Los lunes, revista de prensa y red
18.10.10 @ 08:29:09. Archivado en Artículos
“El futuro de los embriones”, de Nicolás Jouve, y “Los cursis polisémicos”, de Alfonso Ussía

(Street peoples. Acuarela de Alesandro Andreuccetti en watercolor.es /galeria / acuarelistas)(*)
EL FUTURO DE LOS EMBRIONES
Artículo de Nicolás Jouve, catedrático de Genética de la Universidad de Alcalá, publicado en La Gaceta el pasado 27 de Septiembre
A principios de 2009 el doctor Angelo Vescovi, investigador del Hospital Niguarda asociado a la Universidad de Milán, publicó un artículo de gran repercusión titulado Detrás de la investigación con células madre embrionarias sólo hay una guerra de patentes, que concluía diciendo: “El uso de embriones humanos no es, en absoluto, una necesidad inevitable”.
Todo empezó cuando en 1998 James Thomson, un investigador de la Universidad de Wisconsin, demostró que las células de la masa interna de los embriones, al alcanzar el estadio de blastocisto (cuatro días después de la fecundación), mantienen su totipotencialidad. Si estas células son aisladas, disgregadas y cultivadas in vitro en un medio apropiado, empiezan a proliferar y, teóricamente, podrían diferenciarse hacia cualquier tipo de especialidad celular (piel, cartílago, hueso, músculo, etc). Esta capacidad aparentemente ilimitada de proliferación y diferenciación llamó la atención de los investigadores y biotecnólogos, que vieron en ellas una vía para abordar la reparación de tejidos en personas aquejadas de enfermedades degenerativas, surgiendo así la mal llamada “clonación terapéutica”.
Diez años después se constata el enorme fiasco de estas investigaciones, discutidas desde su inicio no sólo por su ineficacia y problemas técnicos, sino, sobre todo, por el grave problema ético que supone la instrumentalización de los embriones. Vescovi señalaba que “estas células no se pueden aislar del embrión si no es produciendo éste último en el laboratorio en un proceso que implica la muerte del embrión mismo. Es lógico que se planteen interrogantes éticos candentes y de enorme alcance”.
Por otra parte, el uso de las células madre embrionarias ha topado con problemas técnicos principalmente debidos al rechazo inmunológico y al riesgo del desarrollo de tumores cancerígenos en el paciente tratado. Por ello, muchos investigadores han buscado otras fuentes de producción de líneas celulares sin utilizar embriones.
Ya en 1999 los italianos Angelo Vescovi y Giulio Cossu consiguieron cultivar células madre no embrionarias, procedentes del sistema nervioso de rata, y transformarlas en células sanguíneas y aseguraron que las células madre de tejidos adultos podían reprogramarse y dividirse igual que las de la masa interna de los embriones.
Éstas investigaciones desde entonces han demostrado que el cuerpo humano cuenta con células madre en todas las etapas de la vida y no sólo en la fase embrionaria. Existen células madre postembrionarias en el líquido amniótico, el feto, el cordón umbilical y en la mayoría de los tejidos durante la vida adulta. Son grupos subcelulares encargados de restaurar el desgaste natural de muchos tejidos. En los organismos adultos hay más de 200 tipos de células y la lista de tejidos de los que se conoce que contienen células madre aumenta. Las investigaciones biomédicas parecían demostrar un futuro más prometedor de la clonación terapéutica a partir de las células madre no embrionarias que con las embrionarias. Descubrimientos sucesivos y simultáneos a las investigaciones con células procedentes de embriones lo han puesto de manifiesto.
Las células madre de adulto, con capacidad de desprogramación, proliferación y reprogramación, ofrecen hoy la mejor solución para evitar la utilización destructiva de los embriones. Es cada vez más evidente que ofrecen un campo más amplio y satisfactorio que el de las células madre embrionarias. Sus ventajas son obvias: no producen rechazo inmunológico en el receptor (el donante es, a la vez, el paciente a tratar con estas células); su obtención es relativamente sencilla mediante una biopsia; no dan lugar a tumores al tratarse de células más moderadas en su actividad proliferativa; y, sobre todo, no plantean problemas éticos, pues no se destruye ninguna vida humana.
Hay muchas otras investigaciones que siguen esta línea. En una llamativa demostración de la flexibilidad celular, el equipo de Marius Wernig de la Universidad de Stanford ha publicado en Nature a principios de 2010 un nuevo gran avance: la producción de neuronas funcionales a partir de células de piel, sin pasar por la etapa intermedia de células pluripotentes (las llamadas iPS). Aparte del mayor o menor rendimiento de estas técnicas, se resuelven varios problemas que aún planteaban las células iPS. Surge así una multitud de grandes posibilidades para la solución de múltiples enfermedades degenerativas (alzheimer, parkinson, diabetes, etc.), además de otras que afectan a la actividad neuronal del cerebro, como la depresión, esquizofrenia o incluso los trastornos autistas.
Resueltos los problemas bioéticos del holocausto de los embriones, estamos ante lo que puede ser una nueva y esperanzadora etapa de la medicina regenerativa, que comenzó a finales de 2007, con las extraordinarias investigaciones del Dr. Yamanaka. Queda pendiente una gran deuda de la Humanidad con este modesto, simpático y futuro premio Nobel de Medicina, que siempre vio a los embriones como la primera etapa de la vida humana y no como un simple conglomerado de células.
LOS CURSIS POLISÉMICOS
Artículo de Alfonso Ussía publicado en La Razón el pasado 18 de Septiembre
En un Parlamento tan falto de brillantez oral como el español, ha sido inaugurada su fase polisémica. Rodríguez Zapatero, muy enfadado, recordó que lo de Afganistán no es una guerra, sino un «escenario bélico». La Segunda Guerra Mundial no supuso, por lo tanto, una guerra en su sentido textual, sino un «escenario bélico de desproporcionada extensión». Y la Guerra Civil en España, «un escenario bélico de características hogareñas». Pero lo mejor estaba por venir. José Antonio Alonso, el íntimo de Zapatero y portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados, nos reveló que los ingleses usan de la palabra «war» –guerra–, con vocación polisémica, es decir, que manifiesta polisemia, o lo que es igual, pluralidad de significados de una palabra o de cualquier signo lingüístico. He llamado a Londres a mi amigo Mark Inch, con quien coincidí quince meses en Andalucía la Baja, y su respuesta me ha preocupado: «‘‘War’’ sólo significa “guerra”, y el que afirme lo contrario es un asno». Mark está muy influido por Wodehouse y utiliza el término «asno» con precisión, humor y frecuencia.
Los huevos, por ejemplo, son polisémicos. El endocrino que recomienda a su paciente que tenga cuidado con los huevos, no sólo le está anunciando que la excesiva ingestión de yemas y claras puede elevarle el nivel del colesterol, sino que hay una mesa en su despacho de afiladas esquinas, que de no esquivarla a la salida, puede resultar dolorosa en determinadas colgaduras corporales. Se contaba de la monjita que ingresó en un autobús abarrotado de usuarios con una bolsita mientras advertía con cándida voz que «cuidado con los huevos». Un amable viajero le afeó su imprudencia: –Hermana, ¿cómo se mete en un autobús lleno de gente con una bolsa de huevos?–; a lo que ella respondió: –¡Pero si no son huevos! Son alfileres–.
La amable y clásica –Quevedo–, definición de «hijo de puta» también es polisémica. La Real Academia Española admite diferentes acepciones. Para un argentino, «hijo puta» es un elogio, y muchos españoles lo usan como el no va más de la acumulación de virtudes. «Es un tío de puta madre». Lo mejor que se puede ser en España, a estas alturas del siglo XXI, es «un tío de puta madre». Por ello, nadie puede enfadarse con quien le llama «hijo de puta» por la calle y sin motivo alguno, y en caso de que intervenga el juez, éste habría de preguntar al emisor del calificativo: –¿Lo ha dicho usted con intención polisémica?–; a lo que el reo, si no es imbécil, responderá: –Por supuesto, señoría. Polisemia total». Y a ver quién es el guapo que empapela al polisémico.
Asno o burro son voces polisémicas. Animal solípedo, armazón, rueda dentada de madera, juegos de naipes, persona bruta, botín de cuero con suela grasa y escalera de tijera, entre otras cosas, siempre de acuerdo con el Diccionario de la RAE. De tal forma, que si en un arranque de diversión semántica, se me ocurre decir que Zapatero y Alonso son unos burros, que lo son, ¿quién me demuestra que no los he llamado «escaleras de tijera»? Ventajas e inconvenientes de la polisemia.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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