Lancelot 2010. “Pinchitos” aventurero
02.12.10 @ 07:28:21. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Dunas i al agua. Acuarela de Joan Puig Bertran en estudijoanpuig.blogspot. com.80x65)(*)
Jueves 22 de julio. Mascota es un animal doméstico que convive con los seres humanos. “Pinchitos” no lo era. Se trataba, sencillamente, de un erizo encontrado casualmente a las puertas de nuestro hotel habitual en Lanzarote, por desobediencia a su madre de que no saliera de la madriguera mientras ella iba a buscar comida para él y sus cinco hermanos. Quiso conocer mundo y desorientado en la noche, se perdió. Como les dije en el artículo anterior de mi diario veraniego en Lancelot 2010, finalizó de momento su desobediencia aventurera, cuando lo descubrieron mis nietos pugnando por traspasar la barrera infranqueable para los de su especie de las trasparentes puertas acristaladas del Lanzarote Princess.
Nuestro erizo denominado Pinchitos, no era animal doméstico; como un diminuto cerdito, precioso, pero no mascota y sin posible convivencia con seres humanos. En la bolsa de plástico del Corte Inglés, donde le introdujo la abuela -mi mujer-, y sin humanizarse por muy del Corte Inglés que fuera, viajó hasta la mansión de mis hijos donde, nada de madriguera, convivíamos durante algún tiempo padres (abuelos) hijos y nietos. Con la precipitación emocionada de niños y mayores, entraron todos en casa con Pinchitos en la bolsa de engañoso letrero para el erizo. A nuestro yerno, se le olvidó desconectar la alarma. Sonó con estrépito allí, y también, claro, en la Comisaría.
El susto entre la gente menuda… fue descomunal al zumbido de las sirenas policiales.
-¡Esconder a Pinchitos que nos lo quita la poli! –exclamó Javier realmente acongojado.
Todavía en la puerta y aún sin entrar, les expliqué todo, no sin pedir disculpas por el descuido. Y gracias por la rapidez en el “servicio”. Reímos luego todos los mayores...
De la bolsa, pasó a una caja de zapatos vacía. Comenzó un nuevo interrogatorio, éste más exhaustivo:
-¿Qué le damos ahora de comer?-dijo el primero-porque Pinchitos tendrá hambre.
-¿Chocolate negro? –dijo Paúl que le encantaba.
-¡Qué bobadas decís – dijo la responsabilidad de Alfredo-. Dejad al abuelo, que sabrá mejor que nosotros. Asintieron. Introduje en la caja un recipiente con leche tibia. De inmediato comenzó a tomarla. Para mí que dijo, “está buena”. Los gritos de alegría en los nietos, debió oírse hasta en Arrecife.
-Ahora, pera en trocitos-les dije- y sin pelar. Recuerdos de cuando vi a la mamá erizo (no eriza), llevarlas a la madriguera, pinchada a lomos de sus púas. Cada uno acabó troceando todas las existencias del “frigo”. Aparté una pequeña porción. Nuevos gritos de entusiasmo. Pinchitos calmó el hambre y la sed. Ante la mirada atónita de siete pares de ojos, bueno, seis, bajo una mantita que introdujo no sé quién, Pinchitos se quedó dormido. De puntillas todos los niños y sin indicación alguna, se retiraron todos.
Desaparecieron en silencio. Los mayores veíamos Intereconomía TV. Aparecieron de súbito, rodeando a Alfredo que portaba unas cuartillas sacadas de internet.
-¡Todo como nos ha dicho el abuelo! Sonrisas de satisfacción admirada. También de la abuela.
-Mañana-les dije- hay que preparar a Pinchitos una casita apropiada.
Amanecía cuando la casa era un puro ruido de puertas, ventanas y exclamaciones.
-¡¡Se lo ha comido todo!! –exclamaron a coro.
- ¿Quién…? -les dije, aparentando tranquilo-. Porque Pinchitos no está.
- ¡¡Se nos ha marchado!! – otra vez a coro, acongojados.
Quedó, pues, bien claro que Pinchitos no era animal doméstico ni le gustaba convivir con los humanos. O sea, nada de mascota como querían mis nietos. Sintió la llamada del campo abierto y saltó de la caja, para realizar su particular aventura. Nadie se fijó y nada dije. En lo alto del muro blanquísimo, un aguilucho cenizo miraba insistente hacia el seto de hibiscos.
-¡Vamos niños, rápido a buscarle!-les animé con recelo, sin perder de vista al ave carnicera. El despliegue fue inmediato. Por indicación… del aguilucho, le dije al pulpo Paúl:
-Mira bien a lo largo del seto, Pablo, que por ahí tiene que estar- le indique, seguro.
En lo más recóndito del seto, estaba quietecito, asustado. Sin temor alguno lo cogió de inmediato y lo devolvió a la casa improvisada. Se lo advertí sólo a mi yerno. Urgía un refugio apropiado de donde con los debidos cuidados, no pudiera salir a correr mundo con el peligro del ave vigilante. Hoy Paúl, héroe.
No sé cómo terminará esto, ni si es que termina… ¿Continuamos mañana? De acuerdo. Pero ya sin introducción. ¿Vale? Nos vemos, si Dios es servido.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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