Lisboa antigua
12.11.10 @ 07:20:24. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

( A Largada do Bucentauro. Óleo de Francesco Guardi, en pintura.aut.org. Museo Calouste Gulbenkian. Lisboa. 61 x 91)(*)
Antes eran recuerdos: vagas imágenes que iban difuminándose poco a poco. ¿Quiénes seguirán vivos y quiénes no? ¿Qué aspecto tendrán ahora aquéllos, ya con excesivos años en sus hombros? En todo caso queda el buen regusto de unos años que el paso del tiempo irá relegando inexorablemente a la saudade.
Yo había hecho varias incursiones por Google con escaso éxito en busca de sus rastros. Sí que aparecieron algunos nombres y algún dato insuficiente, pero aquellos antiguos compañeros y profesores del Instituto Español de Lisboa seguían siendo simplemente recuerdos del pasado.
De pronto, una llamada telefónica actúa de varita mágica y aquellas imágenes evanescentes se convierten en seres de carne y hueso. Seres reales; los mismos de entonces pero transformados por los años y rescatados milagrosamente del olvido: listos para el abrazo fraternal tras sesenta años de vacío.
Ahí están nuestros compañeros de clase, ancianos ya si nos atenemos a los convencionalismos sociales de esta época. Ahora los vemos iluminados por la experiencia, quizá baqueteados también por la desgracia. Igualmente, ante nosotros, están aquellas niñas con las que casi no nos tratábamos por nuestra condición de adolescentes poco duchos en las azarosas lides sentimentales, pues hay que decir que desconocíamos las técnicas del ligue, hogaño publicitadas con insistencia digna de mejor causa.
En el intermedio, muchas cosas acaecidas, muchas historias que relatar, mucha vida enredada en el tiempo, muchas cicatrices en la piel y mucha sabiduría también acumulada. Ahora, una relación bastante más directa y una inusitada sinceridad.
En el primer plano del recuerdo de quienes ahora se abrazan, de quienes vaciarán luego sus bagajes en animada conversación, surge la noble figura de sus profesores. Y algo que no suele ser frecuente: una emocionada admiración hacia quienes ejercieran de maestros: grandes pedagogos y hombres sabios y enamorados de lo que habían de enseñarnos; muy por encima de lo que hoy se espera de un profesor de Instituto de la Enseñanza Secundaria. ¡Qué fácil y agradable nos lo hicieron! ¡Cómo lograron hacernos amar lo que enseñaban!
Como fondo del encuentro, la Lisboa de siempre, señorial y popular al tiempo, oteada desde el observatorio privilegiado de los barrios altos y también oculta entre las sombras de las viejas rúas entrañables; una Lisboa con sus humildes pies de “barina” sumergidos en el Tajo inmenso y amigo que se estrecha a su paso para sentir el calor de los alfacinhas y escuchar la divina voz de la Amalia inmortal. Paseo desde el Terreiro do Paço hasta el Rossio, y después a lo largo de la gran avenida y hasta la Plaza del Marqués de Pombal para subir a la que fue nuestra casa, situada allá en lo alto y ahora un poco más pálida y como desmejorada. Luego, la travesía del parque de nuestros juegos infantiles con la ilusión de acercarnos al lugar donde estuvo el antiguo Instituto. Desgraciadamente, el bello palacete que fue su sede ha desaparecido, sustituido hace ya tiempo por un edificio tan alto que empequeñece todo lo demás y nos obliga a hacer un poderoso esfuerzo de imaginación para evocar la antigua imagen.
En la caminata surgen de cuando en cuando pequeños asombros: el establecimiento de la Plaza de los Restauradores donde comprábamos nuestros helados de cassata sigue allí, y lo mismo sucede con aquella leyenda escrita con pequeñas teselas negras sobre la gran acera ilustrada a la portuguesa en la que se exalta la figura de Joâo Vaz Corte-Real, a quien se eleva nada menos que a la categoría de descubridor del continente americano. Cuántos recuerdos inolvidables… ¿Recuerdas aquello? ¿Te acuerdas de esto?
El viaje recuperador del tiempo afianza los encuentros iniciados hace dos años en Madrid, que rompieron un largo silencio de sesenta años. La misa en la iglesia de Sâo Sebastiâo da Pedreira, que luce como una joya en el esplendor de su filigrana antigua, nos reunirá en la acción de gracias por el reencuentro y en la evocadora oración por los profesores y amigos fallecidos. Luego, en la cena compartida en el corazón de Ajuda, abrazos y confidencias, siempre con la silenciosa presencia de los ausentes y la omnipresente mirada de la Lisboa eterna que se adorna con los evocadores paisajes enmarcados, las estatuillas de mármol y los azulejos de la fuente.
Yo pienso en esta fraternidad modélica cuya autenticidad se nos revela ahora y a la que nunca se la pasó por la cabeza establecer diferencias entre nosotros cualquiera que fuera la razón por la que salimos de España para acabar coincidiendo allí, en la entrañable capital portuguesa, sólo cinco años después de una guerra civil entre españoles. Y caigo en la cuenta de que para ello no fue necesaria una ley de anti-memoria histórica ni pamplinas por el estilo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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