La Sociedad del Malestar
29.10.10 @ 07:26:25. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Peatones. Acuarela de David Paskett en watercolor.es / galeria/acuarelistas)(*)
¡Adiós, Sociedad del Bienestar! La verdad es que fue buena mientras duró. Aquéllos fueron días de vino y rosas, sobre todo para los promotores del gremio de la construcción, que a la hora de pagar la consumición sacaban a puñados los billetes del bolsillo. Fueron también los años de los vinos de marca, cuando los “parvenus” se ponían las gafas para analizar con aires de suficiencia la etiqueta del Vega Sicilia y presumían de yates y de esloras en Zalacaín. Entonces las llamadas “clases bajas” empezaron a transformarse en “clases medias”, y los otrora modestos porteros de las fincas, antes gente de limitadas aspiraciones, veían asombrados cómo, no sólo se podían dotar de vivienda propia y hasta de segunda vivienda a golpe de hipoteca, sino que los banqueros les animaban a aprovechar la ocasión para hacerse con un coche de marca.
Eran, sí, aquellos, días de vino y rosas, cuando un directivo y empresario de postín llegó a decirme: “Aquí en España no habrá otra cosa, pero lo que es dinero…” Y nuestro país se poblaba de esos edificios que diseñan los arquitectos para epatar al contribuyente y en los que no se sabe cómo van a colgar los cuadros porque no tienen una pared que sea medianamente recta. Eran los tiempos en que se ponían pantallas de televisión sólo para hacer bulto, y quien no tuviese un logo que llevarse a la boca era olímpicamente despreciado.
Ahora nos queda aquello de haber sido ricos alguna vez. Y no es que entonces nos sobrase demasiado el dinero, la verdad, porque quienes cobramos por nómina veíamos todo esto como un bello espectáculo perteneciente a otros, pero disfrutábamos participando de un mayor nivel de confort y constatando cómo España se ponía a la altura e incluso por encima de otros grandes países europeos. Paladeando, también hay que decirlo, la satisfacción que proporciona la contemplación de la belleza y las cosas de calidad.
Ahora nos dicen que todo aquello se acabó y que tardará mucho tiempo en regresar. O sea, que tendremos que apretarnos el cinturón, lo que quiere decir que nos vayamos olvidando de vivir al nivel en que vivimos aquella efímera fase de nuestras vidas. No es de extrañar, por tanto, que los jóvenes se hayan manifestado en las ciudades francesas resistiéndose a este desagradable cambio con el grito de que no quieren vivir peor que sus padres, lo que es como decir a éstos: “Oíd, majos, que la cosa no tiene gracia. O sea que habéis vivido como señores, y ahora nos dejáis como nos dejáis”.
Lo peor es que aquí, en España, algunos de esos padres lo han hecho con recochineo. O sea, que nos engañaban, no de la forma en que lo hizo el señor Maddox, claro está, pero sí vendiéndose por un plato de lentejas, o sea de votos. Luego tuvieron que tragarse las lentejas en crudo, que a nadie le sientan bien, pero hacen como si nada porque tienen un estómago a prueba de jalapeños. Y nuestros porteros se quedaron sin escalera, como el de la brocha, y los padres recibieron de nuevo a sus hijos en la casa, algo a lo que ya se estaban acostumbrando con los divorcios de las hijas, y aquellos que sacaban los fajos del bolsillo con toda naturalidad tuvieron que ver cómo se las arreglaban para llegar a fin de mes….y nosotros, ya pueden ustedes imaginar.
Claro que cuando el bolsillo enflaquece todo se torna más desagradable, y ya saben, al perro flaco le crecen las pulgas, así que los que antes nos saludábamos ahora nos miramos con recelo, y los malos modos - o sea la mala educación, ya generalizada de por sí - ha empezado a campar por sus respetos. Naturalmente, los políticos, mal educados desde siempre, porque de siempre ignoraron las más elementales reglas de la convivencia, empezaron a levantar cordones sanitarios y a llamarse de todo, y se metió mano a la Historia para emponzoñarla y a los bolsillos para sacar tajada, y se desenfundaron las pistolas para aniquilar la fe y con ello los diez mandamientos, o sea, lo de no robar, no matar, y respetar a la mujer de tu prójimo. En fin, todo aquello que ya casi hemos olvidado pero que podría servir de muro de contención. Y como lo pasábamos tan bien polemizando a troche y moche y despedazando a la gente conocida, convertimos la cuesta abajo en un patio de monipodio.
Así nos hemos dado maña para convertir la tan europea Sociedad del Bienestar en una carpetovetónica Sociedad del Malestar, que nos tiene a todos, como suele decirse, “cabreados”, y perdónenme por la expresión. Bueno, supongo que “cabreados” con algunas excepciones, entre las que estarán los ministros recién designados, los asesores políticos, la mamandurria artística y, sobre todo, el personal liberado, que reserva su indignación, de boquilla por cierto, para huelgas y manifestaciones.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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