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Los lunes, revista de prensa y red

Permalink 27.12.10 @ 07:27:48. Archivado en Artículos

“Causas de la catástrofe educativa”, de José Javier Esparza, y “Libertad religiosa y laicidad”, de Cesar Hornero

(Acuarela de Luis Labrador, de felicitación de Navidad 2010)(*)

CAUSAS DE LA CATÁSTROFE EDUCATIVA

Artículo de José Javier Esparza publicado en La Gaceta el pasado día 13

El Informe PISA nos suspende. La educación en España roza la catástrofe. Pero hay tres razones que hacen la catástrofe más honda: una, que es la tercera vez en 10 años que pasa esto, o sea que somos tenaces reincidentes; dos, que a la mayor parte de la sociedad le da igual; tres, que esto no es un azar desdichado, sino el fruto directo de un sistema de enseñanza que nuestros gobernantes se niegan a cambiar.

En nuestro naufragio educativo hay razones ideológicas de fondo y conviene ponerlas en claro. El modelo de educación vigente en España desde hace un cuarto de siglo, implantado por el PSOE de Felipe y Rubalcaba, obedece a un objetivo: crear una sociedad igualitaria sobre la base de “valores” supuestamente compartidos por todos. Frente a la escuela tradicional, que enseñaba materias concretas, en sentido vertical, a un alumnado desigual por naturaleza, la escuela socialista aspira a enseñar valores en sentido horizontal a unos alumnos igualados de grado o por fuerza. En ese camino, los psicopedagogos socialistas encontraron una buena herramienta en las teorías de la “escuela comprensiva”. Eso fue la Logse. Esta gigantesca operación ideológica no ha sido exclusiva de España; otros países pasaron antes por ella y vivieron sus nocivas consecuencias. Pero sólo España sigue aferrada al modelo.

Causas del desastre

Como la Logse era un fiasco, los Gobiernos de Aznar intentaron cambiar las cosas. Fracasaron. La primera vez, por la oposición de las minorías separatistas. La segunda, por la mala gestión del propio PP, que no acabó el proyecto de Ley de Calidad de la Educación hasta el último año de legislatura y, por eso, no llegó a entrar en vigor. Zapatero lo primero que hizo fue anular esa reforma sin contemplaciones. Y para sembrar de sal el campo, hizo aprobar una nueva ley que no es sino un ahondamiento en los desastres de la vieja Logse.

¿Cuáles son esos desastres? Desterrar el mérito y el esfuerzo; la LOE lo confirmó al permitir el paso de curso con dos asignaturas suspensas. Privar de autoridad a los profesores. No garantizar la libertad de elección de centro; la LOE elevó el problema al cubo al afirmar el privilegio estatal de mediatizar la elección de los padres. Arruinar la formación del espíritu con la amputación de las Humanidades y el destierro de la asignatura de Religión. En definitiva, menos calidad, menos libertad, menos excelencia; más igualitarismo por abajo, más vulgaridad, más control estatal y, evidentemente, más fracaso. En vez de proponer un horizonte de excelencia al que todos puedan llegar, se propone un horizonte de mediocridad del que nadie pueda escapar.

Las soluciones al problema son bien conocidas. Hay que organizar la educación pensando en los alumnos y en la sociedad. La escuela está para impartir conocimientos, no ideología. Es llamativo que los dos puntos negros de la enseñanza en España sean precisamente las dos asignaturas más objetivas y menos ideológicas: Matemáticas y Lengua. Además, si las personas son diversas por naturaleza, habrá que aceptar que los resultados de la educación sean desiguales. La única manera de estimular el aprendizaje es premiar el esfuerzo, así que habrá que reintroducir el concepto de mérito. Como no hay esfuerzo sin autoridad, será preciso subrayar el papel del docente. Y aquí habrá que recordar a las familias cuál es su papel.

Todas estas cosas, que parecen elementales, causan erisipela en las mentes “progresistas”. El problema es que su luminoso mundo no termina de amanecer. Y lo que emerge, en su lugar, es un escenario de descomposición social, incultura individual y zozobra colectiva. El gran drama de la izquierda ilustrada española es que su programa regenerador se ha resuelto en el fracaso escolar, el desamparo ético y la telebasura. La izquierda haría bien en preguntarse en qué se ha equivocado. Porque la sociedad española presente es hija de esa izquierda que lleva 30 años (¡30!) ejerciendo el monopolio del poder cultural. Esto que hay lo han hecho ellos.

Lo que sí y lo que no

En cuanto a los proyectos de reforma que abandera la derecha, si se limitan a acentuar el éxito de la formación técnica, so pretexto de “utilidad”, tampoco nos llevarán muy lejos. No basta con exigir más en “inglés y nuevas tecnologías”. Eso no sirve de nada si no se devuelve a las Humanidades al lugar que merecen. Porque si no sabemos dónde está lo bueno, lo bello y lo justo, ¿para qué sirve lo útil? La tragedia del utilitarismo es que termina siendo inútil. Es lo que pasa con la estúpida pregunta “para qué sirve estudiar Filosofía”: estudiar Filosofía sirve para no hacer preguntas tan tontas. La finalidad de la educación no es sólo formar seres útiles para la sociedad, fabricar buenos aparatos; criar bestias eficientes es un horizonte más bien poco prometedor. La educación sirve para cosas mucho más altas. Los griegos veían la formación del ciudadano como una obra de arte. Por eso enseñaban cosas tan poco “prácticas” que han proyectado su sombra durante milenios. Los egipcios, al contrario, limitaban la enseñanza a la instrucción técnica de los escribas; su civilización obtuvo logros, pero desapareció sin dejar rastro vivo.

Lo que la educación socialista propone es un tipo de hombre hedonista y lúdico, una suerte de versión progre del “buen salvaje”, sin reparar en que ese hombre, por su absoluta carencia de asideros éticos y conceptuales, lo tiene todo para convertirse en un esclavo voluntario, en un épsilon sin voluntad que flota en el universo blando del consumo. La alternativa tiene que ser una idea distinta y más alta: un hombre que sepa pensar y actuar en contextos complejos, acostumbrado a exigirse y a dominarse, enraizado en una cultura y una patria, con sentido de la justicia para valorar el mérito y la excelencia, con una formación espiritual para saber que el sentido de la vida va más allá del propio apetito individual. Ahí hay que apuntar.

LIBERTAD RELIGIOSA Y LAICIDAD

Artículo de Cesar Hornero Méndez, profesor de Derecho Civil de la Universidad Pablo de Olavide, publicado en ABC de Sevilla el pasado día 10

Tras el reciente viaje del Papa a España, apenas un par de días después de que éste partiera de Barcelona rumbo a Roma, Rodríguez Zapatero anunció que su gobierno renunciaba a la reforma de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa, vigente desde 1980. Como es conocido, éste era un objetivo que figuraba en su programa para las elecciones generales de 2008. Desde entonces y hasta la adopción de ésta decisión, en una práctica que ha hecho recurrente y habitual, el gobierno se ha dedicado a amagar y a lanzar mensajes de por dónde podía ir la nueva ley. Algunas de las cuestiones o aspectos que previsiblemente abordaría ésta, han sido —calculadamente— polémicos en su comparecencia ante la opinión pública: financiación, supresión de símbolos religiosos en los espacios públicos, presencia de autoridades en actos religiosos o la igualación de trato de todas las religiones. Todas estas cuestiones planteadas por muchos, eso sí, con el propósito obsesivo e irrenunciable de desbancar a la Iglesia Católica de la posición privilegiada que le asignan. Los debates suscitados en los medios, una evidente falta de claridad en cuanto a los objetivos de la reforma —en sus propias filas hay quien ha señalado que más que a la laicidad se caminaba hacia la multiconfesionalidad, es decir, en dirección contraria— y el que los grupos minoritarios (PNV y Coalición Canaria) que lo sostienen actualmente a duras penas no se hayan mostrado muy por la labor, han determinado que Rodríguez Zapatero, una vez más, se niegue a sí mismo. No parece estar la situación como para que el presidente, su gobierno y su partido aparezcan empeñados en cuestiones que son importantes pero perfectamente aplazables o prescindibles temporalmente.

La noticia de esta renuncia a legislar sobre la libertad religiosa ha sido saludada con alivio y hasta con alegría, como si se tratara de una victoria, por ciertos sectores dentro de la Iglesia. Esta opinión merece ser reflexionada sobre todo si quienes la sostienen parecen actuar como si las cosas no hubiesen cambiado en España desde hace treinta años. Esta postura, que puede ser comprensible desde un punto de vista, digamos, práctico, no lo es desde un punto de vista intelectual. Pretender guarecerse permanentemente tras los Acuerdos con la Santa Sede de 1979 y tras la Ley de Libertad Religiosa de 1980, para no admitir o ni siquiera ver los cambios que se han producido en la sociedad española y en el seno de la propia Iglesia puede ser una conducta entendible, ha de insistirse, desde una perspectiva práctica pero no aceptable intelectualmente. Sería, en definitiva, negar una realidad, la de los cambios sociales producidos, que puede caer, que cae ya, sobre nosotros sin capacidad de asimilación ni de reacción.

El debate sobre la libertad religiosa, la laicidad y la definición del papel del Estado en su relación con el hecho religioso es inevitable y no puede despacharse con posiciones maximalistas y poco matizadas, aparentemente seguras y firmes, como las que muchos practican en el seno de la Iglesia. Por ejemplo, la calificación sin más de la secularización como grave problema puede inducir en ocasiones más a la confusión que a la claridad. Si no se explica o no se matiza esta afirmación, no es extraño que algunos crean que el rechazo de la secularización actual en España equivale a cierta añoranza de aquella España «religiosa» —católica, por supuesto— del franquismo y el nacionalcatolicismo. Quizá haya que dar la razón al islamista Oliver Roy cuando sostiene que la secularización no implica necesariamente un conflicto ni siquiera un divorcio con lo religioso. En su opinión, una sociedad secularizada puede seguir estando en sintonía con la cultura y los valores religiosos. Comenzar por admitir esto tal vez nos venga bien como católicos para replantearnos nuestro lugar y nuestro papel en un mundo inevitablemente secularizado.

Hace unas semanas, en la primera sesión del Seminario de Estudios Laicales organizado por la Delegación Diocesana de Apostolado Seglar de la Archidiócesis de Sevilla, el sacerdote Manuel María Bru hizo una llamada a la práctica de la «sana laicidad», esa a la que se refiere de forma insistente (y clarividente) Benedicto XVI y que tiene su origen en el Concilio Vaticano II. Y es que ciertamente olvidamos muchas veces que a esta sana laicidad estamos llamados también nosotros, los católicos, no sólo los «otros», el Estado y quienes no lo son. Sólo así, reconociendo el mundo y sus cambios, respetando «la legítima autonomía de las realidades terrenas», como concluyó el Concilio, estaremos en condiciones de ofrecer, —y no de imponer, como a veces puede parecer— ese Dios «que es amor y que quiere la felicidad de todos los hombres».

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm6.static.flickr.com/5209/5279321747_44cff5e398_z.jpg


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