Lancelot 2010. Alma e instinto
05.12.10 @ 07:19:39. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

( Eucalipto. Acuarela de Pedro Cano en joseato.blogdiario.com)(*)
Viernes 23 de julio. Demasiado pretencioso el título para relatar los acontecimientos que comenzaron con el hallazgo y recogida del erizo “Pinchitos”. Según pienso lo que a continuación he de decirles, parece más oportuno que hubiera titulado: Educación del instinto. No quiero, sin embargo, prescindir de “alma”, porque, de alguna manera, un algo o un mucho hoy también estará presente, aún en forma animal, por supuesto distinta a la nuestra, en este diario. Para no caer estrepitosamente en el error, me apoyo en que ya habló de esto-el alma de los animales- nuestro querido Papa Juan Pablo II cuya cita textual, siento no recordar. Escrito el no querido preámbulo (¿defecto que me supera?), voy a lo hechos. Curiosos. Didácticos, para mejor conocimiento de la fauna ibérica. Pinchitos ya sabe cuál es y dónde está su casa (la que, apropiada, compró mi yerno y que le costó un “pastón”). Fue sencillo. Satisfacer las necesidades más perentorias-otra vez el recuerdo del contenedor- es argumento convincente. En racionales e irracionales. Del todo en los animales (¿alma primigenia?) y que sobrepasa los valladares de la razón en los humanos; pues aún con razón (¿) pueden verse obligados a obedecer al instinto animal-humano de supervivencia.
Como todos los de su especie, Pinchitos es, habitualmente, animal de vida nocturna. Lleva en los genes la alianza con la noche contra múltiples depredadores diurnos. Como la busca el hombre con alma para satisfacer necesidades prohibitivas durante el día por razones obvias. Casi habitualmente, porque hoy presencié-¡otra vez la imagen imborrable del contenedor!- un verdadero acontecimiento.
Concluidos mis deberes humanos naturales, y por el alma los sobrenaturales, volví a mi observatorio en la terraza. Extraordinario.
Había comenzado el relato del día, cuando levanté la vista hacia mis y entrañables hibiscos. Por un instante vi abiertas las flores al máximo. ¿Para contemplar, como yo, el espectáculo? Bajo su sombra y por el bordillo blanquísimo del parterre, en vivo contraste con el carmesí purpúreo de las flores abiertas, avanzaba cauteloso Pinchitos. Como un relámpago que surcara el cielo a plena luz del día, el aguilucho o alcotán, bajó vertiginoso hasta posarse sobre el muro. Pinchitos, levantó el hociquillo, oteó con ojos diminutos lo poco que podía ver bajo el seto y se detuvo de inmediato. Avanzó un paso más. Volvió a otear y a aspirar olores que sólo su instinto sabía sin haberlo experimentado antes. Yo, inmóvil. El alcotán levantó el vuelo. El espectador de la posible lucha tan desigual, respiró satisfecho. Justo tomaba el boli, cuando una sombra fugaz, bólido lanzado con alas y garras por delante, se precipitó sobre el erizo Pinchitos. Erró. Con la rapidez que le permitieron las patitas muy cortas, desapareció de mi vista y de la del ave carnicera. El ave carnicera, legó sólo a rozar el picón sin estrellarse contra la aspereza volcánica del suelo.
Entré en escena. Bastón en mano, acudí al lugar. Miré al frente; a un lado y a otro. Pinchitos había desaparecido. Busqué despacio. Entre las ramas bajas del hibisco en el lugar más oscuro del jardín, había un pequeño orificio. Desagüe al campo abierto para aguas torrenciales, que rara vez se producen en la isla afortunada. Como pude, separé el follaje. La chispa luminosa de ojos muy vivos se posó en los míos asombrados.
Despacio, sin dejar de aspirar lo que la primigenia razón le indicaba peligro por instinto, comenzó a desandar el camino. Sonriente, permanecí aún junto al seto. Pinchitos, ahora se detuvo. Como estaba cerca, pude observar cómo una cucaracha, detuvo también el paseo matutino. Pinchitos, casi recién nacido, no podía saber si aquel insecto asqueroso era amigo, enemigo o bocado apetitoso. Actuó por instinto. Con el hociquillo por delante y velocidad impropia de un gazapillo - erizo “en pelo (púas) malo”, atrapó al maléfico animal, horror de los hogares.
Me miró. Seguro. Le entendí divinamente…:
- “Está bueno. Mejor que la fruta fría. Mejor que la leche, que sólo lo parecía”. No me dio tiempo a más, porque tras volver a olisquear hacia arriba, corrió por la orilla del seto hasta introducirse en su casita nueva y segura. La “pasada” de la decepción del aguilucho fue en vano. Dijo en su desesperanza:
-“¡Bah…! Estaba flacucho”. Y se perdió en las alturas, en busca de “uvas maduras”… Pinchitos conoció el mundo y sus peligros. Rechazó el falso atractivo de la luz para los de su especie y volvió, experimentado, a la confortable oscuridad de su casa. Mas en el alma (¿subconsciente?) de Pinchitos, quedó grabada la entrada de la cueva salvadora… y tentadora.
Se lo conté a mis nietos, que creyeron era un cuento. Sólo Alfredo, el mayor dijo:
-Es que, abuelo, por muy atractivo que sea el mundo, como en casa en ningún sitio ¿verdad?
A la hora de la meditación distraída, pensé: alma o instinto… y recordé la vuelta a casa del “hijo pródigo”. La verdad y sin profundizar, no me aclaró mucho. No tropezar en la misma piedra. Comenzar y recomenzar tras tantas equivocaciones y caídas. Caer y levantarse: alma humana.
Paúl, el pulpo: “Parece, abuelo, como si Pinchitos tuviera algo más que razón o instinto. ¿Será entonces una especie de alma”?, preguntó más convencido que dudoso.
Razón, instinto, alma…
-Bueno… , le contesté sin afirmar ni negar. Bueno…, añadí otra vez: parecido, pero muy distinta. No aclaré nada. Porque no lo sé. Recordé lo del Papa. “Especie de alma”. Razón de Paúl. Les dejo, que hoy es un día de muchas prisas. Lo verán, mañana si Dios quiere que, menos rollo, se lo cuente.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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