Centinela en la encrucijada
10.12.10 @ 07:44:23. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Ceuta, nocturno. Acuarela de Francisco Bertrán en la I Bienal Iberoamericana de Acuarela, Madrid marzo 2009)(*)
Desde las alturas de García Aldave - la “Posición A” - Ceuta reluce como una joya en la inmensidad de un estrecho iluminado por el sol de mediodía. Allá, en la otra orilla, bullen los recuerdos de aquellos años que viví en Algeciras y en Puente Mayorga, cabe a un Peñon ahogado entonces por el aislamiento.
Hemos llegado hasta la ciudad desde Madrid recorriendo la Ruta de la Plata con un agradable alto en Sevilla. Nuestro viaje tiene por objeto participar en un ciclo de conferencias. Cuatro formamos la expedición: el conductor, presidente de los veteranos, piloto de combate y heredero de un nombre registrado en las grandes hazañas de los tiempos pioneros de la aviación; el organizador, tres veces participante en la gran aventura antártica; un tercero, conferenciante de apellido ilustre y compañero mío de fatigas en el desierto del Sáhara, donde su valor y su serenidad fueron justamente reconocidos, y, naturalmente, este humilde foramontano, encargado de hablar – en Ceuta, a los ceutíes – sobre esta Ceuta a la que definiré como un “Centinela en la Encrucijada”.
Y ahí está ella, expuesta a nuestra vista de pájaro en el centro del inmenso mapa geopolítico en que se enmarca. Es la vieja ciudad española en el norte de África; europea – portuguesa primero - nada menos que desde 1415, o sea mucho antes del descubrimiento de América, cuando aquellos territorios carecían de cualquier tipo de organización política; parte de la monarquía hispánica a partir de Felipe II y confirmada como tal por elección cuando nuestros vecinos lusos se separaron de España en tiempos de Felipe IV. De sus orígenes quedan los colores que recuerdan la vieja Lisboa de mi juventud y el escudo portugués de mis saudades: el de las cuatro quinas de los “descobridores”.
La noche de la llegada, tras una calurosa acogida, el breve recorrido hasta el albergue nos ha regalado la agradable sorpresa de una Ceuta radiante, iluminada como un bello escenario teatral y espléndida en su limpieza inmaculada. Por la mañana, tras la misa, intervención en directo en la televisión local y una grata visita al Alcalde Presidente de la ciudad autónoma; luego, antes de las conferencias en el Aula Cultural, entrevista ampliamente recogida por “El Faro” de Ceuta. Pero no todo es tan agradable por aquí. Sólo pocos días antes, los titulares de los periódicos nos hablaban del boicot de nuestros vecinos a los alimentos frescos y del impresentable insulto a las mujeres policías españolas. Luego, el día siguiente a nuestro regreso a la península, la noticia será la violencia marroquí contra un inmenso campamento saharaui en el Aaiún.
Todo esto permitirá que comprendan el interés de nuestro recorrido a lo largo de la valla de separación que discurre entre los hondos barrancos que jalonan la frontera, escenario de conflictos acarreados por la inmigración salvaje y las arteras maniobras del vecino; ese país ante el cual ahora exhibimos una incomprensible debilidad política. Digo incomprensible porque sabemos del interés de Rabat por gozar de una relación especial con esta Unión Europea de la que España es miembro destacado - hecho que alguna influencia tendrá, digo yo -; y porque no se nos olvidan los cientos de miles de ciudadanos marroquíes acogidos a nuestros servicios sociales y a nuestra prosperidad económica, como tampoco el doble paso anual a través de la península de una multitud de familias magrebíes procedentes de Centroeuropa, cuyo tránsito atendemos, protegemos y controlamos. Y aún podríamos hablar de tantas cosas más…
Al caer el día, frente al templo de la Virgen de África y ante la impresionante presencia del monumento ciudadano a los caídos en las guerras de África, los visitantes haremos la ofrenda de una corona de laurel. Y, claro, toda la Historia de España - la más antigua y la más reciente - se agolpará de pronto en nuestras manos conmovidas y en nuestros pobres ojos húmedos, apenas iluminados por la luz decadente del atardecer.
Pero, antes del regreso, aún nos quedará otro momento intenso por vivir, porque, arriba en el salón del trono de la Comandancia General, veremos brotar, sobre nuestras chaquetas azules de viejos veteranos, la emoción - sencilla pero ciertamente significativa en esta tierra de frontera - de una bandera de España en la solapa.
PS: El día siguiente al de la redacción de este artículo, es decir, recién regresado de Ceuta, me entero del desalojo a la fuerza de un campamento saharaui por parte de la policía y las tropas marroquíes. En mi tesis de “Centinela en la encrucijada” yo había comentado los múltiples aspectos en los que acontecimientos a veces lejanos y aparentemente ajenos a aquella ciudad acababan por repercutir en ella de una u otra forma. Y uno de mis ejemplos había sido precisamente el del conflicto del Sáhara, con su reflejo inmediato sobre Ceuta y Melilla en forma de pantomimas reivindicatorias sobre estas plazas. Y así ha sido en esta nueva ocasión ante la desganada reacción de nuestros actuales gobernantes.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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