que vendría a resolver el problema de España. Según parece, quien la propuso la habría concebido en un momento de inspiración y luego la habría rumiado a lo largo de los años en espera de su glorioso alumbramiento, ahora ya posible. Sangre nueva e ideas nuevas venían a iluminar nuestro triste panorama actual, tantas veces negado hasta que se nos vino encima y nos hizo todos estos destrozos. O sea que, tras el “donde dije digo, digo Diego” y tras los brotes que no eran brotes, había por lo menos una gran idea que no solo resolvería muchos de los problemas que nos acogotan sino que demostraría que, aunque las arcas estuvieran medio vacías, por lo menos teníamos materia gris para dar y tomar.
Ahora la idea se encarnaría en una nueva ley, y ya saben ustedes lo que gusta aquí legislar, así que no habría demasiados obstáculos para realizar el milagro; tengan ustedes en cuenta que España es líder en Europa - sí, así como lo oyen - en producción legislativa. No digo en calidad, que eso sería ya demasiado decir, pero sí en cantidad. Ya he comentado aquí varias veces la pasión hispana por hacer leyes y más leyes; aunque luego no se cumplan. Y se me hace a mí que en esto de no cumplirlas podríamos estar también en el grupo de cabeza europeo.
Con antecedentes como los que acabo de enunciar no es de extrañar que la propuesta de ley que salió de las cocinas parlamentarias despertara entre la gente una bulliciosa curiosidad. Desde luego, lo de “sostenibilidad” sonaba a cosa novedosa y progre como su autor intelectual y el coro habían seguramente deseado. La verdad es que a mí se me hace difícil de asumir que hasta ahora nadie se preocupara por hacer sostenible nuestra vida, y por tanto no me extraña la mala prensa que tienen en la historia nuestros predecesores inmediatos, como tampoco que, una vez tuvieron en sus manos la propuesta, un grupo de hombres sabios cayó en la idea de diseccionarla para extraer de ella sus olores y sus sabores como aportación ilustrada a tan fantástica iniciativa. Y lo hicieron “gratis et amore”, cosa realmente asombrosa en nuestros días.
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