Lancelot 2010. “De cine”
21.11.10 @ 07:22:41. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Dos y dos. Acuarela de Joan Puig Bertran en estudijoanpuig.blogspot.com) (*)
Lunes 19 de julio. No recuerdo cuándo fue la última vez que me encerré en un local para ver una película. Hace unos días, hijos y nietos fueron a Arrecife a ver una; contaron luego maravillas. Para que cambiase de ocupación, me invitó mi esposa a ver la “cinta” de la que tan bien nos hablaron. Y fui, claro. Los dos solos. Como ella sabe bien que los lugares cerrados y atiborrados de personal me dan claustrofobia, lo tenía todo previsto: palomitas de maíz. Un recipiente de cartón enorme. Como los niños. Mi traductora que ya la había visto, en los intervalos de mi aplicada ocupación palomera, me iba explicando el argumento como buenamente podía a pesar del ruido intenso en los altavoces con todo el volumen. ¿Por qué y para qué, digo, tanto estrépito?
Es verdad que estoy una miaja sordo, pero ¿también todos los sufridos espectadores? ¡qué barbaridad! Entraban los truenos por un oído y salían por el otro, no sin causar dentro una verdaderos destrozos. Ni los cañonazos horrísonos de cuando en la Academia estuve en la batería. Escuchaba complaciente las explicaciones, que apenas si entendía. Un tanto nervioso, yo, a lo mío: las palomitas. Tan deprisa, que hasta me dio la tos. Un argumento -me decía- precioso, tiernísimo, de lágrima. Sordo, mudo y ciego, yo, a lo mío: buenísimas las palomitas. Logré entender en el atolondramiento por tanto estrépito, que el niño, indio-musulmán, superdotado de inteligencia, padecía una rara enfermedad: autismo en superdotados. No, si ya digo, que es mejor ser corrientitos… El joven se enamoró de una belleza. Y ella de él. Se casaron y… tragedia. Con sobresalto in crescendo, y por la ternura que emanaban las interpretaciones, tiernísimas y visuales, como sin querer me zampé casi solo las palomitas. Digo, que eran tan livianas, que a lo mejor volaron “quisió “dónde” del cucurucho (“papelón” en algún lugar castellano) desoladoramente vacío. También se acabó la película.
En absoluto silencio, salimos a la liberación. Deliciosas rachas de frescura. Normal. Los dos solos,¡ qué bien se estaba en la calle! Sin poder tomar de la mano a mi mujer por culpa del bastón –no le gusta que lo llame cachaba, porque no lo es-, caminamos un rato los dos callados. Arrullados por ramalazos de viento, ya saben, los alisios, orientamos nuestros pasos hacia la parada de taxis. De pronto y al doblar una esquina, contemplamos atónitos lo que sólo sabía de oídas en territorios peninsulares. No menos de diez personas adultas, no digo aunque me ronde energúmenos, ¡por el hambre los pobres!, volcaban un contenedor de basura. Introducidos casi por completo en él -como los cangrejos clavados en el cebo putrefacto del retel- , disputaban entre improperios no aptos para transcribir, alimentos o detritus de ellos, procedentes del inmediato supermercado. Inenarrable. Sí, queridos amigos, impresionante y no de ciencia ficción ni de película. Real como la vida misma. Vida horrorosa. No lo vimos en países paupérrimos del tercer mundo, no; fue en nuestra España progresista… del señor X (Z) del siglo XXI. ¡Que alguien nos ayude…!
La maravilla del paseo marítimo obró el milagro de llevarse lejos, por el momento, la tremenda escena. Como novios, tomamos asiento en un coqueto café-pastelería-bar-heladería. Los dos solos. Sin arrumacos. Aunque Arrecife capital no es una ciudad bonita en el interior, en el Paseo o junto al mar en “El Charco”, es una joya. Olivina canaria entre ríos de lava hecha roca. Volvemos a casa. Iluminada la terraza, escribo la inolvidable vivencia de hoy, y tras tertulia en familia numerosa, Silencio en la mansión. Hasta mañana si Dios quiere.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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