Lancelot 2010. Atardecer con melancolía
12.12.10 @ 07:25:34. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante Alonso

(Acuarela de Edward Wesson en edwardwesson.co.uk)(*)
Sábado 24 de julio. En cuanto di por finalizadas mis otras labores, miré hacia la piscina, que, sin voz, me llamaba insistente con irisaciones bellísimas de luz, limpieza transparente y suaves ondulaciones por la continua depuración del agua.
-Hoy no, abuelo, me indicó el “pulpo Paúl” desde la ventana de su dormitorio, que el avión sale a la cuatro y debemos estar dos horas antes en el aeropuerto.
-¡Hay que darse prisa, concluyó contundente.
Nuestro nieto Pablo (“el pulpo”), hizo con nosotros el viaje a las islas desde Valladolid. Concluido el tiempo de permanencia autorizada, regresaba a la Península con su hermano mayor, Alfredo, que vino solo y por una semana. Éste, y para perfeccionar el inglés, emprendía acto seguido viaje a Canadá. ¡Jó con los niños de ahora!
Paúl visitaba una y otra vez a Pinchitos. Parecía como si le preocupase más dejar a su amigo erizo, que a sus tíos y abuelos. Al pobre Pinchitos le era imposible conciliar el sueño -profundo en los de su especie durante el día- por tantas veces como le cegaba la luz, ¡y qué luz la canaria!, al abrir el pulpo una y otra vez la puerta (tapadera) de su casita. Se lo hice saber.
-¿Cómo pasar luego la noche en vela, si no le dejas dormir ahora?, le dije sin reñir, pero más bien serio, y con la verdad.
-¡Es que, abuelo, a lo mejor no le vuelvo a ver!, vaticinó…
Con alguna lagrimilla contenida (por dejarnos, digo) y después de una comida tristona y frugal, recogieron sus pocos enseres con mochila y una maleta para los dos, recibimos besos y abrazos muy cariñosos de cada uno.
Partieron con sus tíos y primo hacia el vecino aeropuerto de Guacimeta. Los abuelos, permanecimos en casa silenciosos. Desde la terraza y a la hora en punto de salida del avión vimos-no oímos, que los alisios se llevan los ruidos mar adentro- en el azul limpísimo del cielo, el prodigio de la aeronave tomando altura hasta perderse en el fin del mundo, acompañado de nuestros saludos con la mano. Al atardecer, silencio desacostumbrado. Javier, el hijo único, permanecía tristón; tanto, que hasta se le olvidó poner agua y comida a Pinchitos. Con linterna en mano, salí al jardín en busca, caza y captura no de “gamusinos”, sino de cucarachas, que no es lo mismo. Sabía de la carencia de proteínas en la alimentación del pequeño erizo con sólo fruta y verduras. Regresé a casa “bolo”. Vamos, que no cacé ni una. Veíamos Intereconomía, como de costumbre.
-¡¡Pinchitos ha desaparecido!!, se oyó, recia, la voz alarmada de nuestro yerno. Saltamos como un resorte de la comodidad. Al salir por la puerta de la terraza, y en la semipenumbra del cielo mortecino, me pareció ver una sombra preocupante con alas. No dije nada. Buscamos hasta la noche ciega por cada rincón de la casa y jardín. No se me iba de las mientes la figura vigilante del ave carnicera sobre el muro; y su sombra luego en el cielo. Como fantasmas y todos con linternas, inspeccionamos todo de nuevo, especialmente el seto e inmediaciones de la piscina iluminada. Nada sobre las aguas. Introduje el mango largo del barrefondos por la cueva donde se refugió del alcotán, y orificio limpio. Salimos al campo abierto. Tampoco.
Javier le llamó entre hipos sonoros. Creo que decía ¡¡Pin-chi-to-ooóos!!... Era ya muy tarde. Sin renunciar por la mañana siguiente a la búsqueda, menos Javier, sentado en la terraza, todos penetramos en casa. Tuve que decirles mi presagio: como la memoria-les dije- es una “potencia del alma” (en todos cara de haba…) Pinchitos debió recordar la escapada anterior; tal vez, añadí, en busca de proteínas. Sólo entendió mi yerno que guardó silencio.
Una de dos –añadí- o salió por el orificio del desagüe, o, crudamente hube de decirles, el aguilucho sorprendió la presa que vigilaba de continuo. Como, probablemente, musité, también tenía polluelos en el nido que alimentar… A Pinchitos, finalicé sin decir que había visto restos de púas, lo podemos dar por perdido.
Con el cielo cubierto y calor tormentoso, tras la búsqueda infructuosa de toda la mañana, nadie se bañó.
Durante el resto del día, leí con avidez, “Historias de casi todo”. No venía la de Pinchitos. Javier, inconsolable…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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