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Arte y belleza. 5 Introducción a la belleza

Permalink 13.11.10 @ 07:24:06. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(Acuarela de Miguel Linares en watercolor.es / galeria/acuarelistas. 2º Premio Guadix 2006)(*)

En esta inmersión en los arcanos del arte, hemos avanzado, en los cuatro artículos precedentes, muy despacio y minuciosamente, para poder profundizar realmente sin caer en el abismo de lo incomprensible. En el artículo anterior creo nos acercábamos bastante al meollo del asunto, al tratar de la contemplación. Vamos hoy a ver los atributos del ser, entre los que se encuentra la belleza, que Lopez de Uribe analiza bajo la denominación “Aspectos trascendentales”, en la conferencia titulada “Acerca de la ciencia, la belleza y el arte”, que estamos siguiendo –bastante literalmente, por cierto- en esta serie de artículos, y que constituyó el discurso de recepción del arquitecto vallisoletano en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid.

Señalaba Javier López de Uribe al comienzo de su conferencia, que todo lo que nos rodea, o son entes -con sus modos particulares de ser- o son aspectos o propiedades suyos. La “entidad” es lo que poseen en común las cosas; es también lo primero que captamos al conocerlas; de tal manera, que fuera del ente sólo queda la nada. Pues bien –continúa en este nuevo apartado sobre los atributos del ser o trascendentales- los aspectos o propiedades comunes a todo ente son fundamentalmente cuatro: unidad, verdad, bondad y belleza. Lo penetran todo y se encuentran presentes en todo. Convienen a todas las cosas y son llamadas “nociones o realidades trascendentales”. Tienen para nosotros un enorme valor: nos permiten entender mejor la riqueza del ser participado por las criaturas -que se manifiesta bajo aspectos diversos-, con lo que llegamos a alcanzar un conocimiento y estima mucho mayores de la realidad que Dios ha creado y de la que formamos parte. Además, nos ayudan a entrever mejor las perfecciones divinas: si Dios es la Causa suprema de todo lo creado, necesariamente dejará su huella en las criaturas. Y esta huella se manifiesta sobre todo a través de los trascendentales: Dios es el Ser subsistente, la Unidad, Verdad, Bondad y Belleza infinitas, mientras que las criaturas poseen esas perfecciones de manera limitada y según su composición (de potencia y acto, de sustancia y accidentes, etc.), por participación.

En cuanto al primero de los aspectos o propiedades –resume López de Uribe-, la unidad, no es otra cosa que la negación de división interior, la simplicidad. Respecto al segundo trascendental, la verdad, ya vimos que era la adecuación entre el entendimiento y las cosas. "Todas las cosas –cita aquí “La libertad en el pensamiento”, de Orozco Delclós, ya mencionada en los artículos precedentes- son como un reflejo del conocimiento de Dios Creador. Y, precisamente en la medida en que son ese reflejo, poseen como una luz inteligible en virtud de la cual pueden ser entendidas por los demás entendimientos".

Todas las cosas – añade López de Uribe- tienen verdad, son verdaderas, y ofrecen al imperfecto entendimiento humano la posibilidad de formar un concepto verdadero de ellas. Lo que puede ser verdadero o falso es el juicio, no las cosas, que solo pueden ser verdaderas. El entendimiento humano se ordena de suyo siempre a la verdad; así como la voluntad tiende al bien, a la bondad. Entra así en el tercero de los trascendentales enumerados. El bien –sintetiza- es aquello que todos apetecen, aquello que conviene. Por eso mueve a la voluntad. Gilson señala que "por medio de su voluntad, el hombre tiende a lo que conviene a su propia naturaleza y puede perfeccionar su propio ser". La bondad expresa que la perfección de las cosas es apetecible, amable, susceptible de ser estimada o querida. Las cosas son tanto más apetecibles cuanto más perfectas son. No son buenas porque las queremos, sino que las queremos en tanto que son buenas. Por eso amamos las cosas cuando las conocemos, tanto más cuanto más nobles son, cuanto más reflejan la Bondad de Dios.

Y así entra ya López de Uribe en el atributo del ser que aquí más nos interesa, la belleza, de la que dice no es fácil de definir, pero a la que podemos aproximamos. Si partimos de que bueno es lo apetecible, y verdadero lo cognoscible, y el bien es lo que sacia a la potencia apetitiva, lo bello es lo que sacia a la potencia cognoscitiva. “La belleza, lo bello, el PULCHRUM, es el agrado y deleite que percibimos al conocer la verdad y la bondad de las cosas. O mejor dicho, más que el agrado en sí, es lo que constituye a esas determinadas cosas o formas en objetos de aprehensión placentera. "Bello –sigue aquí a Santo Tomás de Aquino- es aquello cuya contemplación", es decir cuya aprehensión, sensible o intelectual, "nos complace".

“Lo bello es lo que da gozo, no cualquier gozo, sino el gozo en el conocer, a causa del objeto conocido. Lo bello es la epifanía o manifestación del ente en cuanto apetecible por el conocimiento. Es el trascendental de los trascendentales, el esplendor de todas las cosas trascendentales reunidas en una unidad. Comenta Gilson que `la belleza es una variedad del bien. Es la particular clase de bien que se experimenta por la facultad cognoscitiva en el mismo acto de conocer un objeto eminentemente apto para ser conocido. La belleza es al conocimiento lo que el bien es al deseo de la voluntad. El placer experimentado al conocer la belleza no constituye belleza en sí mismo, pero delata su presencia. Testifica la excelencia de la proporción existente entre una determinada facultad cognoscitiva y un determinado objeto conocido´.

Las cosas que son bellas engendran un agrado especial por el mero hecho de conocerlas. Es un agrado, un descanso, que se alcanza en el conocimiento, por medio de una especie de contemplación, sin que sea necesaria la posesión del objeto. Con lo que López de Uribe llega al análisis de la contemplación, que ya hemos reseñado en el artículo anterior.

Creo que en este capítulo aparecen los conceptos claves para entender más profundamente qué decimos cuando hablamos de belleza. Conceptos que los clásicos habían analizado y desarrollado, que han estado, dándolos por supuestos, en la mente de todos los tratadistas cuando de arte se escribía. Pero que más recientemente, quizá porque se daban por sabidos, se han venido desconociendo. Es muy de agradecer esta relación que hace López de Uribe a conceptos tan básicos y fundamentales, no se si olvidados o voluntaria y expresamente preteridos, en la actualidad. Que ciertamente merecen una relectura y una serena reflexión, de nuestra parte.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm5.static.flickr.com/4022/5168570741_a5d3a659c7_z.jpg


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