Canciones de corro
22.10.10 @ 07:28:33. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

( Escondite. Acuarela de Lola Catalá expuesta actualmente en la sala Braulio de Castellón)(*)
Que España es un país surrealista es algo de lo que no hay vuelta de hoja. Por eso no es casualidad que de ella salieran gente como Dalí o Buñuel. Y hoy mismo tienen ustedes a Fernando Arrabal como artista creador o a Leyre Pajín - heraldo de astrales acontecimientos – como personaje prototípico y ejemplo señero, con su jefe, de la penetración surrealista en la política española. Esperpento puro. ¿Y qué me dicen del éxito popular de Gil y Gil?
El hecho es que no tenemos que buscar muy atrás para encontrar antecedentes. Podríamos decir, incluso, que vivimos una realidad surrealista, ya que ésta se ha adueñado de nosotros hasta tal punto que nos ha llegado a acostumbrar a su permanente presencia. Así, ahora nosotros mismos formamos parte de ella y no nos asombramos de que nada sea lo que parece.
Ustedes, amables lectores míos que tan bien me conocen, saben de sobra cuanto me desconciertan y a veces me divierten muchas de las cosas que hoy nos suceden y que escapan a cualquier lógica medianamente coherente. Comprendo que el enfoque surrealista de la vida es un enfoque como cualquier otro, y que incluso puede llegar a generar un arte renovador gracias a lo que tiene de destrozo de las estructuras y los esquemas acostumbrados. Quizá recuerden comentarios míos sobre el caos en que está inmersa la poesía contemporánea. Claro está que con lo que ahora llamamos “desestructuración” saltan también por los aires la eficacia, la congruencia; y esa relación que se establece entre las cosas y que nos permite navegar con cierto tino por las procelosas aguas de la existencia.
Imagino que para el mundo anglosajón estas cosas raras que hacemos los españoles les desazonarán sobremanera. También supongo que estos nuestros comportamientos inducirán en ellos sentimientos situados a caballo entre el rechazo y el asombro admirativo, y que por eso siempre tuvimos para ellos una imagen bastante exótica, como de ejemplares únicos de un zoo o miembros de una especie en extinción.
Algo parecido debe ocurrir con los franceses, tan cartesianos ellos, y no digamos con los alemanes, que por lo oído tienen la cabeza cuadrada aunque en beneficio de ellos haya de decir que no lo tengo personalmente comprobado. Pero lo más llamativo es que este surrealismo nuestro contrasta incluso con nuestras propias raíces culturales. En efecto, nadie diría que nuestro desconcertante discurso pueda provenir del pensamiento griego y de la organización romana, o sea que tiene que venir de algo más profundo todavía, porque eso de que somos gente de al pan, pan, y al vino, vino, está bien lejos de la realidad. Desde luego, no es raro que “Alicia en el país de las maravillas” se haya escrito fuera de España, porque hacerlo aquí seria imposible a menos que se publicara como novela de costumbres. Para que nos hagamos idea: el anuncio sideral de la señora Pajín habría producido un shock sistémico y una destitución inmediata en la Europa central.
¿De dónde nos viene entonces esta peculiar disposición para la sinrazón más excesiva y delirante? Desde luego no seré yo quien se lo aclare a mis sufridos e improbables lectores, pero sí que les daré una clave para conseguirlo. Fíjense ustedes simplemente en la paradigmática letra de nuestras canciones infantiles, y observarán cómo gran parte de ellas son expresión del más audaz absurdo, con el que por cierto, nuestros niños coexistieron siempre con la mayor naturalidad. ¿Cómo vamos a sorprendernos luego de estas cosas?
Tomemos como ejemplo “El patio de mi casa”, que “es particular”.y que, por lo visto, “cuando llueve se moja como los demás”. ¿En qué quedamos? Si se moja como los demás cuando llueve, ¿cómo es que lo calificamos de “particular”? O una cosa, u otra. Y luego termina con lo de “hache, i, jota, ka, ele, eme, ene, a”, que además, de no componer palabra alguna - como ocurre con las pintadas de los grafiteros -, no parece venir en nada a cuento. ¿Y a qué viene, señores, lo que sigue, o sea, aquello de “que si tú no me quieres, otro amante me querrá”? ¿Qué demonios tiene esto que ver con el patio de marras? Y encima añaden “que las agachaditas no saben bailar… ¿No ven hasta qué punto es todo absurdo?
Tomen otro ejemplo: el de “El Corro de la patata”? De verdad que por mucho que me esfuerce no acierto a encontrar qué relación puedan tener un corro y una patata. Cosa distinta sería, claro está, que se refiriesen a un corro y un donut, por ejemplo. ¿Y lo de “comeremos ensalada”? ¿O lo de acabar diciendo, así por las buenas, “achupé, achupé, sentadita me quedé”?
¿Y qué me dicen del popular “Que llueva, que llueva / la Virgen de la Cueva / los pajaritos cantan / las nubes se levantan”. Yo ahí no veo a qué viene lo de meter a la Virgen de la Cueva, francamente. Es más; en una versión para mí hasta ahora desconocida, he visto que aún se añade “que mi padre está en la cueva / con un caballito blanco / alumbrando todo el campo”. ¿Han visto ustedes mayor sinrazón que ésta?
Algo parecido podría decirse del conocido “Arroyo claró, fuente serená”, pues si a la pregunta de “¿quién me lava el pañuelo” se dice que es “una serrana”, ¿cómo es que luego se añade que “una lo lava / otra lo tiende / otra lo tira rosas / y otra claveles”? Yo ahí veo a cuatro. No les digo…
Para terminar, y aunque podría citar muchos más ejemplos, les incluyo otro encontrado en Google que se titula “La punta del pie”. Se trata también de una canción de corro que yo desconocía. Lean, lean…”Me dicen los hombres / que no soy mujer / y yo les enseño / la punta del pie / la punta, la punta / de Santa Isabel”. ¿Se puede saber que pinta Santa Isabel en la canción?
Supongo que con esto entenderán mejor que veamos lo que vemos hoy en nuestros pagos. Nos han criado surrealistas siempre y desde la más tierna infancia, y nos hemos ido acostumbrando a serlo. Ahora imaginen lo que puede pasar cuando empecemos a sufrir ya plenamente los efectos de la “Eso” y de los ejemplos que nos dan nuestros actuales próceres y que tan generosamente nos muestra la televisión. A ver si ahora resulta que lo que nos va a salvar de la sinrazón es el contundente sentido común de Belén Esteban. Quizá sea por eso por lo que las encuestas dicen que si se presentase para desempeñar un puesto en el Parlamento alcanzaría un 8% de votos y sería la tercera fuerza. Cosas veredes…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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