Caos
31.12.10 @ 07:50:46. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Mª Carmen Peña, de felicitación de Navidades 2010)(*)
Un mismo escenario y dos situaciones muy distintas. El escenario es un aeropuerto colapsado. Gente desesperada al borde del ataque de nervios.
En el primer caso, la mayor parte son turistas que pretenden aprovechar un largo puente de vacaciones; su destino es en muchos casos un lugar cálido y acogedor en contraste con el que ahora les rodea, porque estamos cerca del invierno y el frío está ya a nuestras puertas. En el segundo caso, se trata más bien de hombres, mujeres o niños que ansían regresar a sus hogares y llegar a tiempo para festejar en familia la Navidad. En ambos casos el ambiente es de frustración, porque el colapso del tráfico aéreo es un problema sobrevenido, y se entiende que los servicios de transporte, como todos los demás, han de funcionar siempre y sin el menor fallo; que así lo exige una sociedad avanzada y moderna. Además, el hombre de hoy es un ser organizado, y para que todo funcione existen fórmulas, métodos, recursos y programas. Los medios tecnológicos pueden y deben garantizarlo; ahí están los ordenadores y los modelos informáticos. Y ahí están también los ingenieros, los técnicos, los empleados, las autoridades responsables. Y el hombre está acostumbrado a un orden casi inexorable; de aquí la sorpresa y la indignación que estalla cuando algo falla clamorosamente.
La estampa del aeropuerto es ahora ciertamente caótica. Incluso brilla por su ausencia aquella información para la cual se instalaron micrófonos y altavoces y se preparó personal específico; al menos de eso se quejan los defraudados viajeros. Por otra parte, los medios de comunicación nos hablan de pérdidas millonarias. Habrá reclamaciones que bien podrían hundir varias empresas, y nosotros mismos llegamos a sentir una sensación casi apocalíptica.
Pero las causas de tanto desconcierto y de tamaña indignación son diferentes en uno y otro caso. En el primero proviene de la voluntad del hombre, en el segundo, de las veleidades de la naturaleza. Y ni una ni otra parecen ser previsibles. Las nevadas son relativamente frecuentes a estas alturas del año - eso es cosa conocida - y hasta existen satélites dedicados a prevenirlas, pero ni siquiera éstos, como tampoco los ordenadores, los modelos o la materia gris de los científicos, sirvieron ahora para mucho; la prueba es que algunos de los vuelos estaban ya anunciados en las grandes pantallas de los aeropuertos.
En el otro caso la causa – decíamos – es la voluntad del hombre: los controladores del espacio aéreo hacen el boicot para forzar una negociación favorable, y esto era fácilmente previsible por cuanto ya ocurrió lo mismo hace unos meses; los suficientes para haber resuelto este problema a tiempo.
A la vista de todo ello, uno reflexiona sobre la fragilidad inherente a cuanto concierne al ser humano y, por consiguiente, la incapacidad de éste para asegurar el futuro - incluso el más inmediato - en un mundo que el orgulloso hombre moderno cree dominar perfectamente. Un mundo que cae en estado de alarma simplemente porque un grupito de especialistas se enfada hasta la indignación, o porque se paralizan los aviones por un hecho sobre el que nos informan día a día los boletines meteorológicos de los periódicos y de las emisoras de radio y televisión; un fenómeno escrutado por sofisticados satélites que lo ven venir de lejos.
La lucha entre el caos y el orden está ahí viva y patente en los aeropuertos entre los lamentos y los gritos de unos viajeros defraudados. Ya la vimos también antes de este final de año, por culpa de un volcán dormido que un buen día despertó sin avisarlo de entre las masas de hielo en un lugar perdido del septentrión europeo, distorsionando, como en los casos apuntados, el tráfico y la economía, y enconando incluso la política. En un caso, como consecuencia de las inexorables leyes físicas, perfectamente conocidas; en el otro, por efecto de las tan estudiadas y analizadas reacciones del comportamiento humano, y por la aplicación - acertada o desacertada - de las leyes de la nación.
¡Cuánta razón tiene la Teoría del Caos! Porque se hace dada vez más evidente que pequeños acontecimientos difícilmente mensurables pueden producir grandes desviaciones en los procesos. Ciertamente, las sabias fórmulas aplicadas por los científicos raramente coinciden con la realidad.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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