Lancelot 2010. Hamster Roborowsky
23.12.10 @ 07:25:03. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de Jesús Lozano Saorin, de felicitación de Navidad 2010)(*)
Lunes 26 de julio. El baño breve y sólo relajante por la mañana en las aguas tibias de la piscina para contrarrestar tantos acontecimientos que impresionaron a los míos, me lo di con creces y en condiciones por la tarde. Cuadriculado en lo programado. No el baño. Yo. En progresivo aumento –fraccionado- con la intensidad de la rehabilitación… (¿) o, mejor, mantenimiento, me correspondían ¡28 largos!, para desesperación de Javier que, impaciente, esperaba su turno. Sabía los motivos para dejar campo-agua-libre al abuelo: al “remar” intensamente con brazo, mano, pierna y pie derechos, he de corregir de continuo el rumbo con la cintura, que se resiente. Con escasa coordinación, si hay otros en el recinto de mis mismas aguas, pierdo el control, choco con ellos y… me hundo como pez de plomo. En consecuencia, que salvo imposibles, el abuelo ha de nadar solo y causo impaciencias en quienes esperan el tiempo-nada de escaso-que dura mi entrenamiento fraccionado.
Nada más pisar las escaleras de salida, blancas y de mampostería y ¡resbaladizas, leñe!, hervían las aguas como en la mar arbolada, incluso montañosa o enorme. Hijos, nietos y abuela, me parecían delfines, contemplados desde la terraza, en continuas zambullidas, refrescantes, gozosas. Todos menos Javier nieto. No llegó a mis 28 largos, ni ganas tenía de intentarlo. Entraba, salía del agua… sin dejar de mirar hacia el lugar donde seguía la casita de Pinchitos el erizo, desoladoramente vacía. Tras horas y horas de búsqueda en vano, de él nunca más se supo. Ni del ave rapaz,que buscaría “prados más feraces”.
A todos nos dio pena la ausencia del cerdito que parecía encontrarse a gusto entre los humanos cuidadores. Pero no humano y sin asegurar nadie que hubiera pasado a mejor vida, el sentimiento era relativo. Mas la pena real de Javier, hasta le impedía hacer vida normal. Nadaba poco; no tiraba a canasta; no leía los cuentos de una extensa librería en su dormitorio; preocupante, no manejaba la “nintendo” y, ¡asombroso!, apenas comía…
Mi yerno, su padre, le observaba con preocupación creciente… Salió del agua en silencio, y sin mediar palabra, oímos cómo partía en su automóvil con rumbo desconocido.
Al cabo de un tiempo que no llegó a una hora, hizo una entrada bulliciosa en el recinto: llevaba de la mano una jaula espectacular con colores de lo más llamativo. Javier se olvidó de Pinchitos. Salió como un rayo del agua (¡) y, descalzo, corrió hacia su padre.
-¿Has encontrado a Pinchitos, papi?
-No, no Javier.- Pero ¡mira lo que te traigo!
El nieto canarión, porque como su abuelo de niño, era como un armario de cuatro puertas, miraba perplejo el contenido de la jaula.
-¿Pero qué animales son ésos papi? , ¡si parecen ratones! –dijo al tiempo que se separaba a prudente distancia con gesto de asquito y contrariedad.
Contrariedad ahora la reflejada en el rostro del padre decepcionado por la mala acogida. No se dio por vencido.
-Ven, Javier, mira: ¡son Hamster Roborowsky! Una preciosidad de hamster enanos de compañía.-finalizó levantando bien alta la jaula. Javier se acercó curioso y no muy convencido del acierto en el regalo de su padre, sustituto de su querido Pinchitos.
Todos los vimos a continuación con exclamaciones de sorpresa. Eran tres hermanos hámster diminutos, que como con el baile “san vito”, no paraban de recorrer la jaula, casita para ellos monstruosa de grande. No sin un rictus extraño en la cara, Javier tomó la jaula y la puso en el lugar de la casa de Pinchitos. Los miró fijamente y …le volvió la sonrisa.
-Y ¿Cuándo crezcan, papi?, preguntó inquieto.
-No, Javier, le contestó satisfecho por el interés recién despertado.
-Ya te he dicho que son enanos de raza, y que ése es su tamaño definitivo.
Ahora fue el abuelo el centro de atención de todas las miradas.
-¿Qué comen, abuelo, los hámster Roborowsky? Naturalmente, puse-en principio-cara de haba. Recordé enseguida el cebo que poníamos en la casa de la Dehesa para cazar ratones en las ratoneras.
-Comen… comen…, ¡de todo! Casi se me escapa “los puñeteros”: queso, frutas, pan, jamón… en fin, de todo casi como nosotros, los muy granujas, suavicé.
Y mi hija: -¿Jamón papi? Me sentí niño. Tú por si acaso-le dije- no lo dejes a su alcance, porque no comen ¡devoran!, recordé algunas de sus fechorías, motivo de persecución despiadada.
Me acerqué, curioso, a la jaula y me parecieron monos; pero no tanto como una monada que decían los de la familia. Además, como conocía muchos de los olores del campo, de la flora y la fauna, olían… ¡a ratones! Ni hámster, ni gaitas: vulgares ratones de campo. Eso sí, éstos de la aristocracia (¿)
Sin excesiva ilusión, pero con interés, más que nada por Javier, acudí a Google. Sí, los hámster Roborowsky, eran ratones de la aristocracia…. De la alta aristocracia. Ratonil. Veremos…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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