Lancelot 2010. Día del Señor- Como niños
28.10.10 @ 07:28:02. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Una sola llum. Acuarela de Joan Puig Bertran en estudijoanpuig.blogspot.com) (*)
Domingo 11 de julio. Hemos madrugado todos para ir a Misa temprano. Los augurios meteorológicos predicen ola de calor. Alerta amarilla. Acudir a Misa de doce 13,00 hora peninsular, es ir envasados en el coche; en lata de humanos en escabeche. Con ola de calor, nada apropiado para niños y mayores, encima “guiris”.
Conocido el sacerdote de otras lides similares, algunos pasamos por el confesionario. Mucho mejor, sin duda para el católico en bien de sus creencias, que la visita periódica al psicólogo o psiquiatra para los aquejados por inquietudes internas o debilidades mentales. Nadie, creo y perdonen la digresión, está libre de las de alguna manera parecidas, aunque de superior importancia, en la mente, alma y conciencia. Así se nos recomienda con insistencia-aunque hay quien se empeña en no reconocerlo y olvidarlo- por el Magisterio de la Iglesia. Sonrisas luego de oreja a oreja. ¡Qué bien! ¡Qué a gusto tras descargar no a un hombre, sino al propio Cristo en él, el saco de nuestras miserias!
-Es que yo, abuelo, en Valladolid me confieso con don… y éste, a quien ni conozco siquiera, no me da confianza, y sí mucho apuro y vergüenza, me dijo “el pulpo”. Mi buen nietazo Paúl: Pablo.
-Nada Paúl –le dije quedo, sin romper el silencio del Templo-, si no lo necesitas, no pasa nada; pero ¿acaso crees que tu abuelo cuenta sus fallos y pecados, grandes o pequeños, a un hombre que, aún conocido, no tiene tanta confianza como para eso? Silencio.
Insisto, ¿pesado?
-¿Sabes quién o en nombre de quién absuelve el cura en la confesión?
-Pues claro abuelo, desde que me preparé para la primera comunión. El sacerdote tiene voz y figura humana, pero ahí, en el confesionario, en realidad nos escucha y absuelve Jesús, afirmó contundente, seguro y certero. No sin cierto rubor en el rostro, y ojos como de caer de repente en la cuenta de este “pequeño detalle”, se puso con Javier (el nieto canario) a la cola.
Demasiado pronto después para el aperitivo. Costumbre que tenemos con hijos y nietos el día del Señor. Día, también, “del abuelo”, que invita. Churros para el chocolate en casa. Buen ambiente. Arrecife condecorado en puertas, calles, plazas, comercios, bares, vehículos, ventanas y balcones (canarios, claro) con la bandera de España. Más llamativa y ondeando al viento en todos los taxis. Ambiente festivo y nervios, muchos nervios “gozosos”. ¿Por el pulpo? ¡Qué decir de nosotros, si lo tenemos en casa!
Calor agobiante. Después del no muy apropiado por calórico desayuno, cada cual a sus labores. Enseguida, ¡todos al agua! Refresco necesario y relajante. Comida ligera. Vinillo-poco- de Rioja y, acelerado el pulso, breve tertulia de sobremesa en la misma terraza, y… ¡todos al sofá del salón con la televisión grande! Se podía oír el vuelo de una mosca.
Al fin, comenzó la final con la que se proclamaría el equipo de fútbol campeón del mundo. Primeras protestas desde el sofá por las brusquedades de los holandeses.
Jugaban a no dejar jugar. Partido bronco, feo. Tarjetas amarillas, sí, pero a la “autoridad” se le iba el partido. Los pies embotados de los holandeses no estaban en buenas manos. Partido bronco, feo. Sin goles. Sin que con semejante dureza bronca y fea (en absoluto reglamentaria) fuera posible que los muy superiores jugadores de España pudieran trenzar las jugadas acostumbradas. Primer tiempo bronco, feo. Sin goles al descanso. Malestar y protestas en el banquillo (sofá). Hasta palabras gruesas por juego holandés tan marrullero. Ninguno nos movimos del asiento. El pulpo puso sobre la mesa la banderita española. No se comió el mejillón que no había, ni probó nadie los frutos secos y refrescos que sí los había.
Segunda parte: más de lo mismo. Marrullerías holandesas. Inquietudes españolas. Mayores protestas conejeras. De la piscina, pasó la pelota, pinchada por las espinas de un cactus, al tejado. ¿Mal augurio? Pero no se arrió la bandera. Final del tiempo reglamentado y empate a cero. El nieto- pulpo, con la cabeza gacha.
Primera parte de la prórroga. Silencio sepulcral. Todavía esperanza. Juego holandés bronco, feo. Expulsión de un “naranja”. ¡Ahora…! Mejor tarde que nunca. Sin descanso, con dominio español a trancas y barrancas, y sin goles, segunda parte de la prórroga. Más angustia en los espectadores que en los jugadores del equipo español. Tensión. Silencio. El pulpo-nieto, tomó en sus manos la bandera. Surgió la “casta” y el milagro: pase a la banda. Centro. Pase a la otra banda. Internada. Disparo a puerta y… ¡¡¡goooóol…l!! Momentos luego angustiosos. El pulpo-nieto abrazado a la bandera y… final. ¡¡Campeones!! ¡¡¡Del mundo!!! El sofá vacío. Todos en pie. Abrazos. Al oír los estampidos de los cohetes por la victoria, abrimos las puertas. Junto a la bofetada de calor, penetró en el “bunker” el griterío festivo en Arrecife y Playa Honda. Traca final. ¡Campeones, campeones, oé, oé, oé!
Brindamos con wisky mezclado con burbujas de no sé qué. Los pequeños, no sé qué sólo. Ola de calor y emociones, en niños y mayores. Henchido de espíritu deportivo: ¡Soy español, español, español…! También, interna acción de gracias. Como en cada largo de piscina. Como en el trabajo y en el descanso. Como en la vida ordinaria. Sin la menor vergüenza de escribirlo. ¡Bendito sea Dios qué noche! Calor, mucho calor, sin el alivio de los alisios. Los necesitaría Holanda.
¿Como niños…? Ojalá.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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