Campanas
02.10.10 @ 07:21:33. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Segovia. Acuarela de Luis Labrador en expo-torreon09.blogspot.com)(*)
Quizá sean una especie en extinción como tantas otras. Lo digo porque, aunque desconozco lo que dicen las ordenanzas municipales, imagino que más antes que después alguien acabará por entrar a saco en otra de nuestras más tradicionales y consolidadas formas de comunicación: el sonido de esas campanas que, por fortuna aún escucho en las proximidades del Jarama o desde las marismas de Santoña.
Las del Jarama me recuerdan que se acerca la hora de la misa, y lo hacen dándome tiempo suficiente para llegar, que en coche no lleva más de cinco minutos y a pié no llega a veinte. En cuanto a las campanas montañesas, son más como de la tierra, y por tanto más expresivas y matizadas. Las de San Pelayo, situadas allá en el alto como es tradicional, andan pendientes de lo que pasa por el pueblo de la misma forma que éste anda más atento a su sonido que en las ciudades o en los poblados cercanos a la capital.
Las campanas de San Pelayo saben tanto de alegría como de dolor. Las recuerdo un amanecer de domingo, cuando irrumpieron en mi habitación para despertarme con la complicidad de los gorriones. En la mañana azul, las campanas repicaban como entusiastas heraldos de la Resurrección:
Un coro de gorriones me despierta.
Entra el azul por la ventana abierta
con el olor que asciende desde el prado
y el resplandor de un cielo iluminado.
Suena a lo lejos la voz de una campana
¡Dios es aún más Amor esta mañana!*
Hoy esa misma campana tocaba a muerto. Fue primero una campanada que quedó vibrando aislada en el aire como un pájaro. La siguió otra en un tono diferente, y otra, y otra, y así, perfectamente diferenciadas y espaciadas, siguieron durante un largo rato las demás, resonando como aldabonazos en mi corazón. Salían las campanadas al aire como si las costara hacerlo, como si quisieran decir que sentían tener que sonar para una cosa tan triste; como llamándonos cortésmente a la reflexión para arrancar una oración a los vecinos. Con su voz dulcemente metálica parecían decir que la muerte es cosa importante que bien merece echarla tiempo; que no es cuestión de quedar bien con la familia del difunto. Que cuando un vecino se muere es como si todos muriéramos un poco, porque sin él el pueblo no será ya nunca al mismo. Se diría, en fin, que cada campanada quería aproximarnos a nosotros, los vecinos, de alguien que con el que habíamos compartido muchas cosas. Todo esto decían las campanas, más que con su sonido, con sus largos intervalos de silencio.
Comprendo que el rotundo sonido del bronce podría haber despertado a alguno que salió esa noche de juerga y ahora dormía profundamente, o perturbado el descanso de un enfermo, o sencillamente molestado a quienes nunca creerán en su lenguaje. Comprendo que, puestos a prohibir como ahora está de moda, algunos encontrarán motivos propios y razonables para obligar a enmudecer a las campanas. Pero digo yo que éstas siempre estuvieron allí, sonando durante siglos y siglos, y siempre fueron tenidas por seres entrañables y cercanos, músicos especialmente dotados para suscitar la emoción; heraldos de la fe y ornamento de nuestros pueblos como sus vecinas las cigüeñas a las que seguimos protegiendo. En suma, una parte integrante de nuestro paisaje exterior e interior, y original expresión de nuestra propia y ancestral cultura.
¿Sobrevivirán estas campanas - me pregunto yo - a la actual obsesión iconoclasta y a la zafiedad intelectual de esos incultos próceres a los que vemos ávidos por mostrar su poder destruyendo nuestras tradiciones más queridas?
* De mi libro de poemas “Banda sonora”.
PS: El día siguiente a haber escrito este artículo leo una carta al director de ABC en la que una señora se lamenta de la disposición de su ayuntamiento por la que se prohíbe hacer sonar las campanas de las iglesias malagueñas. Me pregunto si mi escrito no fue premonitorio. La carta dice que no se librará ni siquiera la Catedral. Por lo visto, su sonido molesta al vecindario, o al menos eso dicen los ediles, que son gente de calidad a juzgar por lo que cobran. Según se ve, la ciudad es un oasis no perturbado por fiestas, ni discotecas, ni tascas, ni pubs ni “after hours”, ni tráfico, ni moteros a todo gas, ni jóvenes con la radio del coche a pleno volumen, ni altavoces, ni televisiones, ni algarabía de conversaciones en voz alta, a la española. O sea que posee justamente el silencio imprescindible para que suenen a gloria las campanas. Pero que, por lo que se ve, éstas son allí novedad. Y yo me pregunto si esas campanas malagueñas no habrán sonado, como todas, durante siglos; si no las oyeron padres, abuelos y tatarabuelos; y con esto me quedo corto en la enumeración. O quizá nuestros antecesores no fueron tan listos como nosotros, que somos consumidores y hasta hemos inventado lo del progenitor B.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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