Viviendo el futuro
03.12.10 @ 07:17:32. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Lluentors. Acuarela de Joan Puig Bertran en estudijoanpuig.blogspot.com)(*)
No ha mucho que Antonio Burgos escribió un artículo sobre el desenfado, e incluso sentido del humor, con el que se titulan los “sitios” de Internet, y proponía algunos que podrían encajar bien en esa misma línea. El procedimiento habitual de encadenar palabras sin separación alguna les añade incluso una gota de guasa, sobre todo cuando nos chocan por ser más largas de lo que pudiera parecer normal.
“Este hombre también se ha dado cuenta de ello”, me dije al leerlo, porque siempre me extrañó que se aceptase como habitual el bautizar así a cosas que en otro tiempo serían consideradas materia seria e impropia de cualquier chanza; más aún refiriéndonos como nos referimos a productos derivados de la alta tecnología y en cuyo desarrollo y aplicación sólo suelen participar sesudos científicos o respetables autoridades.
Me explicaré. Desde que aparecieron los tebeos de Flash Gordon, y aun antes - sobre todo desde que los jóvenes europeos empezamos a leer las novelas de Julio Verne - se imaginaba el futuro como un lugar inhóspito por el que merodeaban seres de rostro casi impenetrable, serios, hieráticos, y desde luego incapaces de esbozar siquiera una leve sonrisa.
En esa misma línea recordé que en los inicios de la aventura espacial solíamos suponer que nuestros sucesores, esclavizados por la tecnología, se alimentarían de píldoras insulsas - o como mucho, sazonadas artificialmente - y vestirían extraños monos de cuello alto tipo Mao o indumentos parecidos. Ésta fue casi siempre la escenografía de las películas de anticipación, y me atrevo a suponer que, por mucho que encendiera la imaginación de los aficionados al género, para nadie podría resultar atractiva como ambiente habitual en que vivir el día a día.
Claro que cuando hablábamos entonces del futuro teníamos el convencimiento de que nunca llegaríamos a verlo, así que con él nos ocurría como con el inexorable fin del mundo, acontecimiento apocalíptico que nos trae bastante al pairo porque lo más probable es que, en efecto, nunca lleguemos a experimentarlo. Y, sin embargo, sí que hay una fecha concreta y conocida que ya hemos sobrepasado dos lustros y que, por tanto, podríamos tomar como referencia para comparar la realidad vivida por nosotros con las elucubraciones desarrolladas por la literatura o la cinematografía. La fecha es el año 2001, y la película, “2001. A Space Odyssey”; su director, Stanley Kubrik.
La verdad es que nunca llegué a ver el film completo, pero, aun así, siempre me he sentido ligado de algún modo a él, y les explicaré por qué: la Escuela norteamericana de Misiles del Ejército de Tierra, donde estudié durante un año, estaba integrada en el Centro Espacial George Marshall, situado en Huntsville, Alabama, sede del doctor Werner Von Braun, director y cerebro del primer viaje a la Luna. Allí tuve ocasión de conocer a dos de sus colaboradores, uno norteamericano y otro alemán. Ambos se ocupaban de la divulgación de aquella fascinante aventura; el primero, por escrito, y el segundo, mediante sugerentes ilustraciones gráficas. Gracias a ellos pude seguir día a día los preparativos de aquella aventura que luego sería coronada por el éxito.
Recuerdo cuando un buen día me anunciaron que abandonaban Huntsville contratados por la industria cinematográfica. Aún conservo un recorte del “Huntsville Times”. El titular era “Two Huntsvillians go to Hollywood”, y debajo de él podía verse una gran foto de ambos y un pie con los detalles de la noticia. Se trataba, efectivamente, de colaborar en la citada obra de Stanley Kubrik, hoy convertida en película de culto.
Ahora, ya en 2010, sobrepasada por tanto la fecha señalada, la cuestión es la siguiente: ¿Se parece en algo el mundo en que vivimos al que auguraron quienes entonces nos imaginaban? La respuesta es que, ciertamente, poco tienen que ver una cosa y otra. Quizás incluso la tecnología haya avanzado en algunos aspectos más de lo previsto, pero el ambiente que nos rodea en casi nada se parece al vaticinado. Y uno de los campos en los que se manifiesta de forma más concreta esta diferencia es, afortunadamente, el de la relación entre los humanos, puesto que hoy es ya habitual que todos los habitantes del planeta estén en condiciones de comunicarse en tiempo real entre sí, y la posibilidad de hacerlo no se halla solo en manos de los científicos, los sabios chiflados o los expertos y especialistas, como tampoco de los grandes banqueros o los políticos ambiciosos. Cualquier persona de cualquier edad y de cualquier parte del mundo puede disfrutar en cualquier momento de tan increíble invento. O sea que este bien es accesible a gente que viste como usted y como yo, o sea como la viene en gana, y que trata de cualquier cosa que le pase por el magín, sea importante, indiferente, o baladí. Gente que sonríe y se expresa hasta con faltas de ortografía, como ocurre con los sms, que en este sentido hasta me caen simpáticos. ¿Y cómo se llaman las empresas de Internet? Pues muchas veces se llaman cosas bastante chuscas, como por ejemplo, “yahoo”, que suena a grito de vaquero arrancando al galope.
La verdad es que Antonio Burgos tiene bastante razón con lo que dice, porque no me digan ustedes que no tiene guasa que los “sitios” de Internet tengan nombres del tipo de www.nometoqueelpitoquemeirrito.com o www.aversitecallashombrequeyaestabien.es. (Fíjense ustedes que al escribirlos en el ordenador, éste los ha sacado en tinta azul, y eso que me los inventé sobre la marcha). Yo les animo a ustedes, mis improbables lectores, a que se inventen también algo más o menos original y prueben a ver si ya se lo ha pisado alguien. Cuánto va que si eligen www.yaestamoshartos.com lo encuentran ocupado…
Por lo que a mí respecta, estoy pensando en agenciarme un “sitio” de esos que diga por ejemplo www.aquiestoyyoparaloquequieraustedmandar.com.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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