La huelga de los señoritos
14.12.10 @ 07:28:06. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Aeropuerto. Acuarela de Laurentino Martí en la XI Exposición Internacional de Acuarela, Segovia, Junio 2009.50x70)(*)
Tantos asombros nos asaltan cada día, que ya nos estamos acostumbrando a vivir en un entorno decididamente surrealista. Creíamos, por ejemplo, que la huelga era un mecanismo que habíamos de aceptar con paciencia y resignación en favor del bienestar de los pobres desheredados de la fortuna y en contra de los malvados empresarios. Porque, en realidad, ese mecanismo no deja de consistir en un chantaje: se machaca al ciudadano aunque no tenga que ver con el problema en cuestión, para hacer uso de él como eco de una justas reivindicaciones: algo así como si te dieran una patada en la espinilla porque pasabas por ahí para que tu “ay” se uniera al clamor de los obreros maltratados.
Pero las cosas han cambiado. De entrada, el partido obrero por antonomasia - puesto que así lo declara en sus traicionadas siglas - opta ahora por favorecer generosamente a los banqueros para sacarles de la penosa situación a la que les condujo su excesiva avaricia y sus torpes manipulaciones, mientras abandona a los obreros en la cola del INEM y congela sus pensiones si es que pasaron a la condición de jubilados.
Ahora acabamos de dar un pasito más hacia el absurdo, y digo esto porque quienes nos dan la patada en la espinilla para llamar la atención no son siquiera, a falta de famélicas legiones, los obreros de ahora, es decir, gente que a lo mejor gana más que los graduados universitarios, - pobres ellos que no encuentran trabajo ni a la de tres – o que los diplomados con cuarenta años de servicio y puestos de responsabilidad a sus espaldas, sino unos señoritos que cobran más incluso que el propio presidente del gobierno. O sea, privilegiados de alto “standing”. Privilegiados que tampoco desempeñan una labor muy creativa que digamos ni que exija saber latín, griego o ecuaciones diofánticas, pero que sí tienen una grave responsabilidad, pues hay que reconocer que si se equivocaran en la aplicación del procedimiento podrían pasaportar al otro mundo a cientos de personas, incluidas tripulaciones.
Dicen que el problema radica en que no hay suficientes profesionales del control aéreo. Pero no nos acaban de aclarar cuál es la causa de esto: si que ellos mismos se han opuesto a la ampliación para poder cobrar horas extraordinarias a mansalva, o que, por razones igualmente económicas, tampoco a AENA la conviene ampliar plantilla. Y ahí está el quid de la cuestión: saber cuál de las dos versiones es la que más se ajusta a la realidad.
Los controladores dicen que ellos han sido tan generosos como para aceptar que les reduzcan el sueldo de los 300.000 a los 200.000 euros anuales, que ya es bajón, porque solo con los 100.000 euros de diferencia podrían matar el hambre diez familias cuando menos. Y dicen que es agotador pasar tantas horas como ellos pasan mirando a la pantalla sin pestañear; que eso les ocurre sobre todo por culpa de las horas extra.
En cuanto al gobierno, éste sabe lo que es la envidia española y lo bien que cae a todo el mundo que zurzan a esos “señoritos del pan pringao” que están “montados en el dólar”, así que lo tiene relativamente fácil, y más aún con once ministros actuando como portavoces, que eso más que un gobierno parece el Orfeón Donostiarra . Así que, con los marroquíes dándonos la vara, la señora Merkel regañándonos, el señor Trichet observando nuestro desbarajuste, algún líder que otro en el paro - aunque generosamente retribuido -, los de Zurich diciéndonos que no y las encuestas augurando la debacle, ha decidido cortar por lo sano con un gesto de autoridad. Y militarizó el control dando por seguro el entusiasta aplauso de una multitud enfervorizada.
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Alguien ha dicho con razón que ya es chusco eso de pasar de la privatización de los aeropuertos a la militarización del control aéreo en menos de una semana, porque además, lo de militarizar lleva consigo nada menos que el establecimiento de un “estado de alarma”, o sea, de algo verdaderamente duro de tragar para un país de demócratas de toda la vida como es España.
Y no deja de tener su miga que, de la misma forma que se acaba paliando el paro gracias a la caridad cristiana y a la solidaridad familiar - es decir, gracias a dos instituciones asentadas en una tradición a la que sometemos al más tenaz acoso -, ahora haya que recurrir a esos ejércitos a los que se “ningunea” en los presupuestos y en la información y cuya moral se considera obsoleta porque practica el rigor en el comportamiento ético y estimula la práctica diaria de determinadas virtudes esenciales. Pero que sabe hacer de todo y además siempre cumple, aunque sus sueldos puedan provocar la risa de los señoritos huelguistas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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