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Una orquesta realmente única

Permalink 22.12.10 @ 07:26:15. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( Violin et guitarre. Óleo de Juan Gris vendido esta temporada en Christie's por 25 millones de dólares)(*)

Pues sí, fue la actuación única de una orquesta única, la Orquesta del Teatro Mariinsky, que nos proporcionó un concierto impresionante el pasado sábado en el auditorio Miguel Delibes. El segundo magnífico concierto de este trimestre, mejor aún, si cabe, quizá –qué difícil valoración- que el del pasado 27 de Noviembre, que bordara Christian Zacharias con nuestra Sinfónica de Castilla y León. Ambos de parecida estructura, éste obertura de Oberon, cuarto concierto de Beethoven, con el propio Zacharias al piano, y la Sinfonía nº 4 de Schumann; y el pasado sábado el preludio de Parsifal, el Concierto nº 2 de Brahms con Nelson Freire al piano, y la 5ª de Shostakovich. Dos grandes del piano, todavía más, quizá, Nelson Freire, por más maduro aún, aunque la edad le reste potencia –no fuerza, ni mucho menos fuerza expresiva-. Y ya van tres enormes pianistas este curso, con la actuación de Arcadi Volodos en octubre, en el inugural de nuestra sinfónica, con el primero de Chaikovski, que a punto estuvo de echar abajo su director Bringuier, por exceso con los metales, como ya comentamos en artículos anteriores. La actuación de nuestra Orquesta a las órdenes de Zacharias compensó aquél desaguisado y demostró el nivel que alcanza ya. Pero claro, la del Teatro Mariinsky, bajo la batuta de Valery Gérgiev, es otro cantar, o nivel, o sonido, mejor dicho.

A pesar de ser la entrada más cara de la temporada, el Auditorio estaba a rebosar, con autobuses de otras provincias y el ambientillo de las grandes ocasiones. La Orquesta del Teatro Mariinsky apareció hace dos años entre las 20 mejores del mundo en la clásica lista de Gramophone. Es una de las instituciones musicales más antiguas de Rusia –comentaba el programa de mano-, vive su época dorada en el XIX bajo la dirección de Napravnik, y entre quienes la dirigieron contó en su día con Berlioz, Wagner, von Bulow, Mahler y Arthur Nikisch; estrenó operas de Glinka, Musorgsky y Rimsky-Korsakov y ballets de Asafyev, Shostakovich y Jachaturian. Desde 1988 la dirige Valery Gérgiev, “uno de los mejores directores de orquesta del mundo”, director principal de la London Symphony Orchestra, y habitual con la de la Scala, las filamónicas de Viena, Róterdam y Nueva York. Y es decano de la Facultad de Artes de San Petersburgo. En fin, gran expectación, y comentarios en los pasillos sobre la entrada, el 15 del pasado Noviembre, de una Jessye Norman muy mayor, arrastrando los pies, en el escenario del Delibes.

Del preludio de Parsifal me comentó un compañero que le había resultado un poco soso; a mí me pareció solo un tanto falto de potencia, como el piano de Freire después, pero compensada esa sensación en ambos casos con los mil matices que obtenían. El del tercer acto de Lohengrin, que fue la propina final, sí nos sonó -encendió a todos- al más vibrante y expresivo Wagner.

El segundo concierto para piano y orquesta de Brahms fue, para mi gusto, la estrella de la velada, obra sumamente compleja, donde llega a la perfección la tradición clásica, y especialmente beethoveniana, que la orquesta rusa bordó hasta límites indecibles. No sé qué matices sacarán los expertos, pero a los meros aficionados nos pareció brillantísima la interpretación del tercer tiempo, que nos mantuvo en un hilo. “Combina una original y misteriosa serenidad – ha dicho de la actuación en ella de Nelson Freire, el crítico de El Norte de Castilla- con el ímpetu físico necesario para concretar una obra tan difícil como el 'Concierto nº 2', de Brahms. La luminosidad de sus fraseos y la claridad de concepto, colocaron al piano a la altura de la orquesta”.

Otro compañero, menos iniciado, me comentó en el descanso que le había costado “oir” el segundo de Brahms, que no conocía. Como me parece que tiene, en sus cuatro movimientos, temas muy fáciles de reconocer, le propuse que para el próximo concierto del Delibes hagamos una audición previa -en el grupo de compañeros hay alguno que lo tiene todo y en varias versiones- para que le cueste menos. Y le advertí que se agarrara bien, que venían curvas en la obra siguiente, la 5ª de Shostakovich. Pues no señor, le resultó más fácil, y no por llevar la contraria, sino porque la obra es muy tonal, entre otras cosas que ahora veremos. Efectivamente, no conocía yo ésta quinta porque procuro huir, salvo cuatro obras muy conocidas, de la música atonal, tan frecuente desde un poco entrado el pasado siglo, y en concreto del ínclito Shostakovich, aunque no hace mucho me gustó uno de sus cuartetos, el de la guerra –creo que es el cuarto-, que parece que estás oyendo los tiros y todo –es broma-.

Pues ya el programa de mano nos lo advertía, que “hay elementos en esta obra que se consideran una vuelta al mundo clásico”. Al parecer en el año 36, cuando ya era famoso Shostakovich, sale un artículo en el Pravda titulado “Caos en lugar de música”, sobre su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, que había sido muy aplaudida, artículo que, inspirado o incluso escrito por Stalin, puso al maestro en el punto de mira de la dictadura. “Las representaciones de la ópera –dice Wikipedia-, que estaban teniendo lugar simultáneamente en varios teatros, fueron suspendidas y el compositor vio desplomarse sus ingresos y su prestigio, en un contexto en el que la represión política estaba haciendo estragos. Era la época de las grandes purgas, en las que amigos y conocidos del compositor fueron enviados a prisión o ejecutados”.

De modo que Shostakovich se guarda en el cajón su cuarta Sinfonía, recién concluida, y escribe esta quinta completamente asustado, con la que consigue, a finales del 37, volver a conquistar el favor de la crítica oficial, que perderá de nuevo con la 8ª y la 9ª.

Creo que se quedó corto el señor César Rus, autor del comentario del programa, con lo de “elementos clásicos”. A mi me pareció toda la Sinfonía muy clásica, si bien llena de diferentes elementos, a modo de un popurrí no tanto de temas como de ideas ya conocidas. Empieza con una marcha militar que me recordaba a la Sinfonía de los Juguetes, aunque en distinto, y después iba empalmando con distintos temas que suenan todos ellos a algo muy conocido, desde la Noche en el monte Pelado o los Cuentos de Hoffman a un adagio romántico o un tema oriental de los de Malher, o algo del Cascanueces; hasta los cañonazos de la Obertura 1812 creí oir, y un tema introducido, como en aquella la Marsellesa. Para concluir -la apoteosis final de la obra ha sido interpretada como optimista por unos, como burla a una alegría forzada por otros- con un tema clavado a aquel con el que comienza “Así habló Zarathustra”, de Richard Strauss, con aquellos tan solemnes y famosos golpes de timbal.

Tan evidente fue el parecido al straussiano utilizado en “2001 Odisea del espacio”, que, en la discusión con los compañeros que se resistían a reconocer mi acusación de pot-purri a la quinta de Shostakovich que acabábamos de escuchar, uno de ellos aseguró que el del maestro ruso era anterior en el tiempo al de Richard Strauss. Hubiera jurado que no, y efectivamente, nada más llegar a casa comprobé con satisfacción que el “Also spracht Zarathustra”, es de 1896, casi medio siglo anterior.

Fue una discusión un poco tonta, porque la supuesta inspiración del maestro ruso en tantos motivos clásicos, con variaciones tan distintas, sería incluso algo verdaderamente meritorio, y en todo caso lo importante es el resultado de la obra en su conjunto. Incluso cabe pensar que Shostakovich se preparaba así para poder defenderse citando a los grandes maestros, en caso de nuevos ataques del régimen comunista. Disfruté mucho en este debate, con la, no sé si feliz, ocurrencia, para reconocer por fin que me había sorprendido gratamente la obra. Y desde luego, la magnífica interpretación de la Orquesta del Teatro Mariinsky.

“En la '5ª sinfonía', de Shostakovich, -dice Emiliano Allende en la ya citada crítica de El Norte- el director, de memoria, hizo una versión magnífica que muestra la grandeza de un autor que construye su compleja personalidad entre la meditación y el humor. Gérgiev ha conseguido liberar a la música de la dictadura del compás. Gérgiev ya no marca, construye entre sus manos, unas manos prodigiosas que vibran continuamente para transmitir el pulso vital de la obras.” Y acaba afirmando será este “uno de los conciertos más grandes de la temporada”. Pues sí, y de una magnífica temporada, con lo que tiene más mérito.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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