Lancelot 2010. Hibiscos
21.10.10 @ 07:29:41. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de John Yardley en el libro “Watercolour Impressionists” de Ron Ranson)(*)
Sábado 10 de julio. El susto de anoche fue monumental. Desde una potente alarma hasta blindaje en puertas y ventanas, la casa de nuestros hijos en el llamado Cable Alto, es un fortín a prueba de cacos y maleantes.
Como en tierras peninsulares o más, hay psicosis de inseguridad. No en vano estas tierras sobre estas aguas son punto de atraque de pateras abarrotadas de inmigrantes ilegales. Pobres gentes que vienen engañadas creyendo encontrar aquí un paraíso de trabajo, y como es falso-¿hará falta probarlo?-, cuando sienten las primeras punzadas del hambre, no reparan en calmarlo “como sea”.
Sobraban huecos en el sofá del salón cuando mi yerno finalizó la diaria tarea, más propiamente nocturna, de cerrar a cal y canto los posibles accesos de visitantes compadecidos pero no deseados. Sin reparar en que estábamos más holgados que de costumbre, guardábamos un relativo silencio al ver nuestro programa favorito en una cadena de televisión que iba de gatos…De pronto, ¡todos en pie! Alguien aporreaba insistente la doble puerta acorazada del salón al jardín. Sin mirilla, los niños palidecieron; los mayores algo más que inquietos. Más por viejo que por sabio, miré en derredor.
-¿Dónde está Nacuca? (nuestra hija Ana, conejera), pregunté. Faltaba. Abrió, cauteloso, su marido. Aún con la manga de riego en la mano, tenía fuera de casa mayor expresión de miedo que los de dentro. Entrecortada por el susto de enfrentarse sola a mil sombras sospechosas dentro del recinto, comentó entrecortada:
-¡Regaba los hibiscos a la mejor hora para no dañarles y me dejasteis fuera de mi propia casa! Luego sonriente: ¡“Bandidos, ¿acaso creíais que llamando a la puerta pediría permiso un caco para asaltarnos? Y susurró…: Ignorantes”… Su marido: “¡a ver”…! Y enseguida: “Perdón Nacuca, creí que estábamos todos recogidos”. La sangre no llegó al río, ni al mar, claro.
El susto, que lo fue, lo compensó la sorpresa de la mañana. Docenas de campanillas rojas como la sangre no derramada con la “bronca”, tras el riego intenso (¿qué iba a hacer la pobre sola y fuera de casa sino regar en abundancia?), daban las gracias a la limpidez del prodigio en el amanecer conejero. Sol de justicia. ¿Ola de calor sin siroco? Puede. Son las diez de la mañana en Lancelot. Treinta grados a la sombra. Suave alisio. El agua temblorosa de la piscina, llama insistente. Disciplinado por la milicia, todo a su tiempo, sin cuadratura del círculo. Es la hora de tinta y cálamo. El baño, luego.
El “pulpo” humano, mi nieto Pablo, lanza el reto de tirar a canasta. Abusón. Entro al trapo. Con una mano y como don Tancredo, acepto ¡¡Y gano!! “El que tuvo, dice, retuvo, abuelo”. Sonrisa. Vanidad. Puedo.
El riego nocturno surtió mayor efecto del ya expresado. Las rojas- campanillas de los hibiscos agradecidos, oigan-, nos contemplan con la boca abierta, bellísimas. ¿Rojos augurios? Distraído, lancé a canasta, ¡¡”limpia abuelo”!! Descanso. Sentado en el interior de la frescura en la terraza, una fuerza irresistible me obligó a contemplar el seto. Ensimismado. ¿Habrá acaso dolor en el rojo de los hibiscos? Si son de color rojo y yo pongo el amarillo, los augurios no pueden ser malos…, dolorosos. Además está lo del pulpo. Comencé a creer en él. ¿Ingenuo? Dios no lo quiera. En mi interior la maravilla del seto bullía incontenible. Reto ahora de Javier, nieto canario, me lleva al agua. ¿Hibiscos…? Si Dios es servido, otro día se lo comento. “Cagüen el chico”, ¿a cuántos largos será el reto? Veremos…
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