Más de chinos
05.02.11 @ 07:23:16. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(High beam II. Acuarela de Paul Ching-Bor en paulchingbor.com. 80x60 in two panels)(*)
Hace unos días publiqué aquí mismo un artículo sobre la llegada de los chinos a España en son de gran potencia. Ahora repito el tema a la vista de las palabras pronunciadas en su reciente visita a los Estados Unidos por el presidente de aquella república asiática. En efecto, el señor Hu Jintao hizo ante el presidente Obama una declaración cuya trascendencia merece a mi juicio una atención muy especial y desde luego bastante mayor de la que hasta ahora se la ha venido concediendo. Lo digo porque en ella, aun sin extenderse en mayores explicaciones, el mandatario asiático reconoció públicamente el déficit de libertad de que adolece su país al afirmar que a su país “aún le queda mucho por hacer respecto a los derechos humanos”.
Aparentemente no se trata de nada nuevo desde el punto de vista informativo, porque todos estábamos ya al tanto de ello como conocedores que somos de lo que puede esperarse de un régimen comunista. Sin embargo, tales palabras, pronunciadas por el presidente de la gran nación oriental a sabiendas del eco que podrían tener en este ancho mundo, nos vienen a decir que, para el gobierno chino, el contradictorio régimen dual del que disfrutan responde a una fórmula transitoria que demanda paciencia por parte de quienes consideramos que la libertad no es negociable. “Paciencia señores, por favor, que todo se andará. Ya saben que lo mejor es enemigo de lo bueno, y la tarea es complicada” vendrían a decir abiertamente. Lo cual es sumamente importante, porque los principios de libertad, democracia y respeto a los derechos humanos, fueron la bandera que la superioridad moral de Occidente, apoyada por el incontestable poder norteamericano, instaló en las instituciones internacionales, donde se convirtieron en el reconocido fundamento de la paz, de tal forma que aunque muchos de los países miembros de la sociedad de naciones estuvieran lejos de responder a tan sublimes formulaciones, al menos se sentían silenciosamente en falta al compararse con los demás.
Ahora el problema es que las pujantes nuevas potencias orientales, en consonancia con el desplazamiento de la atención mundial hacia la región Asia-Pacífico, atribuyen su éxito, no a su aceptación de los modos y maneras occidentales, sino a su propia y peculiar manera de hacer las cosas. De ahí que el reconocimiento chino de su imperfección en materia de libertades cívicas resulte tranquilizador con vistas al futuro.
¿Qué cuándo se producirá la transformación del modelo actual a otro más respetuoso con la libertad? Pues es de suponer que, de ser ciertas las palabras del presidente chino, el cambio tendrá lugar de una forma gradual, ya que en otro caso sería difícil encontrar el momento adecuado para hacerlo, y la situación actual tendería a prolongarse indefinidamente. Pero, hagan como hagan la normalización, estos chinos tendrán que andarse con el mayor cuidado ahora que acabamos de ver cómo en un país árabe se encendía sin previo aviso una revolución pretendidamente liberadora, y eso que tanto él como los demás países de su ámbito político se hallan acostumbrados a soportar regímenes más o menos opresivos. Además, el país en cuestión era de los pocos que funcionaban razonablemente. Pero, por lo que se ve, la presión de un mundo globalizado - que se expresa a través de los contactos promovidos por el turismo, la televisión o Internet y sus variantes - no admite muros de contención. Y algo parecido ha ocurrido días más tarde con Albania, a pesar de que este país nunca vivió en casa otra cosa que no fuera la tiranía (fíjense en esto: hasta la capital se llama Tirana). Es de suponer que estos avisos para navegantes no hayan sido desoídos por quienes pudieran sentirse afectados, como es el caso, por ejemplo, de nuestros amigos los chinos.
Así se nos van revelando nuevos datos que conciernen a la evolución de un país - la República China - que ya es la segunda potencia económica mundial y está llamado a ser una de las futuras grandes potencias globales. Uno de estos datos es la aceleración que parece estar produciéndose en esta ruta de aproximación al liderazgo mundial, y otro, que ante su más poderoso rival esta nueva potencia emergente reconoce estar “en pecado” de lesa falta de libertad, a lo cual añade el correspondiente propósito de enmienda. Gran noticia, ciertamente, para todos.
Pero como español no puedo terminar sin expresar mi asombro por el fino instinto que nos demuestra tener la progresía española. Yo no sé si es que mantiene una conexión directa con los jerarcas chinos o que su admiración por los tiranos “de izquierdas” se mantiene más viva que nunca, pero su comprensión y su benevolencia respecto al pecado reconocido por el régimen de Pekín no pueden por menos de despertar nuestra más profunda admiración. Fíjense ustedes en este hecho: ellos, los “progres”, no necesitaron oír al presidente chino para descubrir las buenas intenciones que hoy exhiben los miembros del Gran Partido Único, excelsos demócratas en el fondo.
Claro que, en todo caso, la falta de libertad en China es “pecata minuta” si lo comparamos, por ejemplo, con aquello del “Prestige”, o sea con aquello del buque que reventó cuando pasaba por ahí - aunque luego la ley dijera que el gobierno español se había comportado impecablemente-, o con lo que aquel mismo gobierno hizo el 11-M, cuando, pese a todos los indicios, ya el mismo día del atentado tendría que haber desechado la hipótesis de la autoría de ETA. Lo cual, como saben ustedes, mereció aquellos gritos de “¡asesinos!” y aquel acoso tan democrático que hicieron los “progres” el sacrosanto “día de reflexión” a las sedes de la oposición, a la que acusaron de provocar el atentado con lo de Irak, que por cierto no parece haber salido tan mal como decían y no tiene comparación con lo de Afganistán de ahora. En resumen, lo que hoy ocurre en China no merece ni siquiera una sentada como aquellas tan simpáticas que solían hacerse delante de la embajada norteamericana.
Y es que tenemos una progresía que matiza mucho en materia de principios y no se da la paliza de inventar eslóganes y pareados, montar pancartas y organizar aquellos “nunca mais” que con tanta nostalgia recordamos, si el hacerlo no es realmente imprescindible. O sea, que si hay que ir, se va, pero no es cosa de ir para nada. Y además, reconocerán ustedes que dejarse de manifestaciones es una forma como otra cualquiera de reservarse para el enemigo principal - que es el que hay en casa - y también de dar ejemplo reduciendo gastos en este tiempo de crisis, ahora que ya no hay manera de seguir negándola.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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