Otoño en el Campo Grande
24.11.10 @ 07:25:15. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Campo Grande. Acuarela de José María Arévalo. 46x32)(*)
La semana pasada, ya casi finalizada la temporada de amarillos y rojos en las orillas del Pisuerga y en el entramado de canales que forman a su llegada a Valladolid los de Castilla y el Duero, nos decidimos a pintar en el Campo Grande, eso sí, en día de diario, para no tener que aguantar demasiados curiosos en torno a nuestros caballetes, que es el engorro habitual de pintar en el “centro ciudad”, que se dice. Por el contrario tiene la ventaja de que duran un poco más los amarillos, hemos comentado que probablemente por empezar más tarde, este proceso de la muerte de las hojas, en las arboledas alejadas de las corrientes de agua. Ya hemos hablado aquí que el otoño, este año, ha llegado un poco retrasado, y con amarillos más cálidos de lo habitual, casi rojizos. Así que estamos aún disfrutando los acuarelistas, por tan avanzadas fechas como estos días de finales de Noviembre, de esta sinfonía de color que es el otoño castellano.
Salirse del paseo principal, empedrado, del Campo Grande es una verdadera aventura estos días, tras las persistentes lluvias de la otoñada, por estas sendas embarradas de nuestro jardín ancestral. Claro que gracias a aquellas estamos disfrutando de los níscalos como nunca, a precios verdaderamente razonables –a menos de cuatro euros los acabo de traer esta mañana-. Así que no protestemos. No protestamos, la verdad, mientras avanzamos con alguna dificultad por el peso de los trastos que llevamos al hombro –bolsa con paleta y pigmentos, tablero con papel y caballete de campo-, que hunden nuestros botos más en el fango. Además, la prensa ha publicado estos días que ya está prevista la sustitución del albero de las sendas por calcín de vidrio, para evitar tantísimos charcos como se forman en nuestro principal y céntrico parque. Han prometido los munícipes de Parques y Jardines, Concejalía de Desarrollo Sostenible, que esta solución no va a variar la estética y el color de los caminos hasta ahora de tierra de albero, amarillo cálido también, como el otoño, si no hubiera llovido. Menos mal.
Hemos quedado los pintores, sobre las 10 de la mañana en la Fuente de la Fama, que está recién restaurada, le falta un poco de pátina para nuestro gusto. Ya la irá cogiendo. No es la escultura original, que estaba demasiado deteriorada, sino una réplica, en bronce, tallada por el escultor vallisoletano Andrés Coello, francamente conseguida. El original, restaurado, irá al Archivo Municipal de San Agustín.
Después de dar una vuelta por los alrededores, un compañero se ha colocado en el palomar más próximo a la Plaza de Colón, pero yo prefiero quedarme junto a la Fuente de la Fama, dándole la espalda, para pintar la casa del jardinero próxima al estanque central; si nos sale el sol un poquito, puede ser un tema estupendo, charquitos y todo. No vayan a creer que no me han entrado ganas de pintar la famosa Fuente de la Fama. La excesiva limpieza de pilón y pedestal, en piedra de granito bastante blanca, me quita el interés. A lo mejor desdibujada, a contraluz, en casa… Como se me ha olvidado traer la cámara de fotos tomo un apuntillo antes de abordar el tema elegido, de espaldas ya a la fuente. Y pienso que por darle la espalda ahora, no se molestará don Miguel Iscar, el que fuera alcalde de Valladolid, en recuerdo de quien fue erigida la fuente, y que falleció por estas mismas fechas pero de 1883. La escultura original, obra de Mariano Chicote Recio, era de hierro fundido, excepto la pierna derecha, de bronce, no sé por qué. Me llega el olor de las flores que rodean la fuente, y una vaharada de humedad húmeda, quiero decir más que humedad, olor a musgo viejo empapado o algo así, que es a lo que huele todo el Campo Grande, a viejo y empapado por las inclemencias del tiempo y los muchos años.
Cuando concluyo una primera aguada de amarillos y verdes claros que será después la fronda alcanzada por el sol, y la base en tonos rojos y verde chillón de la casita –correspondientes a ladrillos y madera pintada, aún informes en mi tablero-, hago una pausa, dejo la paleta colgada del caballete, y los pinceles en el pocillo que ya cuelga de aquel, y me voy a ver a mi compañero Manolo, a ver cómo le va. Mucho curre tiene ese tema, que está sacando con gusto y decisión. Cuando regreso, veo que alguien hurga en mi bolsa portamateriales, que dejé en el banco más próximo. Le chillo y sale corriendo, el bandido, y yo detrás de él. Una parejita me dicen por donde se ha ido, lo que agradezco resollando, ya casi sin fuerzas. No ha tardado nada en escaparse. Vuelvo hasta el caballete, en el que compruebo no falta nada, como tampoco, compruebo, en la bolsa. ¡Menos mal que olvidé traerme la máquina de fotos¡.
Acostumbrado a pintar a las afueras, ni se me había ocurrido pensar en que el Campo Grande es también un nido de indigentes y desarrapados, que matan el día por aquellos paseos, los pobres. En fin, no ha pasado nada.
Y mientras termino la acuarelilla pienso que no estaría mal que nuestra asociación de acuarelistas montara una exposición de lo que hemos pintado en el Campo Grande, que nos ha servido de modelo tantas veces. Hace unos meses un grupo de escritores vallisoletanos (Joaquín Díaz, María Antonia Fernández del Hoyo, Jesús Urrea, Emilio Blanco, Gustavo Martín Garzo, José Delfín Val, Fernando Herrero y Ramón García) publicaron un libro, “Un espacio para todos”, al tiempo que se exponía una colección de fotografías en la Casa Cervantes. Hubiera sido buena ocasión para mostrar nuestras creaciones, pero nos cogió por sorpresa entonces. Otra vez será.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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