Teoría de las Cuerdas
05.11.10 @ 07:28:17. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Sombras arrojadas. Acuarela de David Paskett en watercolor.es / galeria/acuarelistas)(*)
Despierto de una larga cabezada de sobremesa cuando, como si se tratara de una continuación de mis ensueños, inundan mis ojos unas fantásticas imágenes que ofrecen una inquietante perspectiva. Lo que veo ante mí son las raíces mismas de la materia; las intimas entrañas de la realidad. Estamos penetrando, no ya en el interior del átomo, sino en el de los componentes de su núcleo. Protones y neutrones, que se aprietan unos contra otros en él, están formados, al parecer, por quarks constituidos a su vez por unos diminutos hilillos vibrantes a los que llaman “cuerdas”.
Nadie las vio realmente, pero por lo visto existen y son nada menos que la base de todo cuanto vemos, sea en nuestro planeta o sea en el resto de lo existente. Estamos ante las “Teoría de las Cuerdas”- nos dice el joven presentador - impecablemente avaladas por la lógica matemática. En 1995, un científico conocido cuyo nombre es Edward Witten, asombra a su audiencia haciendo ver- agárrense - que las cinco teorías sobre las cuerdas no son más que aspectos diferentes de una única Teoría, simplificación ésta realmente digna de agradecer.
Simplificado así el problema, ya estamos en condiciones de proseguir. Witten nos aportará un nuevo motivo para el asombro: habremos de irnos acostumbrando a manejar nada menos que once dimensiones; siete más que deberemos añadir al tiempo y a las tres clásicas, o sea, siete más de las que somos capaces de percibir, puesto que nosotros no somos capaces de imaginar cómo podría uno desplazarse si no es hacia adelante y hacia atrás, a derecha o izquierda y arriba o abajo. Para que lo entendamos, la Televisión nos pone como ejemplo orientador lo que podemos ver en la pantalla del cine, donde sobre un plano - o sea dentro de dos únicas dimensiones - se va alejando un automóvil. Esto es lo que ahora se llama “dimensiones adicionales”. Y se me ocurre preguntarme en qué dimensión podríamos situar algo tan habitual y conocido como nuestro propio pensamiento, lo que me permite desarrollar una cierta intuición personal sobre tan etéreo concepto.
Luego nos explican que las cuerdas vibrantes no pueden romper su forma circular, que ahora nos describen como un donut, pero sí extenderse para formar una especie de membranas a las que los científicos llaman, familiarmente, “branas”. Nuestro universo podría ser una de ellas, y esto es como decir que quizás el nuestro no sea el único. Y así llegamos a un esquema parecido al de un pan de molde en el que cada “brana” es como una de sus muchas rebanadas. Podría haber, por tanto, muchos “universos paralelos”. Y fíjense ustedes en esto: el famoso “Big Bang” pudiera no ser, como suponemos, una especie de estornudo causado por la explosión de una partícula del tamaño de una moneda de dos euros, donde, según lo que tengo leído, se acumulaba materia a tal presión que acabaría por esparcir un universo por la “inmensa” nada. O por aquello a lo que a ésta pudiera sustituir, porque la idea de la “nada” no parece ser del gusto de los hombres de ciencia. Por el contrario, la gran proyección de materiales podría haber sido causada por una colisión casual entre dos cimbreantes “branas” paralelas. Las “cuerdas vibrantes” ¿no recuerdan?
Luego nos hablan de la fuerza de la gravedad y nos comentan que no es para tanto, puesto que nosotros mismos podemos contenerla; por ejemplo, cuando retenemos en nuestra mano la famosa manzana del sabio señor Newton. En este caso el ejemplo es el de las ondas sonoras que, procediendo del choque de unas bolas de billar que se mueven en un plano, alcanzan sin embargo nuestro oído. Algo así sería la gravedad, que se expresaría en forma de “gravitones” liberados hacia el exterior de las “branas”. Nos subrayan que las que sí son verdaderamente poderosas son las fuerzas electromagnéticas.
Todas estas cosas que yo menciono aquí con la seguridad de haberlas oído, pero en las que indudablemente pudiera haberse deslizado algún pequeño error de interpretación, están siendo experimentadas en esos enormes tubos circulares por los que, como ustedes saben, se lanzan partículas atómicas a velocidades de vértigo y en sentidos contrarios para causar su fraccionamiento. Europa no tardará en sumarse a esta investigación cuando el nuevo acelerador de partículas esté plenamente operativo.
No me digan que no es esto fascinante. Sobre todo considerando que las teorías a las que hemos hecho referencia no son sino simples descripciones del mundo en que vivimos; y supongo que, también, de nosotros mismos. Lo cual quiere decir que seguimos sin tener ni la más remota idea de nuestro propio entorno. El reportaje se pregunta si no podrá ocurrir que, al final, la Teoría de las Cuerdas acabe en la papelera como algo ajeno a la realidad. “Quizá”, nos dicen, “No sería la primera vez que esto ocurriese”.
También nos dicen que la Teoría del “Big Bang” no llega a plantearse lo que pasaba unos segundos antes de la gran explosión. O sea que el comentario de Hawkings sobre la creación o no creación del mundo parte de consideraciones científicas quizás interesantes, pero que tampoco explican nada. Porque el hombre sigue sin entender lo más esencial, que es, sencillamente, “a qué viene todo esto”.
La explicación viene por otro lado, que es el de una sabiduría profunda que procede de la fe en la Verdad revelada y que nos proporciona una visión integral de la vida en la que todo encaja y está avalado por Alguien en quien confiamos plenamente. Es una visión cósmica e integral que contempla la Creación y también los más profundos recovecos del hombre. Y que se acerca a éste desde la dimensión de la realidad completa y de la eternidad del tiempo, y a caballo de la inteligencia del ser humano y de la generosidad del Creador.
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