Final de Otoño
24.12.10 @ 07:29:06. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Palomar en Villanubla. Acuarela de Manuel Prieto Hernández, de felicitación de Navidad 2010) (*)
Por razones que no hacen al caso salimos a la carretera pasados ya más de dos meses de nuestro último viaje a La Montaña, plazo inusual para este cumplidor foramontano.
A todo lo largo del camino encontraríamos un paisaje empapado de tristeza. Nunca, desde que nos trasladamos al escalón de la Campiña guadalajareña, habíamos visto un escenario como éste. Bajo las emergentes cimas del Guadarrama, un cortejo de nubes blancas a baja altura formaba una especie de friso blanco y espeso que nos sumergiría de cuando en cuando en breves intervalos de niebla. Más adelante, un Burgos gris como el que quedó para siempre en mi retina como visión diaria y recurrente allá por el año noventa y siete: “Agua gris del Arlanzón baja camino del Duero / Cielo gris. / La catedral contempla los campos yermos / desde sus agujas grises./ Grises , pálidos reflejos de la luz en los cristales….”
Y luego, la Bureba, con su amplísimo valle escoltado por dos interminables lomas, ahora coronadas por sendas boinas blancas que extienden sus viseras hasta la media ladera. Paisajes que fueron de verdor y se vieron iluminados por el vibrante rojo de las amapolas y el esplendente amarillo de los campos de girasoles, parecían haber recibido la impertinente y gélida visita de la muerte. Paisajes, aparentemente condenados, de alineamientos de árboles desnudos, ennegrecidos; de bosquecillos difuminados, grisáceos, heridos por las heladas; de campos agostados, desangelados, inanimados. En suma, una inquietante gama de tonos decadentes componiendo la más atinada expresión de la desesperanza.
Nadie daría un solo duro por la supervivencia de esta acuarela de la desolación si no supiera que algún día volverán el sol y también los pájaros, ahora tan silenciosos y ateridos. Estamos ya en diciembre, y el final del otoño se anuncia en tonos rojizos y amarillentos tan sucios y tan lejanos al fulgor de sus primeros días que se hacen casi irreconocibles.
Cuando ascendemos a los Tornos nos inunda una niebla no demasiado intensa pero que difumina los crudos perfiles de la montaña. De improviso ya cerca del observatorio que culmina la subida, surge el pequeño lago. Luego nos damos de bruces con el abrupto paisaje de peñas aguerridas y valles profundos, ahora semiocultos por las nubes que se descuelgan hacia el fondo. Aquí, con la humedad rondándonos los huesos, recuperamos algunos atisbos del verdor de siempre en los prados, y encontramos la promesa de confort entrañable que ofrece la visión de esas pequeñas casas rústicas medio aisladas que jalonan las interminables curvas, cerradas sobre sí mismas, que dieron nombre al puerto. Por allí, las vacas y las ovejas siguen rumiando en las laderas como si aquí nada cambiara nunca.
Uno piensa en el regalo que la naturaleza nos ofrece al integrarnos en un entorno siempre cambiante, siempre nuevo, a tono, sobre todo, con nuestro propio humor. Un entorno que nos permite pasar de la alegría a la tristeza y de ésta, de nuevo, a la alegría. De la nostalgia, también, a la ilusión y hasta al ensueño.
Da que pensar esta integración del ánimo del hombre en la naturaleza que le rodea; esta identificación de nuestras entretelas con el paisaje en que vivimos; esta influencia inevitable del escenario nuestro de cada día en nuestro propio pensamiento a través de los mensajes que nos transmiten sus árboles, sus ríos y sus mares, sus piedras, sus montañas, sus colores, su humedad, sus brisas y sus calmas, sus colores, sus luces y sus sombras. Esto es lo que yo llamé un día, bajando la interminable bajada de otro puerto - el imponente Altube - “sintonía del alma y la ladera”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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