Lancelot 2010. ¿Marte?
15.02.11 @ 07:23:35. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Nocturno. Acuarela de J. Martinez Lozano en martinezlozano.cat)(*)
Sábado 7 de agosto. He de confesarles primero, que la interrogación a Marte se la he puesto ahora. Les diré porqué. Más de sesenta artículos escritos durante las vacaciones en Lanzarote con día de la semana, fecha y nombre del artículo, han de coincidir con el calendario. Al descifrar la dificultosa escritura con bolígrafo, procuro comprobar la debida correspondencia dicha del diario conejero. También, corrijo, cambio, ordeno, lo que salió del horno de un tirón. Sin cambios en lo fundamental, procedo a enmendar posibles errores gramaticales u otros más gordos. Confusa en mi “cuaderno de campo” la fecha en que vi el planeta Marte, consulté al sr. Google, tan visitado por cuantos usamos este medio. Sorpresa. Hay discrepancias no solo de fechas, sino si fue o no Marte el que sería visible sin telescopio desde la tierra. Así pues, pongo el signo de interrogación ahora y sigo tal cual lo escribí ¿Vale? Pues vale.
Cada nuevo amanecer que nos concede el Dueño y Señor de todo lo creado, es una caja de sorpresas.
Antes de marchar al diario trabajo en el hospital me vino el doctor “vascorro”, mi yerno, con la noticia de que había leído en su ifone que hoy podríamos ver sin telescopio al planeta Marte. Acontecimiento que no se repetiría hasta pasados 62.000 años. Como supondrá mi improbable lector y probable incrédulo, no creo que, ni aún congelados, podamos verlo de nuevo. Mucho menos los que estamos en primera línea de fuego con el primer logro-la eutanasia- de la nueva responsable, Pajín, de la sanidad (¿) española.
Creo haberles dicho que el cielo canario no tiene comparación con el castellano. Por supuesto es el mismo, pero aquí, en Lancelot, no siempre está despejado. Las brumas, calimas, siroco del desierto… son los causantes de que no siempre lo veamos tachonado de estrellas. Y es lástima. En la delicia de temperaturas suaves que incitan a la contemplación desde la terraza, no suelen verse las estrellas del firmamento.
Ayer tarde fue una sorprendente excepción. Cenamos en el interior de la casa y por no sé qué programa en un canal de tv. Salí yo solo a tomar el fresco. Espectacular. Noche serena; poco viento, ¡y cielo completamente despejado! Saqué una butaca de jardín fuera del espacio cubierto y, ensimismado, busqué mis estrellas favoritas. Conté cinco veces la longitud de la vara del carro de la nítida Osa Menor y pude observar la misma Osa Mayor con limpidez castellana. Sin serlo, creo, permanecí largo tiempo embobado. Si el firmamento-pensé- es así de hermoso ¿Cómo será el mismísimo cielo?
Después del intento vano de contar las estrellas, giré el asiento hacia el Norte y Este luego. Después de no sé el tiempo de conversación con mis “amigas” de siempre, giré al Oeste. Vi lo inaudito: lo que científicos, magos y astrónomos no pudieron ver en cientos de miles de años, lo tenía perfectamente visible frente por frente. No me lo podía creer. Observé, despacio, con respeto casi reverente. No, no eran las luces de ningún avión de los que cruzan por allí el cielo con frecuencia, tal vez sin ser vistos con semejante nitidez. Me froté los ojos. Tampoco era un sueño, producto de la imaginación que, en noche tan apacible, incitaba a soñar. Recordé mis estrellas favoritas. Ni por brillo y tamaño descomunales, coincidía con Mizar, Polar o Rucba. Aquello, sin serlo, parecía una estrella gigante como jamás viera. ¡Y era real!
Puede que manifestase la admiración en voz alta. Cundió la alarma entre los del interior, porque salieron en tromba. Enseguida paralizados. Con voz queda, respetuosa, impresionados todos por el espectáculo nunca visto, surgieron los comentarios: ¿un meteorito desprendido…? ¿Desequilibrio entre los prodigios del firmamento…? Opiniones diversas, algunas tan disparatadas como la del “fin del mundo” que oyera Javier en el colegio. Convencido de que allí no se acababa nada, sentenció muy serio en lenguaje supermoderno: “¡Es una distorsión nuclear!”. Y tan oreado tras la sentencia iluminada, guardó silencio.
Desapareció y apareció mi yerno provisto de instrumental diverso. Prismáticos, telescopio… Me cedió el privilegio. Enfoqué, gradué y vi lo insólito: un gran disco incandescente con pequeñas sombras, como cráteres de un gran volcán. “Estrella gigante”, que llenaba todo el ocular. Trastabillé hacia atrás. En el mismo momento, mi yerno, que manipulaba otro aparato, exclamó: ¡¡Es Marte!! ¡Lo que estaba anunciado! Espectáculo-añadió- irrepetible en ¡setenta mil años! Tras atenta observación del “planeta” cada cual marchó a descansar.
Medité despacio. Dios del universo... Creación portentosa… FE.
P.D.: fuera o no Marte, lo que vieron mis ojos, no fue un sueño. Ningún medio se hizo eco de la visión que, les aseguro no fue tal. Meteorito o Marte, lo que vi, se lo he narrado. Sin florituras. Recuerden: sábado 7 de agosto de 2010. Con el nuevo día, cielo despejado y en calma. Sosiego interior. Veremos…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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