En vísperas de la “Purísima”
09.12.10 @ 07:17:15. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Inmaculada. 1653-1657. Oleo de Alonso Cano en pintura.aut.org. Museo de Bellas Artes de Granada)(*)
Creo –sé-, que tengo “colgado” un artículo que habrá visto la luz el día 8 diciembre pasado hace ya casi un año, fiesta de la Inmaculada Concepción, Patrona de España y, entre otras, de nuestra Arma de Infantería desde los tiempos de los mundialmente famosos Tercios de Flandes. Incontenible, no puedo dejar de incluir éste escondido en mis archivos, que es válido para cualquier día sea o no el de la fiesta ya inmediata. Todos son días son buenos para querer a la Virgen. Aquello que no les guste, es mío. Lo que sea de su agrado, ojalá sea mucho, será “integrado” en este artículo, pero no mío.
Recibí, casi seguidos, dos correos magníficos de sendos amigos “idem”: de la musulmana Meca en Arabia Saudí: impresionante. Lujo y esplendor inmensos, envidiables. Y me dio envidia. Le dije a mi amigo remitente: “Lástima que todo ese esplendor no sea cristiano”… A continuación, vi las estremecedoras, por lo austeras, imágenes del Santo Sepulcro en su monumental templo de piedra fría, rústica, austera, monacal. La comparación, les confieso, me produjo momentánea tristeza. No recordé entonces nuestras magníficas catedrales y demás monumentos que el arte y la Fe de nuestros mayores levantaron en honor de nuestro Dios-el mismo Alá de los musulmanes-. Ni las joyas preciosísimas de Custodias tan impresionantes como la de Toledo a quien -¡ay!- el “día del Corpus” escolté durante la tradicional procesión sobre pétalos de rosa y bajo toldos que mitigaban el sol ardiente que se pasaba en homenajear a su Amo y Señor. Dios que físicamente, aunque lo pareciese, no estaba (lo representaba sólo) en las numerosas cruces que nunca nadie podrá quitar. Y sí encerrado como rey, aunque no lo pareciese, en la primorosa joya de orfebrería a cuyo paso se doblaba toda rodilla del inmenso gentío apretujado en las angostas calles de la ciudad, judía, mora… imperial.
Cuando abrí el ordenador para comunicarles mi tristeza por comparación de monumentos representativos del cristianismo y del islam, mi tristeza se convirtió en gozo. Tuvo “la culpa” la imagen de la Purísima instalada como fondo de pantalla y que tuvieron o tendrán ocasión de ver el mismo día 8, festividad de nuestra Patrona la bellísima Inmaculada Concepción. Medité.
Salomón, rey de Israel, mandó construir un Templo inspirado en los profetas, que con siglos de antelación anunciaron cómo y de qué materiales había de ser construido: nobleza, sí, de enormes bloques de piedra sobria y austera como fundamento. Interior abundante en las más preciosas maderas nobles de los cedros del Líbano y profusión de oro que cubriría de riqueza las de por sí riquísimas maderas. El no va más de fantástico ornato de marfil, oro y piedras preciosas en el Arca de la Alianza. Y allí, físicamente, no estaba Dios. Era Casa de Dios. Pero, físicamente, no estaba. Sin embargo en el Templo todo sobreabundaba el “aliento” de Dios. El susurro de Dios. Pero no, allí físicamente no estaba.
Hubo de nacer una Mujer, designada desde la eternidad, para traer al Hijo de Dios al mundo. Mujer de nuestra raza, pero adornada no como adelantasen los profetas a Salomón, sino como el mismo Dios quiso que fuera, para albergar a su Hijo durante nueve meses que moraría- aquí sí, físicamente- Dios hecho hombre desde el momento mismo del anuncio de Encarnación del Ángel . Y adornó las entrañas purísimas de la que había de ser su Madre con las maravillas, que ni los hombres ni las entrañas de la tierra pueden crear u ocultar: más, mucho más, que el oro purísimo, pero metal; más, mucho más, que las más deslumbrantes piedras preciosas que rey o reina alguna de la tierra pudiera lucir, pero piedras. Su Hijo, porque convenía y omnipotente podía hacerlo, le dio mucho más que cuanto pudo ostentar el Templo de Salomón; las más ricas mezquitas de la Meca; la belleza superior al austero pero impresionante Santo Sepulcro. Le dio el Ser, la Criatura más perfecta de cuantas creara. Quiso que desde su concepción fuese la llena de gracia, “Gratia plena”. “Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo, Templo y Sagrario de la Santísima Trinidad, más que Ella, sólo Dios”. Inmaculada. Y su Esposo, Dios Espíritu Santo, le concedió, por añadidura, sus dones: de inteligencia, ciencia, sabiduría, consejo, piedad, fortaleza, temor de Dios. De golpe huyó, espantada, mi tristeza. La oración de acción de gracias, surgió espontánea: ¡bendita sea la madre que te parió!
Y para mayor alegría, recordé: “Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo”: “¡Alégrate María… ¡” (“¡Chaire kecharitomene!”). Era la voz del arcángel Gabriel, que, próxima la Navidad, rezaremos con inmensa devoción junto a los “Nacimientos” expuestos en comercios, domicilios y plazas de nuestra ciudad y de tantas ciudades de nuestra Patria.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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