Wikileaks de andar por casa
28.12.10 @ 07:25:47. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Adoración de los Pastores.1668. Murillo, Museo de Bellas Artes de Sevilla)(*)
Pues ahora resulta que ese australiano tan rarito que inventó lo de Wikileaks, además de ser un “hacker” - cosa que, así de entrada, ya suena a tramposillo - está siendo acusado de conducta sexual impropia, circunstancia que ha saltado al conocimiento público justamente ahora, o sea, cuando se estaba forrando gracias a la iniciativa de comerciar con soplones y alimentar a los medios de comunicación con confidencias extraídas de los archivos oficiales.
A mí me asombra ver cómo algunos logran hacerse famosos echándole simplemente un poco de imaginación y un bastante de cara dura. Primero fue el señor Al Gore, que inventó el algoritmo del cambio climático, y hasta consiguió hacerse con el Premio Nobel, así que fíjese usted cuanto le cundió la idea. Y ahora viene este hacker australiano, que fíjense lo que ha armado sacando partido de los chivatazos que le han dado desde la mismísima Secretaría de Estado norteamericana quienes estaban obligados a guardar una imprescindible reserva. Ambos genios partían de una base cierta: la de que contarían con el aplauso general siempre que revistieran la consecución de su fortuna con la apariencia de una causa justa.
Ciertamente, Wikileaks podría haberse esperado un poco para conseguir lo mismo, porque en Estados Unidos el secreto prescribe en tan sólo veinte años, pero claro, el hombre tenía prisa por hacerse con un capitalito majo, y esto es algo que todos debemos comprender. Así que ha dejado a las autoridades con el trasero al aire dando a conocer dimes y diretes en cantidades masivas; la mayoría, cotilleos diplomáticos sobre personas más o menos conocidas a las que tenemos caladas desde hace tiempo: que si tal jefe de gobierno es un auténtico golfo, que si este otro es un iluminado irresponsable, que si tal o cual ministra es una jovenzuela inmadura. Pero claro, esta información tiene cierto valor si tenemos en cuenta que proviene de la boca de un embajador o de un ministro plenipotenciario que se dirige a la Casa Blanca, y, aunque sabemos que la política acude con frecuencia a comentarios confidenciales emitidos en conversaciones que sólo debieran oír pasillos, salones y despachos a puerta cerrada, a nadie le hace gracia saber que le han puesto a bajar de un burro. Así que, si Dios no lo remedia, como no se corte la racha por las buenas o por las malas, acabaremos por cerrar la boca y no decir nunca, por si caso, lo que pensamos.
Yo creo que Wikileaks caerá especialmente bien aquí, en España. No en vano estamos acostumbrados a oír cotilleos mucho más sustanciosos, descarnados, soeces e inclementes que los que puedan tener como destinataria a la Casa Blanca. En nuestro caso, la cosa empezó con los famosos y los famosillos, y se fue extendiendo como una mancha de aceite hasta alcanzar incluso a personas merecedoras de cierto respeto, como somos la mayoría de los ciudadanos. Por eso, lo que más me preocupa es que alguien descubra un nuevo filón para el chafardeo y extrapole el Wikileaks al ámbito doméstico. Entonces sí que se armaría una buena. Imagínese, improbable lector mío, lo que sería que a su jefe le revelaran que usted le calificó de mastuerzo y de inútil un par de veces en conversación privada con el señor Ramírez, o que en tal ocasión también se refirió a los cuernos que le estaba poniendo su santa esposa con el señor Cantalapiedra. O que gracias a ese Wikileaks de andar por casa usted supiera de aquel comentario en el que su vecino y amigo se refería al desastre de la operación de estética de su señora de usted. “Se la están cayendo los mofletes - dijo entonces – y ya los tiene por los suelos”. O lo que dijo el señor Pradera sobre el vestido que ella llevó al baile: “Iba disfrazada de Caperucita Roja”, dijo el señor Pradera textualmente.
Me preocupa ésto, sí, y no es de extrañar, pues el lanzamiento de tan entrañable versión del Wikileaks no es hipótesis en absoluto desechable en nuestros pagos. Bastará con que haya dinero de por medio y que persista la imparable búsqueda de contenidos para rellenar los programas de tantas emisoras como proliferan ya por los ámbitos locales. Y bastará con que los cotilleos permitan cargarse a alguien que moleste. En realidad, los medios tecnológicos están ahí, y ya se han democratizado tanto, que se hallan al alcance hasta de los niños de pecho.
Pero, sobre todo, aquí en España tenemos la mejor materia prima: una buena cantera de pícaros que, de ponerse a ello, superarían ampliamente al señor Al Gore, al australiano de marras, y a cualquiera que se les pusiera por delante.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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