Lancelot 2010. Anamnesis
03.10.10 @ 07:28:12. Archivado en Artículos
Por Por Carlos de Bustamante

(Lanzarote.1989.Óleo de Francisco Sebastián en pintura.aut.org. 34x46)(*)
Domingo 4 de julio. He de comenzar el comentario del día con un breve preámbulo: son exactamente las 9,30 de la mañana. Escribo sobre la mesa de la terraza que, con los relatos anteriores, puede resultarles familiar. Les digo primero lo que para mí al menos es un recreo de la vista: al fondo, donde parece juntarse el cielo con la mar, veo manadas de borreguitos, jugando a un espectacular escondite. Se ocultan unos. Aparecen otros. Saltarines, alegres, juguetones, como al salir del aprisco con peculiares brincos. Sucesión tan ininterrumpida como cautivadora.
Sin hartazgo de tan bello espectáculo, cambio el ángulo de visión. En un espléndido primer plano, el “riñón” de la piscina (cambien, por favor, el orden de las palabras), llama al chapuzón. Aprovecho el poder hipnotizador que me cautiva la visión para materializar el sentido de lo meditado último desde el mismo lugar en el mágico atardecer del día pasado.
Como nadie me obliga a inmersión tan tempranera en aguas tibias, cristalinas, la decisión no de ley, está en mí mismo, en mi propio cuerpo. Aún en asunto baladí, soy ley para mí mismo: anamnesis. Obro u obraré según mi propia ley. En asuntos más importantes (valga éste sólo como ejemplo), obro u obraré no según el instinto o apetencia, sino con arreglo a mi propia conciencia: anamnesis. Ahora (aparte ya lo del agua), debo hacer mi rato de lectura –hoy del que fuera cardenal Ratzinger- y la oración de la mañana. Porque-perdón- me da la gana. Porque desde un punto de mira sobrenatural (ni borreguitos, ni aguas tibias…), es mi propia ley, mi propia conciencia, mejor o peor formada, quien me lo dicta: anamnesis.
Cuando finalice el tiempo que me he programado para estos menesteres, dejo contemplación, lectura y meditación y pasaré a otra obligación, según mi propia ley-que es ley de Dios aceptada-: quiero y debo cumplir el precepto dominical, por la misma razón sobrenatural y la natural con ella: porque me da la gana y mi ley que, repito, es la de Dios, me pide cumplirla. Iremos luego a oír la Santa Misa dominical a Playa Honda: anamnesis.
No sé a ustedes. A mí sí me quedó claro el palabro referido y meditado. Es decir y en resumen de la película que pasó por mi mente mientras la vista seguía fija en el espejo con forma de riñón: cuando el hombre-pagano por lo general-no tiene ley, obra naturalmente según sus creencias o disposiciones sinceras sin tener ley, ellos son ley para sí mismos. Con ello parece quedar claro, que cuanto exige la ley, está escrito en cada corazón, tal como resulta del testimonio de cada conciencia.
Ya el gran san Basilio-continúa la “película” durante mi hipnosis- dejó su impronta en la mística –tan denostada- medieval. Habla de la “chispa del amor divino” que se nos ha ocultado en nuestra intimidad. Esa chispa de la que se vale el santo como metáfora, quiere indicar e indica, que infundido en nosotros, sin saberlo, hemos recibido del Creador en el interior, una originaria capacidad y prontitud para cumplir todos los mandamientos divinos. Mandamientos que vienen a ser así algo no impuesto desde fuera, sino como lo impreso en cada ser humano: el conocimiento fundamental del bien o del mal. Puede, pues, decirse –sigue mi hipnosis- que el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, posee una íntima tendencia a todo lo que es conforme a Dios. Percibe así armonía con algunas cosas o actos y encuentra contradicción en otras. Miren por cuanto, sin pestañear los ojos, fijos en las irisaciones del agua, encajé a la vez anamnesis y conciencia. Ley divina y ley natural.
Sin que me conste su asentimiento a estas intimidades meditadas y escritas por no sé qué impulso ¿hipnótico?, salgo de él como de un sueño y continúo con el panorama que diviso desde mi observatorio mañanero.
A continuación del límite de las aguas en la piscina-mar chica-, en una estrecha franja de tierra cubierta de “picón”, como aquí llaman a lava desmenuzada para absorber la humedad ambiente, emergen numerosos rosales, que combinan el variado color de las rosas-diferente y a cuál más preciosas en cada uno-, con el blanco impoluto del límite “manriqueño” de la propiedad. En diversos escalones de profundidad luego, las palmeras canarias abanican con elegantes y luengas manazas el calor que intenta, sin conseguirlo, ser amo y señor del ambiente. Junto a ellas y por detrás, matorrales apretados de buganvillas que van del rojo intenso al rosa pálido, forman un muro natural, bellísimo, de otra propiedad colindante. Por entre algunos lapsus de color, se ve nítido el verde y azul inmenso de la mar oceana. En ella, borreguitos y diminutas velas de embarcaciones de recreo o barcas de pesca de vuelta a puerto, compiten en dar el toque de belleza al cuadro que cautiva al forastero sensible a tanto atractivo.
No puedo omitir porque es una hermosura, el seto a mi diestra que forman los arbustos ramificados de los canarios hibiscos: vegetación de un verde intenso en follaje tupido, salpicado de campanillas gigantes color carmesí, muy vivo. Flor caduca en no más de tres días a las que sustituyen cada nuevo amanecer otras aún más bellas y numerosas. Privilegiado rincón en el que estoy instalado. Edén canario. Conejero.
San Ginés es la principal parroquia de la capital conejera: Arrecife de Lanzarote. Distante poco más de una legua de la casa de nuestros hijos, en coche se recorre en un verbo. Todos fuimos a Misa. Como en los pueblos castellanos-españolísimos de pura cepa los canarios-, el personal esperaba en el atrio el comienzo del Santo Sacrificio. Entramos. Impacta el color oscuro del Templo por la piedra volcánica, con la luz que penetra intensa por numerosos ventanales y los grandes hachones de cera en combinación armónica con la luz eléctrica. Templo muy bello, luminoso. Templo lleno a rebosar. Naturales y forasteros. Muchos inmigrantes. Calor pese a los ventiladores y corriente de aire entre ventanales. En la Consagración, excepto algún anciano o impedido, de rodillas todos. Sin prisas en la acción de gracias después de la Comunión. Aperitivo y tertulia luego en “el Charco”. La gracia de Dios instalada en familia.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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