Pan amb tumaca
30.11.10 @ 07:27:35. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Retrato de Raimundo Lulio. Óleo de Francisco Ribalta en pintura.aut.org. cm. Museo de Arte de Cataluña, Barcelona.100x84)(*)
Hace algún tiempo escribí en estas mismas páginas un artículo titulado “Por legislar, que no quede” en el que alertaba sobre la irrefrenable pasión por legislar que caracteriza a nuestros gobernantes, quizá para contrarrestar la lamentable impresión que nos causa el espectáculo de un paraninfo habitualmente vacío. Supongo que si fuéramos ingleses nos daría un soponcio al ver esa obsesión por explicarnos lo que tenemos que hacer. “Que vean como nos ganamos el sueldo”, parecen querer decir sus señorías. O quizá sea que, simplemente, les asaltan las ganas de fastidiar. Y algunos pensarán que nos toman por tontitos, pero la cosa no es tan grave, porque, con la misma facilidad con que admitimos que nos traten como a las ovejas, hacemos mangas y capirotes de las leyes que nos imponen, o sea, que váyase una cosa por la otra.
A la vista del panorama que nos aflige, mi improbable lector pensará: “Pues buena ocasión tenemos ahora de ponernos a legislar como locos, porque mire usted si no sería bueno cambiar la ley electoral para que esto fuera una verdadera democracia y no esta especie de remedo”. Sin ir más lejos, en Cataluña vemos pisar moqueta parlamentaria a un grupito de aspecto mafioso que, si se aplicaran los porcentajes tales como son, estaría mordiéndose las uñas en la plaza de Canaletas. Y tampoco vendría mal que esos fulanos recortaran gastos suprimiendo alguna que otra de sus “embajadas”, como la que le han puesto al hermano en París - que eso sí que es una obra de caridad de las buenas -o suprimiendo alguna subvencioncilla de las que con tanta generosidad reparten entre los amigotes … Pero ya sabe usted; de eso, nada. La mamandurria ni se toca, porque lo que priva es el hecho diferencial, y una cosa va ligada a la otra.
Así que enfocaremos nuestro furor legislativo a cositas majas que nos asienten bien en la cultura de la diferencia y nos conduzcan al orgasmo del poder. ¿Quiere usted anunciar sus productos en español porque así vende más y mejor? Pues fastídiese, que le pondremos una ley que le fundirá los plomos. Sepa usted que aquí no hay más lengua que la catalana, y esto se lo dicen un hijo de aragonés y un andaluz que de eso saben mucho.
Ahora quizá me diga usted: ¿Pero no estamos en un mundo globalizado? Y yo le contesto: Pues sí, pero no, que para eso gobernamos nosotros. Y además tenemos precedentes: ahí está el mismo Mao, tan conocido y benefactor que hizo nada menos que una revolución cultural para que sólo quedara su librito: aquel librito rojo que contenía la Sabiduría Esencial. ¿Y qué me dice usted de los talibanes - éstos ya cosa reciente – que hasta se cargaron los budas de Bâmiyân? Pues su doctrina ya ha llegado a nuestras puertas, y la prueba es que unos civilizados españoles están por dinamitar la Cruz de Cuelgamuros.
Así que el furor legislativo ya alcanzó a la alimentación; cosa de agradecer sobre todo en época de crisis. Afortunadamente aún no se trata de racionamiento. En realidad, el objetivo es dar un empujoncito más al color local por aquello de la personalidad nacional, que siempre queda bien. Y el dulce abandono de nuestros políticos a lo superfluo resulta tan relajante y tan tónico en estos tiempos de galopante estrés...
Se trata, sí, mi querido e improbable lector, de algo tan natural y sencillo como obligar a que los establecimientos hoteleros de cuatro o más estrellas incluyan en su menú diario un desayuno realmente catalán que no permita la menor duda respecto a cuál es la tierra que pisamos. Y no cabe duda de que así tomaremos constancia de ello ya desde la primera hora del día. ¿No le parece una excelente idea?
“¡Lo tengo, lo tengo!” Habrá usted exclamado. Y habrá pensado que se trata de divulgar la cocina del archifamoso Ferrán Adriá para sacar partido de su vaporosa creatividad. Pues le diré que no, y le aclararé que la imposición de menú se refiere al humilde “pan amb tumaca”, o sea, a una simple rebanada de pan; eso sí, generosamente untada de tomate vernáculo.
Así que tome nota. Si es usted hotelero de cuatro estrellas o más, tenga las rebanadas y el tomate siempre a mano, que si se descuida le crujen, que esto es orden del gobierno, y mandato por tanto de la voluntad popular. Eliminemos, pues, las corridas de toros y las muñecas flamencas por mucho que lo exijan los turistas, que aquí no cuajan ni la ley de la oferta y la demanda, ni la libertad de mercado ni mucho menos el mercado único, que eso es cosa de fachas y españolistas, pero pongamos pan con tomate en el menú. Porque aquí, señores, reina la ley del hecho diferencial.
Mas no se asuste, mi querido amigo, que aunque metamos nuestra nariz en su vida y en la de los empresarios hoteleros, o sea, donde no nos mandan, no lo hacemos sino por su propio bien. Y en eso somos gente moderada y comprensiva; y si no lo cree, acuérdense del famoso “seny”. Pero, claro, todo tiene un límite, y por eso ya les anuncio que no vamos a admitir que otros salgan enarbolando el hecho diferencial, que eso lo inventamos nosotros y los vascos. Por eso digo que no vaya usted a exigir ahora a la Comunidad de Madrid un menú de callos en el Palace, que esto sería ya excesivo, ni que la Junta de Extremadura endose una multa a los hoteleros de Mérida por no ofrecer migas de la región, incluido el tocino entreverado. Sólo faltaría eso. Modernos somos, pero el hecho diferencial es cosa nuestra.
---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm6.static.flickr.com/5128/5209367272_1d8b6964a5_b.jpg
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
autor
Contacto


