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Renoir en el Prado

Permalink 06.02.11 @ 07:23:32. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(Palco en el teatro (En el concierto). 1880. Óleo de Renoir en la actual exposición del Museo del Prado. 99,4 x 80,7)(*)

El estallido de impresionismo en nuestro país, que empezó el año pasado con la exposición de los impresionistas clásicos traídos del Musée d'Orsay por MAPFRE, y los 28 cuadros de Monet que simultáneamente ofreció la muestra “Monet y la abstracción” en el Thyssen y Caja Madrid, ha continuado desde el pasado otoño, y finaliza este mes -ampliada hasta el día 13-, con “Pasión por Renoir”, en el Museo del Prado, con 31 óleos de la Colección Sterling y Francine Clark, que reside en Massachusetts, de donde salen por primera vez. Escasas son las obras de los impresionistas con que contamos en España, y tampoco habíamos conseguido traer exposiciones sobre el movimiento que inició la modernidad en el arte pictórico, el más influyente en toda la pintura contemporánea.

No sé si por el éxito alcanzado con esta muestra –que ha reproducido las grandísimas colas de aquellas precedentes, y de las de Sorolla y Rembrandt en el Prado-, otra exhibición de esta colección, más importante aún, está a punto de recorrer cuatro ciudades europeas, Milán, Giverny, Barcelona y Londres. Se trata de 73 pinturas de los maestros del Impresionismo francés, Renoir de nuevo y además, Monet, Degas, Manet, Pisarro, Gaugin, Sisley, Toulose-Lautrec y Berthe Morisot; y algunas otras con que cuenta de maestros europeos del XIX, como Corot, Millet, Bouguereau, Jean-Léon Gérôme o Pierre Bonnard. No va a quedar más remedio que acercarnos a Barcelona pronto.

Ésta de el Prado, se ha dicho estos días, no es una completa retrospectiva de Renoir, como la que recientemente ha organizado el Grand Palais de París (y que después se ha visto en Los Ángeles y Filadelfia), con dos centenares de pinturas. Una lástima que el Prado no coorganizara esa exposición. Nos hemos tenido que conformar, pues, con esta “pequeña gran muestra”.

Michael Conforti, director del Stwerling and Francine Clark Art Institute, en la presentación de la exposición, reconoció que esta colección, “con obras del Renoir más joven”, no ofrece una visión completa del artista “pero si el primer Renoir que, desde el punto de vista de los Clark y de otros expertos, es el mejor”. Por el contrario, para el conservador jefe de la colección, Richard Rand, “las obras exhibidas expresan todo el repertorio de Renoir” y entre ellas se encuentran “dos de las pinturas históricamente más importantes” como son en su opinión 'Palco en el teatro' y 'Muchacha dormida', la obra más grande de la colección, ambas de 1880. Rand destacó también 'Cebollas', la obra preferida de Clark, así como el autorretrato del pintor de 1975, y 'Retrato de Madame Monet', “obra magnífica, icono de la colección”.

Lo que me ha dado la idea –a falta de otra mejor, a mí también me ha sabido a poco- de ver ahora su trayectoria a través de las obras acabadas de contemplar. Si tenemos en cuenta que Renoir ha sido uno de los pintores más prolíficos de la historia, con unos 6.000 cuadros pintados, parece difícil que con solo 31 pueda recogerse una síntesis de su quehacer. Sin embargo, parece que pueden distinguirse en Renoir cuatro o cinco etapas fundamentales, y creo están todas más o menos representadas en estos 31 cuadros de la colección Clark. Para esta conclusión he seguido, entre otros, a Peter H. Feist, en un trabajo publicado en la editorial alemana Taschenm, con el título “PIERRE-AUGUSTE RENOIR.1841-1919.Un sueño de armonía”.

El primer periodo que distingue Feist, de 1867 a 1871, es el de la aparición de la “nueva pintura”, que pronto empezará a llamarse impresionista, y del que no se recoge en la exposición del Prado ninguna obra. Renoir, Manet, Cézanne envían al famoso Salón de París, obras tanto en 1866 como en el año siguiente, pero el jurado las rechaza tajantemente. Los jóvenes artistas protestan ante la organización y reclaman sin éxito un "Salon des Refuses". Se reúnen en el café Guerbois, en el barrio de Batignoles, bajo la dirección de Manet, en la tertulia a la que también asiste Zola, que les apoya. A finales de los sesenta el Salón acepta que algunas de sus obras se incluyan en la exposición oficial. Pero en julio de 1870 estalla la Guerra Franco-Prusiana. La derrota de Napoleón III ante Alemania afectará también al arte. El nuevo jurado del Salón rechaza sistemáticamente toda innovación, y comienza un ataque sistemático a los jóvenes creadores, cuyas nuevas ideas se ridiculizan.

Es esta etapa de posguerra la de consolidación del movimiento impresionista, aunque la pintura de Renoir no empezará a conseguir cierto éxito hasta finales de la década de 1870.

En diciembre de 1873, aquellos tertulianos fundan una Sociedad anónima cooperativa de artistas, y consiguen una primera exposición de entre abril y mayo de 1874, en las salas cedidas por el fotógrafo Nadar, en el boulevard des Capucines. Tuvieron cierto éxito de público deseoso de novedades, pero que en su gran mayoría se burlaba de estas propuestas. Renoir estaba representado con seis pinturas y un pastel. El 25 de abril, el crítico Louis Leroy publicó en el periódico satírico “Charivari”, una crítica de la “exposición de los impresionistas”, que calificaba de “horripilante” y denunciaba la flojedad del dibujo, el garabateo de los colores, la omisión de muchos detalles y la ejecución descuidada de la pintura. El ideal de los nuevos pintores, dice, es claramente la impresión. Queda apellidado ya el movimiento para siempre.

En el 74 vuelven a exponer, en la galería de Durand-Ruel. Renoir acudió con quince cuadros, entre otros Desnudo al sol. El crítico Albert Wolff escribió en "Le Figaro": "Cinco o seis locos se han encontrado aquí, obcecados por su aspiración de exponer sus obras. Mucha gente se destornilla de risa por estas chapuzas" catalogando el Desnudo de Renoir como un "amasijo de carnes en descomposición".

De esta primera etapa en que Renoir acusa la contradicción de críticos y público, hay ocho cuadros en la exposición del Prado: Madame Claude Monet leyendo, de 1872; La barca-lavadero de Bas-Meudon, de 1874; El puente de Chatou, Autorretrato, Père Fournaise y Muchacha haciendo ganchillo, todos de 1875.; y Retrato de una joven (L’ingénue) y Tama, el perro japonés, ambos de 1876.

A la tercera muestra impresionista, celebrada en 1877 en la rue Le Peletier, presenta 21 obras, entre ellas la que se ha calificado de su obra maestra: Le Moulin de la Galette. Apenas consiguen ventas, pero recibe interesantes encargos como retratista, entre otros los de Madame Charpentier y la actriz Jeanne Samary, una de sus modelos favoritas en esos momentos.

La segunda etapa que distingue Feist en el apartado “Obras maestras del `impresionismo´ realista”, va de 1879 hasta 1883 (en que empieza el “período seco”), y es el momento del reconocimiento público de su aportación. De ella el Prado contiene catorce óleos, cuatro de 1879 (Muchacha con abanico, Estudio para Escena de Tannhäuser – Tercer Acto, Thérèse Berard, y Puesta de sol); tres de 1980 (Palco en el teatro -En el concierto-, Peonías y Muchacha dormida); cinco de 1881(Bocetos de cabezas -Los niños Bérard-, Palacio Ducal de Venecia, Cebollas, Bahía de Nápoles al atardecer y Bañista rubia); y dos de 1882 (Niña con un ave -mademoiselle Fleury vestida de argelina- y Marie-Thérèse Durand-Ruel cosiendo)

De esta época especialmente dice Peter H. Feist: “Renoir pintaba la realidad tal como la veía y la afirmaba: el gusto por la vida de la gente acomodada, en cuyas simpatías debía confiar para poder existir como pintor, y las alegrías de la bohemia pequeño burguesa, a la que él pertenecía y que aparecía civilizada, en modo alguno revoltosa ni trágica. Su pintura no captaba toda la verdad social, y a pesar de ello la llamamos realista, porque surgió en un encuentro honesto con la realidad, iluminando en ella nuevas páginas, objetivamente existentes, y porque ayudó a los hombres a percibirse y afirmarse de una manera nueva en su existencia normal y no en último lugar en su sensibilidad. Rasgos importantes en la vida de los hombres, y no sólo de aquellos años, llegaron a ser por primera vez estéticamente conocidos.

Los cuadros de Renoir ponen de relieve especialmente varios conjuntos de temas: los retratos y las figuras individuales tomadas casi como retratos, el baile, el teatro y la sociabilidad, las excursiones al campo, el ajetreo en las calles de la gran ciudad y el paisaje natural. Las pinturas de Renoir, como sus representaciones humanas en general, le señalan como particularmente capacitado para reflejar el encanto femenino, más aún: para captar la escala polícroma de la magia sugestiva que puede emanar de una mujer. Expresó la gracia de la belleza de la mujer cada vez con mayor maestría, e hizo así posible que quien contemplara sus cuadros sintiera una grata vivencia semejante. Ciertamente es un campo reducido del ser humano, el que Renoir captó pictóricamente, ya que no hay en él mujer alguna, encolerizada, fea o vieja; no encontramos en su producción caracteres profundos o problemáticos, y todos los varones reciben en sus cuadros cierto aire femenino, suave. Pero la sonrisa de la felicidad, la dulzura burbujeante del enamoramiento, el gusto por la vida, despreocupado y reconfortante, eso nadie lo ha sabido reflejar en los rostros y en las actitudes de sus figuras como el Renoir formado junto a los maestros galantes del Rococó.”

La tercera etapa sería la de los años entre 1883 y 1887, que se denominan el “período seco”. En la actual exposición figuran cinco óleos de estos años: de 1883 Marea baja, Sport, Vista de Guernsey, y Frutero con manzanas; Bañista peinándose de 1885; y Bañista de pie, de1887. Refieren los biógrafos que fue una época de cierta monotonía en sus creaciones. Se interesó por la pintura de Ingres y empezó a cuidar más su dibujo, haciendo hincapié en el modelado, al tiempo que empleaba un colorido más frío y suave. Tuvo en él diversas depresiones y llegó a destruir todos sus trabajos, como en octubre de 1886. Lo mejor será recoger la propia confesión de Renoir sobre esta etapa:

"Hacia 1883 yo había agotado el impresionismo y al final había llegado a la conclusión de que no sabía ni pintar ni dibujar. Dicho en pocas palabras, el impresionismo llevaba a un callejón sin salida en concreto, me di cuenta de que nuestro estilo era demasiado formalista, que era una pintura que llevaba a uno permanentemente a compromisos consigo mismo. Al aire libre la luz es más variada que en el estudio, donde sigue inalterable para todo propósito y tarea. Pero justamente por esta razón la luz juega un papel excesivo al aire libre. No se tiene tiempo para pulir una composición, uno no ve lo que hace. Recuerdo que una vez una pared blanca proyectaba sus reflejos sobre mi lienzo mientras pintaba. Yo seleccionaba colores cada vez más oscuros, pero sin éxito; pese a mis intentos, salía demasiado claro. Pero cuando más tarde contemplé el cuadro en el estudio, parecía completamente negro.”

Por contraste, para entonces la fama de la obra de Renoir ha empezado a traspasar las fronteras de Francia gracias a las exposiciones organizadas por Durand-Ruel en Londres, Boston, Nueva York y Berlín, después de la celebrada en París durante el mes de abril de 1883 que mostró 70 cuadros. Los coleccionistas norteamericanos empezarán a manifestar una especie de fiebre por sus trabajos, adquiriendo buena parte de su producción que hoy se pueden contemplar en los museos y colecciones de la mayoría de las ciudades de los Estados Unidos.

Finalmente su cuarta y última etapa, “El estilo tardío”, desde 1888. De ella hay en la colección mostrada cuatro obras. Muy interesante La carta (1895-1900); hacia 1890, Renoir había abandonado la técnica impresionista y en este lienzo son los contrastes de luz y sombra los que definen la textura y el volumen de las figuras. Además, Mujer leyendo, de 1891, Autorretrato, de 1899, y Jaques Fray, de 1904.

El éxito que ya disfruta le permitirá realizar un viaje muy deseado: su destino es España, acompañado por el editor Paul Gallimard. La colección de Velázquez, Tiziano y Goya del Museo del Prado causará una profunda impresión en el pintor, al igual que los frescos de San Antonio de la Florida ejecutados por el maestro aragonés.

“Las obras de esta etapa madura están caracterizadas por el vibrante chisporroteo del color, combinado con un potente modelado y un acertado dibujo. El color es aplicado con pinceladas rápidas y relajadas, recuperando el interés por la luz de sus años juveniles, destacando las tonalidades rojizas como preferidas.

Algunas de sus obras gozan del clasicismo de Rubens al emplear contundentes modelos desnudas dotadas de gracia y alegría. "Miro un desnudo -comenta el propio artista-; hay miríadas de pequeñas motas de color. Tengo que buscar aquéllas que hagan de esa carne, sobre mi tela, algo que viva, algo que se mueva". Y lo más sorprendente es que, a pesar de su delicado estado de salud, todas estas obras tardías están envueltas en un halo de felicidad, de romanticismo bucólico, recordando a la mítica Arcadia.”

La enfermedad será la triste compañera de las tres últimas décadas de la vida de Renoir. Uno de sus primeros ataques de reuma, que le provocará una parálisis facial, se produce en diciembre de 1888. Y aún así su capacidad de trabajo será excepcional, haciéndose construir un caballete en el que el lienzo se podía enrollar como si se tratara de un telar. Pero la enfermedad le sigue castigando y él busca en la pintura su único refugio. "Todavía hago progresos" comentaba. Fue a París en 1919 para contemplar como una de sus obras estaba expuesta junto a Las bodas de Caná de Veronés. El 3 de diciembre de ese año fallecía el pintor en Cagnes, tras haber pedido un lápiz para dibujar, diciendo, según se cuenta: "Flores" antes de fallecer.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm5.static.flickr.com/4106/5413282321_0f8a797e20_z.jpg


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