Odium fidei ¿Cui prodest?
21.12.10 @ 07:20:50. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Nieve en El Tomillar. Acuarela de J.M. Arévalo. 32x45)(*)
Noche mágica en El Casar, o sea, en lo que es ahora “mi pueblo”. Hace un frío pelón, así que vamos bien abrigados, con bufanda y todo. La cosa ha empezado en la Plaza Mayor, a la que ahora llaman “de la Constitución”. En el tablado levantado al efecto, unos jóvenes, unas guitarras, y una canción - “Dios está aquí” – repetida por todos a la espera de que llegue la gran Cruz, un regalo del recordado Papa Juan Pablo II a todos los jóvenes del mundo.
El caso es que en agosto de 2011 se celebrará en España la próxima Jornada Mundial de la Juventud, y corresponde a nuestro pueblo recibirla durante unas horas como parte de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara. Por eso la esperamos en la Plaza Mayor a pesar del frío de la noche.
Llegada la furgoneta que transporta la Cruz se organiza una pequeña procesión hasta la Iglesia de Nuestra Señora de la Antigua; total, unos pocos metros, porque el templo se levanta justo al fondo de la plaza, como es frecuente en los pueblos españoles. Delante de la Cruz de madera irán las pequeñas cruces metálicas de las parroquias, y detrás, un icono de la Virgen. Todo a hombros de los feligreses de El Casar y de las urbanizaciones aledañas: EL Coto, Las Colinas, las Castillas, Monte Calderón…
Luego, una vez dentro, se iniciará una liturgia muy variada. El interior se halla lleno a reventar: mujeres, hombres, jóvenes y niños ocupan todos sus rincones. Desde el principio se canta mucho, y con ello se va creando poco a poco un ambiente de alegre participación. Varios jóvenes que asistieron a Jornadas anteriores relatan su experiencia; cómo y dónde se alojaron en cada caso, cuáles son los más destacados recuerdos de aquellos días. Así nos enteraremos de lo mucho que llovió en Toronto y de los calores que allí hubieron de soportar también los peregrinos… Pero nada llega realmente a conmovernos hasta que un muchacho de apenas catorce años nos habla de su reciente viaje a Barcelona. Nos dice que fue allí para estar con el Papa y apoyarlo, y que se sintió orgulloso de hacerlo ante quienes les denostaban. Según lo dice no parece que este hecho fuera baladí, pues en varias ocasiones se refiere al denuesto y el insulto. Y a mí me impresiona la firmeza y el temple de este muchacho que habla con sencillez y eficacia de esas cosas y que nos ofrece su testimonio de fe.
Luego se recitarán poesías de nuestros santos y clásicos entre las melódicas jaculatorias del coro, y el párroco de El Casar, con su físico imponente y su voz profunda, pronunciará unas palabras oportunas y sentidas como siempre. Y pasaremos todos a besar la Cruz. Nos regalarán como recuerdo una pequeña caja. Detalle curioso: ésta, que contiene una crucecita metálica, tiene todo el aspecto de un envase medicinal. Efectivamente, un ingenioso prospecto nos señala los casos en los que se recomienda el remedio, sus posibles efectos, las dosis que se proponen, los posibles efectos secundarios…
Cuando, pasadas casi dos horas salimos de nuevo al frío de la noche, hago balance de este acto inolvidable y evoco la emoción de la Cruz itinerante que me interpela con unas palabras de perdón que hacen saltar las lágrimas. También, claro está, me ha impresionado el entusiasmo de tanta gente sencilla y no tan sencilla reunida para mostrar su amor al Crucificado, su esperanza a prueba de todo y su espontáneo testimonio de fe en Dios.
Pero no puedo dejar pasar un hecho relevante: quienes acompañaron al Papa peregrino en Roma, en Toronto, en París o en Colonia nos revelaron cosas tales como cuál fue su motivación para asistir a las Jornadas, su actitud ante ellas o determinados aspectos del viaje, y sabremos que a veces sufrieron las inclemencias de un tiempo adverso; pero nadie tuvo que recordarnos que alguien aprovechó la visita del Papa para volcar contra él su odio a la fe cristiana. Y doy por seguro que si no lo hicieron fue porque no lo experimentaron; que en caso contrario alguno de ellos lo habría incluido entre sus comentarios. En realidad tan sólo un joven tuvo que hacerlo. Y fue precisamente el que viajó a Barcelona, donde, por lo que se ve, hubo de soportar el odio y los insultos.
De lo cual deduzco que no en todas partes sucede lo mismo. Sí, en efecto: para nuestra vergüenza, los peregrinos han tenido que ir a Barcelona para toparse con el “odium fidei”. Me refiero, sí, a Barcelona, o sea a España, la tierra de Santiago que ya se declaró cristiana en tiempos de Recaredo, aquella que libró una lucha de ocho siglos para recuperar las fronteras de la Cristiandad y que la extendió más allá del gran océano y hasta los mismos confines del mundo conocido. O sea, la cuna de Ignacio, Francisco Javier, Teresa y Juan de la Cruz. Claro que también fue la mayor generadora de mártires del siglo XX.
Una última reflexión que viene a cuento. No es la primera vez que viene un Papa a España, y en ninguna otra ocasión se habló de insultos y denuestos. ¿Por qué, entonces, ahora? ¿Cui prodest?
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