Lancelot 2010. Perinqué
01.02.11 @ 07:26:36. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Atardecer en el mar. Acuarela de José María Arévalo. 32x44)(*)
Martes 3 de agosto. Anoche hubo un final del día espectacular. Regresamos tarde de Arrecife de hacer nuestros deberes impuestos libremente en san Ginés. Como la temperatura era extraordinaria, que aquí es lo ordinario, me senté meditabundo en la terraza. Cansado el sol del trabajo intenso diurno, nos proporcionó un espectáculo de impresión. Si el Timanfaya tiene fuego en la panza activa, hoy también en el exterior. En contra del parecer de los vulcanólogos, parecía que allá en el horizonte, donde se junta el cielo con la tierra, o el mar, se estaba produciendo la gran explosión. Salvo que, realmente, sin parecerlo, estuviera en plena actividad. Nubes rojas, como el tinte de las cochinillas. Nada de sucias cenizas. Sol y Timanfaya se hicieron uno. Espectáculo deslumbrante.
A través del acristalamiento de la terraza, veía la gloriosa muerte del día. Con la paz de la muerte en paz y en gracia. Como la de cada día, aquí, en Lancelot.
Ensimismado en el espectáculo, apenas si reparé en que desde el interior de la casa encendieron las luces de piscina, terraza y jardín. Tal era la iluminación exterior en la noche huérfana de luna, que insisto: sol y Timanfaya unidos en el último abrazo.
En la blancura impoluta de la pared canaria en casa de mi hija, algo me llamó la atención. Muy quieto, miré con el rabillo del ojo. Gracias al instinto cazador impreso en mí desde niño, pude ver otro espectáculo de menor importancia pero en verdad curioso: un lagarto, lagartija-perinqué o perenquén canario-, caminaba con cautela con total desprecio a la ley de la gravedad que a todo bicho viviente le hubiera hecho caer al suelo. Moví unos milímetros los ojos. Se detuvo. Quieto absoluto en mi observatorio. Intrigado. El perinqué avanzaba un poco más. Casi imperceptible movimiento de ojos para observar mejor. Nueva parada. Quietud ahora y silencio absoluto.
Avance rapidísimo. Aún tuve tiempo de ver-de refilón- cómo el perinqué se introducía en la oquedad del farolillo talaverano con bombilla fría de bajo consumo dentro. Giré entonces la butaca y pude observar al detalle la cacería de supervivencia: pequeñas mariposas, mosquitos, cínifes gigantes los canarios, acudían a la luz, atraídos por un imán inexorable. E inexorablemente el perinqué los atrapaba y devoraba en el acto con movimiento vivísimo de cazador avezado, en contraste con la cautela anterior hasta introducirse en el “cabañuelo”. De no supe nunca dónde salieron otros primos hermanos. Similares cabañuelos para cazar “a la espera” en la inexorable cacería.
Inmejorable insecticida viviente el perinqué para, con similar instinto de supervivencia en los temibles cínifes canarios, evitar el aguijón tremendo en los humanos.
No, no muere el día con la apariencia de muerte en la noche conejera. Es la hora de una guerra sin cuartel entre los habitantes de la oscuridad que se resistió a serlo. Guerra ésta muy bella para soñar despierto. La que solo es posible contemplar cuando puede más el amor a la naturaleza que a la comodidad del lecho. La que he podido dejar constancia en el agradable rincón de la terraza. Vida en la noche de la que carecen las capitales llenas de voces extrañas, ruidos y luces, que solo atraen al pobre humano noctámbulo ajeno por completo a la verdadera belleza. La que no se encarcela en habitáculos deslumbrantes y ensordecedores.
Hoy me puso Javier-nieto canario- el listón aún más alto. Completó 45 largos de piscina antes de retirarse a la cama. No me doy por vencido. Las espadas siguen en alto. Vamos, que otra vez entro al trapo. Mañana si Dios quiere. Hoy, dulces sueños.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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