Arte y belleza. 4. Capacidad de asombro y contemplación
30.10.10 @ 07:22:18. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Aromas de sierra. Acuarela de Rafael García Bonillo. Exposición de 2003, en bonilloquegranacuarelista. blogspot.com)(*)
En la conferencia del arquitecto vallisoletano Javier López de Uribe, que constituyó su discurso de recepción en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid, que titulaba “Acerca de la ciencia, la belleza y el arte”, y que estamos siguiendo en esta serie de artículos sobre arte y belleza, incluye un capítulo que denomina “Introducción a la belleza” del mayor interés para poder entender después la concepción clásica de la belleza. Estoy de acuerdo en que hay que analizar la belleza también desde el punto de vista metafísico, “con esa mirada –dice López de Uribe- que trasciende imágenes y apariencias y lIega a contemplar la entidad de las cosas, su carácter de ser, su realidad última”, y ello, explica, “por una poderosa razón doble: porque el fin propio del arte es engendrar la belleza; porque el arte es, ya de por sí, una búsqueda del trasfondo y del signo espiritual que se esconde en todas las realidades materiales del universo, y que se expresa en forma privilegiada a través del sonido, el color o la palabra, la luz o el espacio ambiental. Y, además, porque nos importa mucho demostrar que no son ciertas las hipótesis que establecen la relatividad o la subjetividad absoluta de la belleza. La belleza es una realidad y es objetiva, como lo son la verdad y el bien, con los que se relaciona íntimamente, como veremos. Sólo que esa objetividad se revela de una manera proporcional a la capacidad, preparación, sensibilidad y disposición de cada uno. Y éste es todo el problema”.
Interesante forma de resolver la famosa cuestión que platea tradicionalmente el refrán castellano “sobre gustos no hay nada escrito”. Muchas veces – lo sabemos de sobra- lo hemos traducido como “sobre gustos hay mucho escrito”, que es la realidad, como que también hay mucha ignorancia. Por eso encuentro muy acertado cómo López de Uribe comenta a continuación la importancia de contar con cierta capacidad de admiración. “El motivo – cita a Santo Tomás de Aquino en su Comentario a la Metafísica de Aristóteles- por el que el filósofo se asemeja al poeta es que los dos tienen que habérselas con lo maravilloso, lo digno de admiración, lo que provoca admiración". Y subraya que primero Platón y más tarde Aristóteles dejaron ya establecido que la capacidad de asombro es el principio del filosofar. “El poder de asombrarse –cita ahora a Josef Pieper, "El ocio y la vida intelectual", Ediciones Rialp, S .A., Madrid, l974- se encuentra entre las más elevadas posibilidades de la naturaleza humana". Significa entrar en el misterio, en ese tipo de realidad que, añade Pieper, "es incomprehensible a causa de que su luz es insondable e inagotable".
Se asombra quien no conoce, pero desea conocer, quien espera, quien es capaz de acompañar esa activa exigencia de saber con la admiración al captar en lo cotidiano y habitual lo verdaderamente desacostumbrado e insólito, quien se conmueve con ello. Pero además, “del asombro proviene alegría, dice Aristóteles y la Edad Media lo ha repetido: es lo mismo lo que suscita asombro y lo que produce alegría; doquiera hallemos alegría espiritual podemos encontrar también lo asombroso, y donde haya capacidad de alegría, allí hay también capacidad de admiración. La alegría del que se asombra es la alegría de un principiante, de un espíritu dispuesto y en tensión para algo siempre nuevo, inaudito”.
Así que López de Uribe nos invita a entrar en este mundo alegre de la contemplación de lo maravilloso, añadiendo un capítulo sobre la “Importancia de la contemplación”. De nuevo siguiendo a Pieper en la obra citada, señala cómo la contemplación es una silenciosa percepción de la realidad, es un conocer no pensante sino mirante; no depende del discurso de la razón, sino de la intuición, que es otra forma de conocer, ,la forma más perfecta. Dice Pieper que “la facultad de pensar es una forma imperfecta de la facultad de intuir. Contemplación es, por tanto, intuir, esto es, una forma del conocimiento, que no se mueve hacia su objeto, sino que descansa en él. El objeto está presente, de la misma forma que para el ojo está presente un rostro o un paisaje, en cuanto que la mirada REPOSA EN EL. No hay en el contemplar la TENSION FUTURA, el anhelo dirigido al futuro, que corresponde a la naturaleza del pensar. El que contempla ha encontrado lo que busca el que piensa: está presente y ANTE LOS OJOS”.
Tan importante es la contemplación que en ella se encuentra la suma felicidad del hombre. Y esto es así par una razón sencilla: "Feliz es quien tiene todo lo que quiere", y conocer es tener, hasta el punto de que "no hay ninguna forma del tener en que lo tenido se apropie más intensamente" que en el conocimiento. En último término, "toda la energía de nuestro ser tiende a conocer". La felicidad consiste en conocer, y en nada más. La esencia de la felicidad consiste en un acto del conocimiento, y la forma más alta del conocer es mirar, contemplar lo amado. "La contemplación es un percibir amante. Es visión del amado", es una mirada encendida por el amor "dirigida directamente al corazón de las cosas. En esta profundidad, indudablemente se hace visible entonces una infinita relación hasta entonces oculta. Y es entonces cuando se realiza lo propio de la contemplación. Sobre qué sea la que en efecto se presenta entonces ante los ojos del alma no ha sido capaz aún nadie de dar una noticia suficiente en palabras describibles. También esto pertenece a la esencia de toda contemplación, el no poder ser comunicado. Tiene lugar en la más íntima celda. No hay ningún espectador. Y es imposible el ESCRIBIRLA porque no queda libre ni sin requerir ninguna fuerza del alma".
Las necesidades de nuestra vida actual – cita ahora "Vision and Design", de Roger Fry- son tan imperativas, que el sentido de la vista se ha ido especializando cuidadosamente al servicio de ellas. Con una admirable economía, aprendemos a ver sólo lo necesario para lograr nuestros objetivos; pero lo que vemos es muy poca cosa, justo lo suficiente para reconocer e identificar cada objeto o persona; hecho esto, pasan a un compartimento de nuestro catálogo mental y ya nunca más los vemos realmente. En la vida actual, la persona ordinaria sólo lee en realidad las rótulos, por decirlo así, de los objetos que la rodean, sin tomarse otra molestia. Casi todas las cosas que son útiles de algún modo, se ponen encima más o menos este casquete de invisibilidad. Sólo cuando un objeto existe en nuestras vidas sin más objetivo que el de ser visto, es cuando realmente lo contemplamos, como, por ejemplo, un adorno chino o una piedra preciosa; y hasta la persona más normal adopta para con él, en alguna medida, la actitud artística de pura contemplación abstraída de la necesidad". Peligroso asunto es pasar por la vida leyendo sólo los rótulos de todo lo que nos rodea, dominados por la prisa o por el ruido que "ensordece la facultad de percepción del alma".
Y concluye López de Uribe: A Anaxágoras, uno de los grandes presocráticos, se le preguntó: -¿Para qué estás tú en el mundo? Su respuesta fue: - Para contemplar el sol, la luna, el cielo. "En el hombre que contempla se encuentra todo lo que caracteriza al hombre feliz, decíamos antes, porque tiene todo lo que ama, de una sola vez. Aunque la contemplación de la Creación –que es, como más adelante veremos, lo que alimenta incesantemente a todo verdadero arte- requiere todavía una característica más para conseguir la felicidad perfecta; y esa característica es la perdurabilidad, la eternidad, el convertir en ininterrumpido el momento contemplativo que, ya de por sí, consigue parcialmente ese estar fuera del tiempo. La contemplación terrena -cita de nuevo a Pieper- es una contemplación imperfecta. En medio de su quietud hay desasosiego. Este proviene de que en el mismo momento se experimenta la arrebatadora infinitud del objeto y las propias fronteras, limitadas, contingentes.
De todas maneras –acaba esta profundísima y tan luminosa explicación-, nos consuela saber que esta contemplación imperfecta es una incoación de la eterna bienaventuranza, de la felicidad eterna.
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