Arte y belleza.3. La verdad
16.10.10 @ 07:15:18. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Acuarela de Torgeir Schjolberg en pintaracuarela.blogspot.com)(*)
En los dos artículos anteriores sobre “Arte y Belleza” hemos analizado el estado actual de la cuestión y especialmente el por qué de la situación actual de las Bellas Artes. Lo que ha podido producirnos – a mí desde luego así ha sido- un cierto estado de perplejidad. ¿Cómo es posible se haya llegado a tan enorme distorsión sobre los criterios, antes universalmente aceptados, sobre arte y belleza? Incluso podemos plantearnos si cabe formular hoy unos criterios aceptables sobre estos conceptos, o ya no es posible afirmar siquiera su misma existencia.
Creo, pues, que antes de adentrarnos en la cuestión de la belleza, debemos empezar analizando qué es la verdad, si existe alguna, si es posible siquiera. También trata este tema la conferencia que estamos siguiendo desde el principio en estos artículos, “Acerca de la ciencia, la belleza y el arte”, del arquitecto vallisoletano Javier López de Uribe, que, les decía, me facilitó amablemente la separata de su discurso de recepción en la Real Academia De Bellas Artes De La Purísima Concepción de Valladolid, de la que después ha sido Presidente hasta hace un par de años.
“El itinerario intelectual – dice López de Uribe en la introducción, antes de analizar algunos aspectos de la íntima conexión entre ciencia y verdad - comienza con la apertura sincera a la verdad de las cosas”. Me parece interesante este enfoque previo y común a su análisis tanto de la ciencia como del arte, porque creo hoy nadie cuestiona que sea alcanzable la verdad, cuando hablamos de la primera, de la ciencia, y en cambio se niega todo posibilidad de acceso a ella en materia de arte.
Dedica López de Uribe un aparatado a lo que titula “El afán de verdad”. “El primero en la jerarquía de los grandes deseos humanos es el deseo de la verdad. La orientación a la verdad es lo que hace al hombre ser hombre”. En este punto cita a Antonio Orozco del Clos, quien en su ensayo "La libertad en el pensamiento" (Edic. Rialp, S. A.) afirma que es ello justamente "lo que le hace ser más, infinitamente más, que animal. El deseo de la verdad es más fuerte aún, en el hombre, que e1 de continuar en la existencia, porque éste, es común con el de los seres irracionales. El hombre es más, y ese más -por lo que es hombre- engendra el deseo, la sed mayor del hombre, la sed de verdad. y como la verdad es inagotable-, su sed es insaciable. Y si la sed se agotara o se sintiera saturada, entonces asistiríamos a la agonía del espíritu humano"
Nuestro entendimiento conoce con verdad cuando concibe la realidad de las cosas tal como es y no como nos gustaría que fuese. "Considerar la verdad –en cita que incluye de Santo Tomás de Aquino- es el buen trabajo del intelecto"; puede decirse que, desde cierto punto de vista, constituye la más meritoria de todas las buenas acciones.
Analiza a continución López de Uribe el “Proceso del conocimiento de la verdad”. Etienne Gilson explica que el alma humana además de informar y animar la materia de su cuerpo conoce, ejercita un conocimiento intelectual. Como tal, es verdaderamente una sustancia intelectual. Ahora bien, al poseer conocimiento intelectual es posible devenir y ser otros seres en una forma inmaterial. Cuando vemos una piedra, la vista de ella no nos hace convertirnos en una sustancia pétrea. Si la percepción sensorial produjera tal efecto, no conoceríamos la piedra, seríamos ella; seríamos literalmente petrificados. Esto es cierto entendido del conocimiento intelectual. Cuando nuestro entendimiento conoce, deviene la cosa conocida asimilando sólo su forma, no su materia; Y esta asimilación es posible por la operación llamada abstracción intelectual. Evidentemente conocer objetos materiales de forma inmaterial es una operación en la que la materia corporal no tiene parte. Este es el hecho fundamental sobre el que descansa en última instancia el desarrollo de la sabiduría metafísica; a saber, que hay un conocimiento intelectual y que la misma posibilidad de tal conocimiento presupone la existencia de un orden de sujetos inmateriales, facultades cognoscitivas y operaciones. Inteligibilidad y conocimiento son inseparables de inmaterialidad.
“Estamos ahora ya en condiciones de definir con más detalle ese anhelo permanente de, la `mente cultivada´ que es la verdad. Y así diremos que conocer la verdad es alcanzar intelectualmente, por abstracción, las esencias inteligibles -o formas de naturalezas- de las cosas sensibles tal como son en la realidad, y asociarlas en nuestras mentes, por medio de juicios, de la misma manera que están asociados en la realidad.
Orozco Delclós, en su ensayo sobre La libertad en el pensamiento dice: "Proclamemos que el hombre ha de ser `buscador incesante´. Pero en ningún momento somos buscadores sin que conozcamos ya qué es la verdad en general y un buen puñado de verdades fundamentales. Desde el instante que nos proponemos buscar, sabemos que la verdad es lo que es, como asienta la definición clásica, la de Agustín y de Tomás; y que, siendo verdad, sigue siendo verdad, aunque se piense al revés, por decirlo al modo de Machado. Sabemos que las cosas son, y que son de tal modo, que nosotros podemos conocerlas; y que las conocemos de tal manera, que nuestro conocimiento las deja intactas; que son como son y sería vano pretender transformarlas con el pensamiento, justo porque son como son, con independencia de que yo las piense o no. Sabemos que nuestro entendimiento alcanza la verdad de las cosas y su propia verdad, cuando conoce conforme. a la realidad. Todo ello es ya una importante sabiduría que nunca poseerá el animal y, sin embargo, nosotros la tenemos desde nuestra infancia, desde el momento en que nos proponemos conocer o averiguar algo. Desde entonces somos ya virtuales conocedores de toda la verdad asequible a la humana razón. Sabemos que las cosas son, y que nosotros somos y que podemos ir conociendo las cosas. No somos, por decirlo gráficamente, buscadores DE la verdad (como si la buscáramos antes de conocer, partiendo de cero), sino buscadores EN la verdad, que procedemos desde evidencias inmediatas a verdades más hondas y complejas".
Y puesto que nunca cesamos de pensar, no podemos conformarnos con un conocimiento corriente de las cosas, que no basta para un saber profundo, orgánico y preciso acerca de la realidad. No olvidemos que e1 hombre es un ser racional cuyo último fin es alcanzar la perfección de su naturaleza por la contemplación de la verdad absoluta, y que para conseguirlo necesita poner en juego también la voluntad. De donde pasa López de Uribe a analizar la “Importancia de la rectitud de la voluntad: el amor a la verdad”.
Comenta Gilson en “El amor a la sabiduría” que no es el intelecto el que conoce, sino el hombre a través de su intelecto; y como el hombre es muchas cosas además de su intelecto, cada vez que conoce, otras muchas facultades cooperan en la producción de su conocimiento. Entre ellas la más importante es la voluntad. Olvidar este hecho es también olvidar el hecho de que hay condiciones prácticas para la adquisición incluso del conocimiento especulativo, y que la vida intelectual envuelve problemas de moralidad.
El primer requisito del conocimiento verdadero es una voluntad recta; es decir, una voluntad que esté rectamente ordenada al bien en sí. "Amar la verdad – dice Orozco- es la primera condición para conocerla en profundidad". La voluntad siempre se mueve hacia el bien, pero puede suceder, y de hecho sucede que las pasiones y los afectos desordenados alteren esa rectitud de la voluntad y afecten también indirectamente al entendimiento, de manera que tanto la verdad como e1 bien reales puedan presentarse, en casos concretos, como algo contrario o repugnante, y se acabe tomando como verdad o como bien aquello que no lo es e incluso que le es contrario.
La experiencia nos enseña que, a fuerza de querer, nos convencemos de cosas que no son verdad, y que, por la repetición de actos, acabamos creando en nosotros un hábito, una segunda naturaleza construida libremente sobre la propia original, que nos puede llevar a disolver los principios morales en un relativismo ético o en un subjetivismo que sustituya la búsqueda de la verdad por TEORIAS intelectuales que justifiquen la propia conducta, de modo que ya no se viva como se piensa, sino que se piensa como se viva. Entonces, cuando se estima una cosa como no conveniente, es decir, como mala para el propio yo, aunque, sea verdadera objetivamente, no se acepta, se considera falsa, o se huye del conocimiento de su verdad. Por el contrario, y como dice Santo Tomás de Aquino, "cuanto más libre está el alma de, las pasiones, y purificada de afectos desordenados, tanto más asciende en la contemplación de la verdad, hasta poder saborear cuán suave es la Verdad de Dios".
En definitiva queda claro que dada la unidad esencial del hombre, se requiere una auténtica ascesis para permanecer firmes en la verdad, y cada vez más asentados en ella. Cita aquí a Etienne Gilson ("Elementos de Filosofía Cristiana"): "Es difícil, más aún, imposible, dominar una sola de las ciencias cultivadas por el hombre. Pero la ciencia no es estrictamente necesaria para que el hombre viva en la tierra de, acuerdo con su dignidad peculiar. Importa saber NON MULTA, SED MUL TUM, no muchas cosas, sino, mucho de lo esencial: de dónde venimos, a dónde vamos, qué sentido tiene nuestro vivir en el mundo... Estas y otras semejantes son las cuestiones fundamentales que, por fortuna, no son las más difíciles de comprender cuando hay rectitud en la voluntad, afán de saberlas. El itinerario intelectual comienza con la apertura sincera a la verdad de las cosas. Reconocerla, con todas sus consecuencias, permite remontarse hasta Dios, Verdad primera que la razón puede y debe alcanzar". "Partiendo de los objetos materiales, la razón humana asciende progresivamente a más altos objetos; y aunque a medida que gana en altitud sabe menos, no obstante está segura de, que lo poco que conoce de estos elevados objetos vale más que su más perfecto conocimiento de las cosas inferiores. En la cima de su investigación, la razón humana se rinde. En palabras del Dante, EN LA ALTA FANTASIA, AQUI EL PODER CAE, pero donde el conocimiento cae, el amor todavía puede avanzar".
En la adecuación de su obrar a su pensar –concluye López de Uribe- y en que éste permanezca fijo en la verdad, se juega el hombre su destino eterno, su felicidad actual y futura. Comentábamos antes que la sabiduría consiste en el conocimiento de las cosas en sus primeras causas. Como reconocer la causalidad supone abrirse a la trascendencia, llegamos a la cumbre de la pirámide: Dios, como Causa Primera del ser de los entes, alfa y omega, principio y fin de todas las cosas.
Y termina: “No me resisto a transcribir aquí dos citas que considero de la máxima importancia. La primera corresponde al discurso pronunciado por el Papa Juan Pablo 11 en la sede de la UNESCO, el 2 de junio de 1980: "La causa del hombre -dijo- se verá servida si la ciencia se alía a la conciencia, El hombre de ciencia ayudará verdaderamente a la Humanidad si conserva el sentido de la trascendencia del hombre sobre el mundo y de Dios sobre el hombre"
La segunda corresponde a san Josemaría Escrivá de Balaguer (en `Es Cristo que pasa´): "Con periódica monotonía, algunos tratan de resucitar una supuesta incompatibilidad entre la fe y la ciencia, entre la inteligencia humana y la Revelación divina. Esa incompatibilidad sólo puede aparecer, y aparentemente, cuando no se entienden los términos reales del problema.
Si el mundo ha salido de las manos de Dios, si El ha creado al hombre a su imagen y semejanza y le ha dado una chispa de su luz, e1 trabajo de la inteligencia debe -aunque sea con un duro trabajo- desentrañar el sentido divino que ya naturalmente tienen todas las cosas; y con la luz de la fe, percibimos también su sentido sobrenatural, el que resulta de nuestra elevación al orden de la gracia. No podemos admitir e1 miedo a la ciencia, porque cualquier labor, si es verdaderamente científica, tiende a la verdad. Y Cristo dijo: "Ego sum veritas". Yo soy la verdad.
El cristiano ha de tener hambre de saber. Desde el cultivo de los saberes más abstractos hasta las habilidades artesanas, todo puede y debe conducir a Dios. Porque no hay tarea humana que no sea santificable, motivo para la propia santificación y ocasión para colaborar con Dios en la santificación de los que nos rodean". Y comenta López de Uribe: Queda así establecido un luminoso programa de vida para toda persona dispuesta a amar profundamente la verdad.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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