Arte y belleza. 9. La unidad, forma de lo bello
13.02.11 @ 07:43:02. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Acuarela de Torgeir Schjolberg en pintaracuarela.blogspot.com)(*)
Que la belleza está en lo creado, con independencia de que la apreciemos o no, quedó desarrollado en el anterior artículo de esta serie en la que seguimos la conferencia del arquitecto vallisoletano Javier Lopez de Uribe en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid, que después presidió, y que por cierto tiene estos días nuevo presidente al haber sustituido a Joaquín Díaz, Jesús Urrea, director del Museo de la Universidad de Valladolid. Sucesivas aclaraciones nos pidió, en comentarios al artículo precedente, nuestro compañero foramontano Carlos Bustamante, que creo han servido para matizar la cuestión. Quedaron pendientes las “Condiciones y propiedades de todo lo bello”, que, nos decía Carlos, está esperando con tanto interés.
Las condiciones requeridas para poder percibir la belleza de las cosas, continua López de Uribe – incluyo su texto literalmente, con algún comentario- “pueden reducirse a tres clases de proporción necesarias:
- Se requiere en primer lugar una cierta proporción interna -innata o adquirida por la educación estética- en el sujeto cognoscente, para que no tenga desenfocado su gusto artístico, su capacidad de apreciar o de componer lo bello. Si carece de ella, se explica perfectamente que haya aspectos de la belleza que le superen o que no los capte, como hay también verdades opacas para algunas inteligencias.
- En segundo lugar, para que al hombre le agrade la belleza de las cosas, debe existir una cierta proporción entre sus facultades cognoscitivas y la hermosura que capta, entre sujeto y objeto. Es la que causa el gozo de la contemplación, ya que "los sentidos se deleitan en las cosas debidamente proporcionadas, como en algo semejante a ellos" (dice Sto. Tomas de Aquino). Por ejemplo, es necesario que el objeto claramente visible sea proporcionado a la vista. Si no hubiese esa adecuación, esa conveniencia con el objeto, sujeto y objeto permanecerían como extraños entre sí y las cosas seguirían siendo igualmente bellas aunque no existiesen hombres capaces de apreciarlas. "La belleza es el conocimiento de una asimilación sustancial entre dos seres exactamente proporcionados" (Etienne Gllson, "Elementos de Filosofía Cristiana"), y el placer que se sigue de ese conocimiento testifica la excelencia de la proporción existente entre sujeto y objeto. "La belleza implica una correlación profunda entre un sujeto contemplador y un objeto contemplado" (Antonio Lopez Quintas en la voz "Belleza"de la Gran Enciclopedia Rialp). Un verso bello se apodera del alma por las correspondencias espirituales que descubre.”
Creo que esa correlación a que se refiere López de Uribe se da especialmente entre el artista creador y la obra que está realizando, cuando trata de reproducir el objeto que tiene in mente. A veces lo expresado empieza a tomar derroteros nuevos imprevistos para el autor, que modifican puntualmente su propósito, modificando su idea inicial, tomando nueva vida.
“- Y en tercer lugar, por parte del objeto, se requieren una serie de propiedades que dependen de su forma y, en último término, de su ser. "No olvidemos que FORMOSO viene de forma, y de formoso se deriva el término HERMOSO" (Rafael Gómez Pérez, , "Introducción a la Metafísica", Ed. Rialp). Santo Tomás las resume en tres fundamentales, tres caracteres esenciales o elementos integrales, que verdaderamente se hallan presentes, de una manera u otra, en todo lo que goza de belleza, y son:
1.° Una cierta armonía o proporción entre los elementos internos del objeto -formas y colores, sonidos.. -, porque el intelecto se complace en el orden y en la unidad: comprende, pues, la unidad en la variedad, e1 sistema, el módulo, el ritmo. Es medida, es orden en cuanto a proporción satisfactoria en su tamaño y a su agradable presencia. Es consonancia, concordia, amistad.
Esta razón de similitud y relación de conveniencia entre las partes convierte al objeto en apetecible, identificándose por lo tanto con el bien, del que difiere sólo conceptual mente -no en la realidad- por manifestarnos aspectos distintos. Comenta Jolivet en su Tratado de Metafísica que "la multiplicidad de aspectos y las diferencias, lejos de dañar a la belleza, la hacen más notable, si saben reducirse a la unidad y la explican. La unidad triunfa cuando somete a su ley elementos que parecían inconciliables, como se ve en las arquitecturas sonoras de Bach, de Beethoven o de Franck, donde la unidad reúne y funda motivos y temas múltiples en un mismo todo armonioso, en el que nada es inútil, y en el que todo concurre y se acuerda en la misma idea" (Régis Jolivet, Tratado de Filosofía Metafísica, Ed. Carlos Lohlé).
Esta armonía o proporción tiene un sentido objetivo, definido por la naturaleza misma de la cosa bella, aunque los aspectos que puede revestir al ser conocida por diferentes sujetos y de diferentes épocas pueda variar según la evolución de los mismos. Pero la proporción siempre ordena las relaciones de medida y número, de cantidad, en los objetos bellos; y la armonía, las relaciones cualitativas de semejanza y variedad.
La raíz última de la belleza está en la unidad: "la unidad es la forma de toda belleza" (San Agustin, "De vera Religione"). Se manifiesta en la obra en la relación recíproca de sus partes, extendidas ya en el tiempo, ya en el espacio físico.
Ejemplos de esta primera propiedad de la armonía o proporción son, "desde la maravillosa disposición del universo en su conjunto, que hace reposar tanto a los sentidos como a la inteligencia, hasta la cadencia de un fragmento de música clásica o la armónica integración de un organismo vivo" (Tomás Alvira, Luis Clavell y Tomás Melendo, "Metafísica", Ediciones Universidad de Navarra). "Indagando la diferencia entre genio y talento en música, Robert Schumann llegó una vez a la conclusión de que en toda obra de genio hay un hilo de oro que la recorre entera y la mantiene unida" (Etienne Gilson, "El Amor a la Sabiduría").
Esta primera propiedad es la más perceptible a los sentidos, la más evidente, la que primero se ve en la obra. Es el reflejo externo de una proporción más profunda y primordial que permanece oculta en ella.
2.° La integridad o acabamiento de acuerdo con su ser, porque el intelecto se complace en la plenitud del ser. Un objeto es íntegro o perfecto, y por lo tanto bello, si todo su ser lo tiene actualizado, si no se reserva nada en forma de potencia de ser, si está terminado, plenamente constituido. La bello necesita estar acabado, incluyendo ese toque final, ESE ALGO, que otorga a una obra la calidad de OBRA DE ARTE.
Así coma la elegancia en una persona consiste en un conjunto de detalles y decimos de esa persona que es elegante sin reparar en cada detalle, de manera semejante decimos que la belleza exige la perfecta integridad de sus elementos, que el objeto sea algo naturalmente completo, perfecto todo, acabado. Si no fuese así, "el conocimiento –dice Jolivet en la obra citada- no podría encontrar en él su término perfecto, ni por tanto complacerse en él absolutamente. La noción de integridad del objeto requiere no obstante ser entendida de una manera amplia y muy flexible. Sobre todo no habría que limitarla a la integridad material, porque la materia del objeto estético no vale por sí sola, sino sólo por la forma que en él se manifiesta. Esta puede, hasta cierto punto, ser independiente de él. La integridad necesaria es, pues, la exigida por la perfecta manifestación de la forma o de la idea y puede ser materialmente deficiente. Hasta acontece a veces que ciertas auténticas obras de arte manifiestan la forma o idea más accesible y más clara por una falta voluntaria de integridad material, destinada a hacer resaltar más fuertemente ciertos aspectos inteligibles de1 objeto"
Jacques Maritain –en "Arte y Escolástica"- abunda también en esta idea al decir que "no hay una sola manera, sino mil o diez mil, por las que pueda realizarse la noción de integridad, o la de perfección, o de acabamiento. La carencia de cabeza o de brazos es una falta de integridad muy apreciable en una mujer, y muy poco apreciable en una estatua": la belleza de la obra de arte no es la del objeto representado.
3.° Un cierto esplendor o claridad en el orden sensible y, por analogía, en el orden espiritual, porque el intelecto se complace en la luz o en aquello que, emanando de las cosas, determina que el intelecto vea.”
Dejamos para el siguiente artículo el desarrollo de esta tercera característica esencial o elemento integral de todo lo que goza de belleza, el “esplendor de la forma”. Solo me resta comentar que quienes intentamos conseguir, por ejemplo con la pintura, obras verdaderamente creativas, esos nuevos seres con vida propia, esas obras perfectas, armoniosas, en plenitud de forma, sentimos clara, vivamente, en el transcurso de la tarea creativa, las carencias de armonía o de integración de lo realizado, que son como los dolores de parto para dar a luz ese nuevo ser que de momento solo está en nuestra mente, y no siempre nítido, acabado.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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