Lecciones de Atacama
15.10.10 @ 07:28:44. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Amarillo. Acuarela de Joan Puig Bertran en estudijoanpuig.blogspot.com)(*)
Para los españoles, últimamente acostumbrados a convertir en ocasiones para la desunión y la vergüenza los sucesos que podrían haber estimulado el orgullo nacional, lo acontecido en Chile constituye una magistral lección de vida. Recordaréis otra tragedia: la del “Prestige”. Entonces se desencadenó un impresionante movimiento de solidaridad, se limpiaron las playas hasta los recovecos, se superó la degradación de las costas y la amenaza a la pesca, y se logró la hazaña tecnológica de succionar el crudo oculto desde la profundidad del mar. Y todavía podría recordar el 11-M…
Ahora el mundo entero ha vibrado con la actitud de un pueblo ante el dolor de otra tragedia. El rescate de treinta y tres mineros sepultados en vida bajo el desierto de Atacama, aislados del mundo durante dieciséis días y localizados vivos luego; objeto a partir de entonces de una increíble operación de salvamento con final feliz. He aquí una tragedia que seguramente podría haberse evitado por la dirección de la mina, sospechosa ahora de negligencia. Pero para los chilenos tiempo habrá de buscar culpables, que ahora no es ésta la cuestión. Lo necesario era el rescate, y lo que ahora prevalece sobre cualquier otra consideración es, curiosamente, una rendida admiración de la virtud.
Porque lo que ha ocurrido en el Pozo de San José, lo que la gente ha percibido más allá de la anécdota y del asombro en la oscuridad de la mina sepultada, ha sido el espectáculo de la virtud practicada día a día. O mejor, de las virtudes intensamente vividas contra viento y marea. En una situación propicia a la desesperación y al caos moral, lo que hemos visto en Atacama ha sido un festival de fe, esperanza y caridad, es decir, de las tres virtudes teologales.
Fe, primero sólo en Dios, cuando no había contacto con la superficie y los mineros se sentían perdidos para siempre, y en Dios y en los hombres después, cuando supieron que su pequeño manuscrito había llegado hasta la superficie. Esperanza siempre, puesto que ésta es la medida de la fe. Esperanza alimentada a diario cuidadosa y mutuamente por los líderes naturales, que surgieron como surgen los grandes líderes: en la mayor adversidad. Caridad expresada en la confianza hacia los compañeros, en la superación de los defectos del prójimo, en el apoyo mutuo minuciosamente organizado, en el cuidado de los más débiles. Todo ello en un ambiente de sano patriotismo reconocedor de la fuerza que proporciona la unión de los hombres en torno a la esperanza.
El fruto fue una sabia y admirable división de papeles, la creación de espacios para el descanso, el reparto de los pequeños trabajos que al final serían colaboración con los planes de rescate, el cuidado de sí mismos, la limpieza, y tantos y tantos menesteres. Y el montaje de un altar en el que ardían las velas ante las pequeñas, entrañables imágenes. Todo un mundo de afectos y creencias y de pequeños objetivos que habrían de cubrir la mayor y más importante parte de las necesidades físicas, morales y espirituales de aquellos hombres.
En las largas horas de aflicción, el más sólido pilar para vencer la tentación del desánimo fue la esperanza en Dios y la ilusión de volver a la familia: saber que contaban con el apoyo de la esposa y de los hijos, imaginar cómo la fuerza de las oraciones elevadas por unos y otros convergían en la fe.
Al observar la reacción de nuestros compatriotas y de mucha gente más, uno se pregunta si quienes ahora se emocionan ante el coraje y la fe de los mineros del Pozo de san José son los mismos que tanto se complacen en las debilidades y pecados de los demás, los que prefieren el mal al bien, los que desprecian el final feliz, los que consideran más estético no creer en nada, los que predican la desunión, los que no creen en la familia.
¡Qué sana envidia me dais, primero desgraciados y luego felices mineros del Pozo de San José; tenaces rescatadores; imaginativos técnicos; políticos patriotas que antes os enfrentasteis pero ahora os mostráis aunados en un mismo empeño; chilenos todos orgullosos de vuestra estirpe! Que Dios os bendiga por habernos obsequiado con una bella historia de voluntad y de coraje - y también de fe, esperanza y caridad.- y haber puesto la virtud por encima de toda circunstancia.
Admirables mineros de Atacama: mantened, por favor, limpio el recuerdo. No os dejéis llevar por lo que encontréis arriba.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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