La España desquiciada
19.11.10 @ 07:22:54. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Llibre i grafitti. 1990. Aguafuerte de Antonio Tápies en pintura.aut.org.197,5 x 196)(*)
Pido disculpas a Carlos, mi compañero foramontano, por si este artículo pudiera subirle la tensión o producirle algún daño de tipo psicosomático, pero siendo lo que escribo una experiencia tan personal como reciente, me veo en la ineludible obligación de informar de ella a mis improbables lectores.
Pónganse en situación. Es el Día de la Fiesta Nacional, y mi mujer y yo nos dirigimos a la Iglesia de Nuestra Señora de la Antigua de El Casar, próxima a la urbanización donde resido, porque el comandante del puesto de la Guardia Civil ha tenido la atención de invitarme a la celebración de su santa Patrona. El Casar es un pueblo cuidado, fiestero, que está cuidando mucho su aspecto. En los dos o tres últimos años se han inaugurado en él un centro de salud, dos institutos que se añadirán a otros dos ya existentes, y dos grandes supermercados, uno de ellos un “Carrefour market”. Pronto abrirá, además, un “Mercadona” que ya está casi a punto. La salida se ha embellecido con un largo paseo flanqueado de adelfas, y una rotonda en la que ondea la bandera española y ennoblecida por un monumento a las víctimas del terrorismo.
Hasta aquí todo muy bien si no tenemos en cuenta la reciente invasión de los grafiteros. Pero al llegar al atrio de la iglesia nos espera la desagradable sorpresa de unos chafarrinones de pintura negra que nos agreden desde la fachada, en la que aparece una frase soez que dice algo así como: “Curas al infierno. Allí estarán mejor” Luego, en la entrada lateral, que es la que utilizaremos, otra pintada añade algo parecido a esto: “La Iglesia sólo ilumina cuando arde”. Además, el rincón del atrio se halla en situación realmente impresentable; se ve que un grupo de jóvenes acumularon abundante basura de pipas, papeles y plásticos. Mi mujer y yo, que vamos de tiros largos como mis lectores podrán imaginar, nos acercamos al párroco, que reza en uno de los bancos del templo, le pedimos un par de escobas, un recogedor y una bolsa, y adecentamos la entrada.
En los primeros bancos, el alcalde, los miembros del puesto, y sus familias. La homilía, perfecta en el contenido y en la expresión. Naturalmente hay una alusión a los letreros ofensivos. Las palabras del párroco son contundentes y propias, justo en la línea que se debe esperar de un sacerdote. Yo reflexiono sobre las razones últimas de la expresión de este odio indudablemente visceral. También sobre el vacío espiritual de una parte de la juventud, convertida ya en pura bazofia. Y me pregunto: ¿Por qué ocurren ahora estas cosas que no ocurrían antes?
No creo que pueda existir duda alguna al respecto. Si estas cosas ocurren es porque se ha fomentado un ambiente propicio en el que cualquiera se cree con el derecho de ridiculizar los valores tradicionales o insultar a la Iglesia. De nuevo vuelve a nuestras narices el tufillo a las iglesias incendiadas, a los sagrarios profanados. Desde luego no digo con esto que tales barbaridades vayan a ocurrir inmediatamente o incluso a medio plazo, pero sí que nos acercamos peligrosamente a un conocido nivel de degradación espiritual y ciudadano. Una parroquiana me dice que hace poco entraron en el templo y se llevaron las velas. O sea que ya se va perdiendo el respeto a lo sagrado. Y todos sabemos de quién es la culpa de que ese ambiente vuelva.
Los medios de comunicación nos informaron la víspera de que representantes del pueblo español - mal que les pese - habían protestado porque uno de los presidentes autonómicos anunció su intención de asistir al desfile en la Castellana y calificaban a la colonización española del Nuevo Mundo nada menos que como “genocidio”. Otros que también se atreven. Claro que ese presidente, empeñado en jugar a nacionalista, nunca había asistido hasta este año, y si ahora lo hace es por razones electorales, lo que, por cierto, no deja de ser buena señal. He aquí reunidas la miseria y la gilipollez, y perdonen ustedes la expresión.
Pues en esas estamos mientras un grupito de intrigantes enviados subrepticiamente por la autoridad andan escarbando restos humanos en la gran Basílica, ahora rodeada de misterios, y un impresentable dictadorzuelo sudamericano se permite el lujo de intentar tomarnos el pelo. Por lo que dice, su abanderado se sintió indispuesto. Se creerá que nos lo vamos a tragar.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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