Dos funerales civiles
09.11.10 @ 07:25:50. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Pigeons. 1910. Óleo de John Sloan, en pintura.aut.org. Museo de Bellas Artes de Boston)(*)
Dos escenarios fúnebres. El primero es el teatro Español, engalanado para celebrar la muerte del gran actor. En la sala, sobre las tablas, un féretro bajo la luz de los focos, como corresponde a un acto de esta naturaleza. Sin embargo, no esperen ustedes ver aquí una cruz o cualquier otra referencia religiosa como aquellas a las que en España estamos acostumbrados. La viuda, interpretando el deseo del fallecido, que fue hombre de pocas pulgas y de expresión casi atemorizadora, se ha cuidado de que la ceremonia no trasluzca la menor aproximación a una fe perdida ya hace tiempo. Se ve que hay una intención decidida de mostrar que asistimos a un a ceremonia “civil” y que el difunto era un recalcitrante ateo. En el aire, los cadenciosos sones de un tango argentino.
A mi memoria acude el recuerdo de aquel capellán joven. Era un hombre bueno y animoso, con vocación de apostolado. Una tarde me confió el origen de su vocación. “Yo era un joven del montón” me dijo. “Así era hasta que presencié aquella escena”. Y la escena era de una película, “Balarrasa”: a punto de morir, un hombre se lamentaba angustiado de “sus manos vacías”. Y el actor era aquél que yacía ahora sobre la escena del Teatro Español de Madrid.
O sea que la conversión de mi capellán se produjo gracias a la fuerza expresiva del actor ateo; al realismo de su arte inigualable. Él fue el camino para la transformación de un hombre probablemente santo; en su convincente gesto y en su entonada palabra actuaría eficazmente la mano de Dios.
El segundo escenario es más reciente. En esta ocasión tenemos un escenario parecido, pero algunos detalles nos revelan que el difunto fue un hombre relacionado con la política. En efecto, se trata de un sindicalista de primera fila, batallador, que vivió conforme a sus ideales. Se destaca su papel en la Transición y que, pese a haber pasado un buen número de años en la cárcel, no cayó en el revanchismo y contribuyó generosamente al consenso, tan necesario para la paz de España. Nos dicen que vivió y murió con humildad.
Pero no veréis una cruz ni símbolo alguno que le relacione con el pensamiento trascendente y mucho menos con la religión católica. Sí que oiréis cantar “La Internacional”, porque el difunto era de ideología comunista. Naturalmente, para no empañar su figura, los comentaristas soslayan el carácter nefasto de la ideología que abrazó; así como que se trata de algo ya periclitado; uno de los azotes del siglo XX, causante de mucho dolor y mucha muerte.
De pronto aparece un hombre joven, alto y de barba cuidada. Su presencia impone respeto: es el Príncipe de Asturias. Representa a la monarquía española en un ambiente de puños en alto y banderas republicanas; en un asambleario entorno de revolucionarios enardecidos.
El joven se detiene frente al ataúd. Inclina la cabeza y se mantiene durante unos segundos en actitud respetuosa. Al terminar, hace la señal de la cruz. Luego abrazará a la viuda en un gesto entrañable al que ella responde generosamente.
Yo siento una intensa emoción al contemplarlo. Acostumbrado a los neutros minutos de silencio - o con música del “cant dels ocells” -, valoro la autenticidad de nuestro Heredero, que al hacer la señal del cristiano nos demuestra que no se dejará arrastrar por un ambiente adverso. No hay duda de que lo que ha hecho durante sus instantes de silencio ante el difunto ha sido rezar por su alma, como corresponde a un verdadero cristiano. Él ha hecho el mejor homenaje de respeto y solidaridad a un hombre.
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