Los lunes, revista de prensa y red
15.11.10 @ 07:32:07. Archivado en Artículos
“El Papa, lleno de razón”, de La Gaceta, y “Cagadas de rata en la paella”, de Arturo Pérez-Reverte

(Acuarela de Torgeir Schjolberg en pintaracuarela.blogspot.com)(*)
EL PAPA, LLENO DE RAZÓN
Editorial de La Gaceta, publicado el pasado día 8
El Papa tiene no ya el derecho sino la obligación de recordar ciertas verdades
Los sectarios anticatólicos, sea por un laicismo tan agresivo, sea por un ateísmo beligerante, pretenden que Benedicto XVI sea el único ser humano al que se le arrebate el derecho a expresar libremente sus ideas.
Esta clase de individuos ha debido de pasar un mal fin de semana porque el Papa, en sus visitas a Santiago y Barcelona, ha hablado con claridad paladina, ha puesto voz precisa a lo que piensan, creen y sienten muchos millones de católicos españoles que tienen motivos para sentirse injustamente perseguidos por un anticlericalismo radical que, como ha recordado el Santo Padre, se parece al que produjo enormes desastres en la década de 1930.
El Papa tiene no ya el derecho sino la obligación de recordar ciertas verdades que pueden no gozar del beneplácito de quienes quisieran ser los únicos con derecho a defender sus principios, sus ideas morales y sus dogmas políticos, y lo ha hecho con la claridad, la rotundidad y la sutileza que caracteriza el conjunto de sus intervenciones públicas. Es seguro que habrá quienes prefieran creer las mentiras del día que escuchar y aprender de las verdades eternas, pero, por fortuna, ni el Papa ni la Iglesia se dedican a la lisonja, sino a predicar de manera comprensible las verdades que han recibido de la Revelación, los tesoros de sabiduría que atesoran tras una historia ya dos veces milenaria, las enseñanzas de salvación que los hombres necesitamos para comprender con plenitud el sentido de nuestra vida, para sobrellevar las desdichas y los dolores que siempre nos reserva.
Si bien se mira, es incomprensible que este Papa suscite en algunos sectores un rechazo tan radical. Es llamativo que los enemigos de la Iglesia se pongan tan nerviosos cuando encuentran en frente a un hombre tan templado, tan razonable, tan sabio y tan prudente como lo es el Papa actual. Es precisamente el rigor y claridad intelectual de sus argumentos lo que les saca de sus casillas, porque no soportan que la Iglesia ofrezca una imagen que es irreductible a la caricatura que de ella hacen con sus conceptos, tan sectarios como necios. Tienen muy mala suerte, porque, en efecto, este Papa no es una figura que se preste con facilidad a sus tergiversaciones. El Papa Benedicto XVI no sólo es el representante de Cristo en la Tierra para los más de mil millones de católicos de todo el mundo, es también un pensador profundo y un hombre muy atento y perceptivo para comprender cuanto ocurre a su alrededor, las formas de ser y de pensar que se promueven en el mundo. Por eso oyen con respeto su palabra no sólo los católicos o los cristianos, sino cuantos pretenden honradamente hacerse cargo de lo que está pasando en un mundo cada vez más complejo y desconcertado.
Las intervenciones del Papa, tanto en Santiago como en Barcelona, han sido mesuradas, respetuosas, pero, sobre todo, muy inteligentes, claras y sólidas. El Papa no ha dejado sin tocar ninguno de los aspectos esenciales para que nos hagamos una idea razonable de los medios que tenemos para entender el sentido de nuestras vidas, para exponer con coherencia y brillantez la visión cristiana del mundo, la forma de pensar y de sentir que ha permitido la existencia de nuestra civilización, la cosmovisión sin la que son incomprensibles la historia y las instituciones que han hecho de la cultura occidental un modelo de convivencia entre el conocimiento científico, el bienestar económico, el progreso social, la libertad política y el pluralismo; en suma, una convivencia correcta entre las exigencias de la razón y las verdades de la fe cristiana.
El Papa ha denunciado con claridad, como ha hecho en numerosas ocasiones, la existencia de corrientes que quieren acabar con nuestras raíces, que quieren eliminar aún el más recóndito vestigio de la fe, que, aunque lo disimulen, suponen una gravísima amenaza para la libertad de conciencia, para cualquier libertad, en suma. Como buen teólogo, el Papa afirma que la razón de esa vesania destructiva depende de la voluntad de hacer del hombre un dios, de convertir al verdadero Dios en un enemigo del hombre.
Frente a esa ideología totalitaria, el Papa ha defendido que el hombre es la gloria de Dios –y Dios, la mayor gloria del hombre– y que en Dios encuentra el hombre su auténtica vocación y el apoyo último a su libertad, que, de otro modo, se vería indefectiblemente sometida al ciego impulso del determinismo o de un destino inevitable. La libertad y el cristianismo son inseparables, y por eso el Papa ha elogiado la grandeza de nuestra tradición, ante el bellísimo marco del Obradoiro, pero también la modernidad, la técnica, y la belleza de sus realizaciones, bajo la soberbia máquina del barcelonés templo de la Sagrada Familia, la más impresionante joya de la obra de un artista genial y de un cristiano piadoso como lo fue Antonio Gaudí.
El Papa ha defendido la vida, desde su concepción hasta su declive natural, y ha recordado que la familia es el lugar del amor, de la procreación, de la entrega, de la solidaridad, y que es obligación de los poderes públicos protegerla, porque la vida es el primero de los bienes y de los derechos.
Es lógico que haya quienes no soporten oír verdades tan obvias dichas con tanta autoridad y entereza, aquellos que están imponiendo leyes que buscan exactamente lo contrario, como ese personaje al que se le ha ocurrido llegarse hasta Afganistán para evitarse el mal trago, pero los creyentes y los hombres de buena voluntad estamos de enhorabuena por la suerte de haber tenido entre nosotros a un Papa que habla con tanta claridad como sabiduría, a un Papa lleno de razón.
CAGADAS DE RATA EN LA PAELLA
Artículo de Arturo Pérez-Reverte publicado en XLSemanal el pasado día 8
Tiene guasa, Tomasa. El Gobierno británico de Su Graciosa Majestad «aunque, gracia de verdad, la que tiene su vástago el Orejas» anunció que no desplegará más efectivos de su Armada en Gibraltar, pese a la petición del ministro de la colonia, Peter Caruana. La Royal Navy ya está presente de sobra en el pedrusco, declaró un portavoz del Foreign Office; así que mandar más barcos está de plus. Punto. Así quedó la cosa. Pero medios del ministerio español de Exteriores manifestaron acto seguido su satisfacción, alabando la prudencia británica. Su buen rollito de compis. Al amigo Caruana, vinieron a decir, le hemos dado en el cielo de la boca. Otro éxito. Eso ocurrió días antes de que al ministro Moratinos se lo fumigara la última remodelación ministerial; que, por cierto, confirmó otra vez que los políticos españoles se van siempre de rositas, sin que nadie les pida cuentas por el desparrame que dejan atrás. Moratinos, cruce de osito Mimosín y abeja Maya, es un ejemplo perfecto, pues ha sido el responsable de Exteriores más claudicatorio y nefasto desde Gómez Labrador, aquel torpe con quien nos la endiñaron hasta las amígdalas en el congreso de Viena. Pero el otro día, cuando lo cesaron, oí decir a Moratinos que se iba «muy satisfecho» de su gestión. Y encima se puso a llorar. Con lagrimones. Se fue tal cual ejerció de ministro: claudicante y blandito.
Por lo demás, y volviendo a Gibraltar, sobre la sucesora de Moratinos, doña Trinidad Jiménez, todavía no tengo juicio formado. Igual resulta una fiera implacable que, por ejemplo, le introduce al cantamañanas del embajador venezolano en España el código de urbanidad diplomática por el ojete. Pero no creo. Lo que sí me pregunto «y le pregunto a ella, de paso, ahora que se estrena como canciller» es para qué diablos quiere Peter Caruana más barcos de la Navy en Gibraltar. Como se viene demostrando desde hace tiempo, a la policía gibraltareña le bastan un par de modestas lanchas para defender sus aguas territoriales con extrema eficacia. Digo sus aguas territoriales, no porque crea que deban serlo, sino porque en la práctica lo son. Y es así porque los gibraltareños se las han ganado a pulso, aprovechándose con inteligencia y oportuna chulería de los trenes baratos y de las cagadas de rata en la paella. Es simple verdad histórica que las cosas, las tierras, las aguas, las fronteras, son de quienes se las apropian y luego las defienden como gato panza arriba. Por eso sugería hace unos meses en esta misma página «Gibraltar inglés, tal vez recuerden el artículo» dejarnos de adornos y reconocer que España, con o sin Moratinos, que era un mandado, es ahora más que nunca el payaso de Europa; y que el Estado, sometido a demolición sistemática, con sus ciudadanos en perpetua indefensión, no está capacitado para reivindicar ni defender un carajo de nada, léase Gibraltar, Ceuta, Melilla, Córdoba o Matalascañas.
Y que por eso, entre otras muchas cosas, el Peñón pertenece a quienes desde hace tres siglos lo defienden con tesón y eficacia: los llanitos y sus cínicos compadres, los ingleses. Lo demás son milongas. Por supuesto que Gibraltar tiene aguas territoriales: las que se ha ido atribuyendo con la complicidad infame de las autoridades españolas y la cobarde inhibición de los ministerios de Exteriores y de Interior, que llevan toda la puta vida «también en tiempos del Pepé y el amigo Ánsar, cuando no todo el monte fue perejil» permitiendo sin mover un dedo que la Guardia Civil y el Servicio de Vigilancia Aduanera sean acosados, vejados y expulsados de aquellas aguas. Tragando día tras día, poniendo buena cara y sonrisa estúpida a un rosario de humillaciones y desplantes que llegan ya a la violencia física y los golpes entre embarcaciones. Y cada vez, cuando los desamparados agentes españoles solicitan instrucciones para actuar, la respuesta «cuando llega, porque muchas veces hay silencio» es siempre la misma: retirarse, evitar incidentes, dejar el campo libre. Y de la marina de guerra española «dicho sea lo de guerra sin connotación bélica, naturalmente, sino afectuosa y humanitaria en plan Heidi», ni hablamos. Ocupadísima en el Índico, o en el quinto carajo, con ese portaaviones que acabamos de botar, el Juan Carlos Primero o como se llame. ¿Se la imaginan en la bahía de Algeciras o frente a Punta Europa, afirmando el pabellón? A ésa, ni está ni se la espera. Así que díganme para qué necesita Gibraltar más Armada Real. A los llanitos les basta una zódiac de goma con parches como las que usan los contrabandistas, un walkie-talkie y una bandera inglesa para dar por saco de Sotogrande a Tarifa. Porque pueden. Porque saben. Porque, con Moratinos o sin él, hace trescientos años que le tienen tomado el pulso a esta España acomplejada y llorona.
---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm5.static.flickr.com/4084/5168570747_170b47d968_z.jpg
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
autor
Contacto


