Lancelot 2010. Vencejos
14.11.10 @ 07:33:16. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Vencejos. 1981. Óleo de Juan Navarro Baldeweg, en pintura.aut.org. Colección Argentaria.131 x 162)(*)
Sábado 17 de julio. Desayuno temprano. No quiero perder desde “mi terraza” ni un minuto de otro día más que se me ha concedido. Día espléndido. Oteo el horizonte: mar en calma. Azul como el inmenso azul del cielo. Sin borreguitos siquiera. De pronto, detengo la mirada, hasta ahora difusa, perdida, en un “juego” maravilloso. Como vehículos espaciales de otras galaxias, dibujan mil y unas acrobacias en el aire. Es un continuo aparecer y desaparecer en el aire como meteoros.
Me sucede siempre lo mismo ante lo no desconocido pero demasiado lejano, pero no olvidado: vuelvo a mi niñez. Dos recuerdos precisos. Preciosos.
Espectáculo habitual para los vecinos de la plazuela de san Miguel y aledaños ¿Lo recuerdas Javier, mi amigo foramontano? Me refiero a los vencejos que a cientos hacían similares filigranas a las que ahora les comento. Pasadas de vértigo en nuestro sin igual cielo castellano. Y si mal no recuerdo, con música de la de allí arriba: como gritos especiales, ¿de júbilo?, en la paz sosegada de nuestro barrio. Simulacro de silbidos que brotan continuos de gargantas que parecen destempladas en aves portentosas por belleza y velocidad en continuas acrobacias. La torre de la Iglesia, el palacio de Fabionelli, la limpidez del cielo sobre la Plazuela, calle san Blas, de la Concepción… fueron testigos mudos del singular espectáculo. No había más interrupción a los cánticos desafinados de los vencejos, que el rodar de los carros junto al golpear de los cascos de las caballerías en el asfalto. De vez en cuando, la voz bien timbrada: ¡¡Piñeroóoo..!! ¡¡Boteellas y botiijooóos fiinoóos…!! ¡¡Aaareneerooó…!! ¡¡Al melero buena miel, a la buena miel de la Alcarriaaaa… ! ! Y como una saeta que traspasaba los espacios: ¡¡¡Nooorte, Diariooo, Libertaaad… !! O ¡al buen teeeé, al buen té del campooo! Ajenos al mundanal ruido, los vencejos continuaban vertiginosos los vuelos acrobáticos y en competencia con los que vendían, callejeros, las mercancías, redoblaban los gritos de entusiasmo o tal vez de miedo.
Por razón de estudios y posterior estancia en Academias y destinos africanos, estuve uno años sin vivir en nuestro querido barrio. Volví. A la misma casa. Tráfago intenso por las otrora calles tranquilas. Sin vendedores ambulantes, ni carros, ni caballerías. El estrépito de los motores acallaron las voces humanas, que desaparecieron; y con ellos, los vencejos. ¿Emigraron? ¿murieron tal vez contaminados? ¿Huyeron al campo?...
Sí, allí estaban. No todos.
Sentado bajo la sombra de las grandes acacias en la terraza sin techo de la casa en el campo, los veía con similar satisfacción o asombro que los de niño en la plazuela. Fueron los años, ya descritos en alguna de mis narraciones, que en la Dehesa de Peñalba hubo verdadera plaga de conejos… y de cazadores. Tras la jornada de caza, mejor bebidos que comidos, competían en bárbara destreza para abatirlos en tan majestuoso como difícilísimo vuelo. Los vencejos que vivieron la paz sosegada de la primitiva urbe y ante la contaminación y el estrépito modernos tuvieron que huir al campo, huyeron también horrorizados, sin saber dónde.
Como el veterano soldado, viejo y estropeado, puso mar de por medio ante el permanente desasosiego por los sucesos peninsulares, huyó… a las islas, así los vencejos.
Los vi, atónito, desde la terraza. Un puntito negro primero a distancia. Enseguida, cruzan ante la humana mirada atónita veloces como el rayo. Aparecen y desaparecen de improviso, súbitamente, en continua exhibición de ininterrumpidos vuelos prodigiosos. Me fijo bien. Son ellos: los vencejos. Los que huyeron de la estrepitosa modernidad, que les quitaba la paz y el alimento; los que huyeron aterrorizados de las mortíferas cañas que escupían fuego, encontraron lo que se les negaba en la capital y en el campo. Paz, alimentos y refugio placentero en la más bella de las Islas Afortunadas: Lancelot. La maravilla también llamada Lanzarote. Mejor que nunca les viera, me fijé bien. Imposible seguirles el movimiento de las alas. ¿Será que no necesitan de aleteo para el vértigo de su vuelo? ¿De dónde les viene, pues, tal velocidad? ¿Aprovecharán corrientes del viento desconocidas para los humanos? ¿Soplarán allá arriba con más fuerza los alisios? A ráfagas, veo sólo pequeñas lunas negras en cuarto menguante con el añadido por delante de una diminuta protuberancia que imagino la cabeza; por detrás la estela fina, casi imperceptible, de cuerpo y cola hechas una línea negra en el cielo canario. Diseño insuperable de estilizadas naves espaciales. Suben a lo más alto hasta perderlos de vista y se precipitan luego al abismo desde los espacios siderales.
Desde mi niñez no los veía. ¿Serán acaso pequeños meteoros desprendidos de remotos planetas? ¿Diminutas naves de otros mundos? No, no. Son los añorados vencejos, pero mudos. ¿Por qué no emiten aquel sonido entre cántico desafinado y silbido? ¿Querrán pasar inadvertidos, para no verse de nuevo obligados a emigrar? ¿Otra raza los vencejos canarios, conejeros? En cualquier caso, bellísimos. Otro motivo más para alabar al dueño y Señor de tanta hermosura creada.
Anochecía. Los vencejos desaparecieron de pronto, como habían venido. Hace fresquito. Dejo la terraza, que hoy fue estancia privilegiada para un nuevo gozo. Reunión en el “bunker” de toda la familia. Si Dios es servido, continuaré con otras novedades el próximo amanecer de un nuevo día.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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