Lancelot 2010. Pinchitos
28.11.10 @ 07:22:01. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Cráneo, erizos y lámpara sobre una mesa.1946. Óleo de Pablo Ruiz Picasso en pintura.aut.org. Musée Picasso, París.81x100)(*)
Miércoles 21 de julio. Comentaba hace unos días, que el descanso no consiste en el ocio: no hacer nada pese al malhadado dicho-no creo de la sabiduría popular- que “el ocio es la madre de la vida padre”. Gracioso, pero absolutamente falso. Decía, y digo, que no consiste el ocio en no hacer nada, sino descanso -confundido tantas veces con el ocio-, es cambiar de ocupación. Debo agradecer, pues, a mis amigos foramontanos, que esta especie de diario me mantenga ocupado en un placentero descanso. Hay días en que los cambios de ocupación son tan frecuentes, que bien podemos llamarlos días llenos de quehaceres, aunque sean placenteros. Así fue ayer tarde. Invitamos a toda la familiuca a cenar temprano en el hotel, que, con precio especial para repetidores, es excelente y asequible a nuestra modesta economía de jubilados. La mujer fuerte de la Biblia, administra con austeridad y sabiduría los menguados caudales-de los que no me quejo- para euro a euro, ahorrar todo el año lo suficiente para permitirnos el dispendio de unas bien ganadas vacaciones. Entorno, difícilmente igualable, tras una vida, nada corta, de trabajo intenso. Normal, g. a D., en familia de siete hijos que ya volaron del nido.
Después de asistir a Misa, oficiada por nuestro amigo entrañable don Sixto caminamos todos hacia el hotel por la maravilla del muy cuidado paseo marítimo. Mi andar (¿), forzosamente lento que incluso a veces, con perdón, me cabrea, no me impidió llegar al destino. Eso sí, “hecho unos zorros”. Recibimiento afectuoso en Recepción; y el no va más en el comedor. Mesa reservada para siete, impecable. Luz roja tenue en lamparilla temblorosa de pequeña llama. Asombro en mis nietos tras saludos en árabe a numerosos camareros, supervivientes de otros años. La crisis hizo también que en un paraíso turístico hubiera selección y cambios en la plantilla. Reducida.
No acostumbrados los niños a elegir de entre exquisitas viandas y repetición “ad libitum” de ellas, disfrutaron como enanos. Sólo al principio, porque como “antes se llena el cuajo que el ojo”, terminaron moderados.
Recordé la escena del contenedor. Sin concluir ayuno la cena, fui muy parco. Menos en Malvasía. Invitados por los “metres” a lo mejor de la denominación de origen conejero, “tuve” que hacer los honores… Delicia del paladar, en otra ocasión estos vinos recibirán el trato escrito que se merecen. Nuestro amigo, jefe de cocineros, hace de las viandas obras de arte. En vista del éxito, además sumamente amable, decidimos continuar allí las vacaciones- no sin protestas familiares- con sólo una condición: terminar en casa de nuestros hijos el plan previamente marcado: El 18 de Agosto. Ahora, y hasta mediados de septiembre, en el hotel, si Dios es servido. Aceptamos. “Que lo poca agrada y lo mucho cansa”. Y más importante: no interferir en la intimidad de una familia. Pues ya lo saben, mis amigos internautas, continúo el silencio “electrolítico”, hasta la fecha referida.
Pero la tarde-noche dio mucho más de sí: para contrarrestar el efecto del malvasía, subí a trancas y barrancas a Recepción, donde está la salida, por las escaleras de mármol ayudado por barandillas de metal reluciente. Casi me atropella el “pulpo Paúl”, que subía acelerado.
-¡Abuelo, tenemos un erizo! -¡corre (¿) sube y verás!-me dijo entrecortado. Tras la puerta que se abre con solo señalar con el bastón, allí estaba rodeado por los que subieron antes: un erizo de verdad, de apenas una semana de vida. Lo sabía bien, porque de niño, crié varios. “`Pinchitos”, ya bautizado así, quiso conocer mundo “antes de conantes” y salió al anochecer a impulsos del instinto en los de su especie. Mas, ¡ay!, que, inexperto, no sabía aún hacerse una bola impenetrable enroscado en las aún tiernas púas. Asustado por la algarabía de los niños asombrados con excesivo entusiasmo, el pobre buscaba afanosamente la huída por los impenetrables para él gruesos cristales de la puerta. Intervino la abuela:
- ¡Dejadle tranquilo niños, que se ha perdido y no sabe volver a la madriguera!
Comentarios acalorados para todos los gustos:
-¿Nos lo podríamos llevar a casa…?
-¿Nos puedes enseñar, abuelo cómo cuidarle? Y Javier, el nieto canarión , porque es como un armario:
-Yo lo quiero para nuestro jardín. Hijo único y media batalla ganada, sólo encontró relativa oposición en Alfredo, el mayor:
-¡Pobrecillo, dejarlo hasta que lo encuentre su madre!
-¿Y si alguien lo maltrata mientras tanto? –sentenció nuestra hija. Sentenció, digo, porque la sonrisa denotó el permiso para tomarlo en adopción. Con sumo cuidado, la abuela, campera, lo introdujo en una bolsa de plástico. Regreso a casa feliz. Tuve que recordar toda mi ciencia, para responder al aluvión de preguntas. Comida, y cuál, o a biberón. Casita, cuidados… En fin, todo cuanto es preciso saber para atender una criatura preciosa –porque lo era- en un hábitat tal vez no apropiado. Por primera vez viajó en automóvil a velocidad tan increíble, como para nosotros las naves espaciales.
Esto no es un cuento, por ahora, pero como se alarga, mañana si Dios quiere, será otro día. Les aconsejo benevolencia y que no se lo pierdan.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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