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Camisetas

Permalink 12.10.10 @ 07:25:04. Archivado en Artículos

Por Por Javier Pardo de Santayana

(Rainbow 2. Acuarela de Carol Carter en carol-carter.com.30x22)(*)

Las camisetas que yo recuerdo de cuando era niño y también de una buena parte de mi juventud eran de tirantes, o sea que dejaban los sobacos al aire. Se trataba de ropa de la llamada “interior” y pertenecían al vestuario de uso masculino. Las camisas eran cosa distinta; se llevaban debajo de la chaqueta con los faldones bien remetidos por debajo del pantalón y eran generalmente coronadas por la imprescindible corbata, pero cuando se requería mostrar un aspecto, como ahora se dice, más informal, se lucían al aire y con las mangas remangadas por encima de los codos. Ahí nos quedábamos incluso cuando lo que pretendiésemos fuera lucir un aire claramente deportivo. Naturalmente, ignoro si las mujeres llevaban o no camiseta, porque entonces no se nos atiborraba como ahora de fotos de señoras estupendas luciendo prendas ligeras, y yo era un muchacho puro e ingenuo para estas cosas de la lencería.

Siendo “prenda interior”, lo normal era que la camiseta quedara prudentemente oculta por la camisa, y cualquier otra cosa era tenida por improcedente entre la gente educada. Sin embargo daba muy bien en las películas del neorrealismo italiano, porque su presencia realzaba la personalidad de aquella gente pobre y entrañable que sabía vivir a pesar de todo. Además, no sé si el lector se habrá fijado en lo fotogénica que resulta la miseria, cosa que ocurre también con la vejez. O sea que los neorrealistas y los fotógrafos descubrieron que “la arruga es bella” bastante antes que Adolfo Domínguez.

Luego vino la famosa “T shirt”. Yo la descubrí muy pronto, allá por los años sesenta, en los Estados Unidos. Era reglamentaria en las Fuerzas Armadas norteamericanas y proporcionaba un aspecto atlético a quien la vestía. Se ceñía bastante al torso, tenía unas mangas cortas y carecía prácticamente de escote; con ciertas modificaciones, inspiró la camiseta actual. Los norteamericanos la llamaban “sweater”, o sea “sudadera”. También por entonces salieron los “polos” y otras variantes de corte deportivo que aportaron aquel color que tanto se había echado de menos, y la gente seria como yo tuvo que admitir la frivolidad del cocodrilo, la ramita de olivo, el pingüino y un sinfín de logos que caracterizaban a las marcas correspondientes.

Éste fue el comienzo de ese timo que consiste en convertirnos en publicidad viva sin que eso conlleve una reducción en los precios. Los mismos que nos sentimos incómodos ante un hombre-anuncio emparedado por un gran letrero que publicita la compra de oro, admitimos con toda naturalidad el transformarnos voluntaria o involuntariamente en vendedores de coca-cola o de una marca de calzoncillos.

Y es que, aquellas camisetas que la gente bien ocultaba celosamente y que luego pasaron a primer plano de la moda popular, acabaron por convertirse en algo parecido a las paredes blancas que desatan el furor uterino de los grafiteros, y así los pechos y las espaldas de nuestros conciudadanos y conciudadanas de cualquier edad empezaron a ilustrarse con toda clase de símbolos y, sobre todo, de mensajes, entre los cuales se colaba, claro está, la más ominosa publicidad.

Hoy día no hay quien escape de esta moda, y espero que alguien con conocimiento del método analítico nos lo explique y sistematice de forma que podamos sacar mejores conclusiones que las mías. El tema no es baladí, pues así como en la Edad Media las grandes catedrales servían como un inmenso libro donde podían leerse los episodios bíblicos, las camisetas nos transmiten hoy un buen número de indicios reveladores de las actitudes, pensamientos y preocupaciones del hombre actual. Así podréis ver a ese hombre de aspecto tosco que exhibe una frase lapidaria tomada de algún filósofo callejero (“Sé tú mismo”), o aquel otro con aspecto de funcionario que quiere pasar por joven rebelde mostrándonos la imagen del Ché, repetida hasta la náusea, o esa señora tipo maruja que nos lanza una frase entre críptica y erótica (“Yo lo hago gratis”, o “El tamaño importa”), o aquel que exhibe las siglas de una universidad norteamericana que no pisó en su vida (“UCLA”) o el que nos recuerda que ha viajado por ahí mostrándonos un paisaje con palmeras con un letrero en el que sólo falta el precio de la estancia en el hotel. A veces, aparentes lemas no parecen representar nada (“XH 1780”), y, además, la mayoría están escritos en inglés, por lo cual imagino que quienes de esta guisa se pronuncian tomando como soporte una camiseta no tienen ni pajolera idea de lo que van anunciando por ahí. Esto sin contar con que la sinuosa topografía femenina dificulta la lectura, por lo cual tampoco es infrecuente que nos descubramos a nosotros mismos en la embarazosa situación de tener fija la mirada en un busto prominente o buscando un mejor punto de vista para poder leer el texto en su totalidad.

Ahora no hay “evento” que no movilice camisetas. “Todos somos fulanito” rezan las camisetas repartidas con ocasión de una desaparición o un crimen, y para una excursión infantil identificaremos a los niños por el color y rótulo de sus camisetas, expresamente elaboradas con tal objeto. Y lo mismo ocurrirá en la celebración de un aniversario. Las reivindicaciones dan mucho juego también en este aspecto, y esos lemas tan ramplones que se utilizan al efecto merecerían una edición especial de la historia de la camiseta. Digo “edición” porque, efectivamente, saturados como estamos de libros y panfletos, ilustradas a tope nuestras tapias y paredes por los estúpidos e ininteligibles trazos de los grafiteros, y colmadas nuestras calles de letreros indicativos o publicitarios; o sea, careciendo de espacio para tanto contenido como se pretende utilizar, nuestros torsos y nuestras espaldas están siendo aprovechados para hacer afirmaciones y sugerencias de todo tipo y transmitir a la Humanidad toda clase de mensajes pretenciosos. Y cito torsos y espaldas cuando debiera referirme a cuerpos enteros, por cuanto también los pantalones exhiben palabras y frases intencionadas. No ha mucho tuve ocasión de ver cómo un grupo de ciclistas pedaleaba delante de mi coche reclamando “Aire Libre”. En un poderoso trance ecológico o talvez publicitario, o porque fuera el nombre de la sociedad ciclista a la que pertenecían, lo recomendaban efectivamente a todos los vientos, pero con tan mala pata que las palabras iban impresas en la parte trasera del culote y, más exactamente, coincidiendo exactamente con el lugar en que usted está pensando. Ahora, lo poco que queda ya libre para la ilustración es la mismísima piel, y quizá por eso anda la gente tatuándose por donde pilla. Y no creo equivocarme si les anuncio que la publicidad caerá pronto también por esos hasta hace poco vírgenes terrenos.

Finalmente me referiré a las camisetas deportivas, y lo hago porque es un tema económicamente relevante. Desde luego, su venta poco tiene que ver con el deporte activo puesto que no es infrecuente que cubran grandes barrigas cerveceras, pero, como fruto de los éxitos o del forofismo, generan cantidades millonarias. Yo, la verdad, las veo un par de pegas gordas: lo caras que se venden, y que no son fáciles de llevar en sociedad salvo en momentos de desmedida euforia.

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm5.static.flickr.com/4111/5071137755_4f74a500c7_z.jpg


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