La generación perdida
30.09.10 @ 07:25:04. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Paseo norcturno. Acuarela de Carol Carter en carol-carter.com) (*)
Ya tenemos su definición. Alguien acuño las dos palabras, y les aseguro que en poco tiempo habrá hecho un buen número de titulares en periódicos y revistas, a menos que alguien las acalle para que no cunda el pánico: “generación perdida”.
Naturalmente, la expresión recién nacida se refiere a la generación de los nuevos jóvenes, a quienes empiezan ahora a vivir la vida y buscan un trabajo; aquellos que pretenden formar una familia y aspiran a todas esas cosas que no les voy a explicar por bien sabidas.
La definición se ve acompañada, al menos en estos pagos, por algunas significativas estadísticas. De ellas me impresiona especialmente la que refleja el alto porcentaje de los que ya tiraron la toalla, o sea, de los que ya ni siquiera tratan de buscar trabajo. Un dato que no será aplicable a todos los países del mundo, pero que aquí, en España, resulta realmente escalofriante.
A mí me aterra la proyección hacia el futuro de unos números con los que no les voy a importunar ahora, pero que dan verdaderamente que pensar. Me preocupa, como siempre, la sociedad sobre la que cae tanta desgracia en gestación o desarrollo: el fenómeno de la depresión, tan extendido que quien no lo sufre parece un bicho raro; la droga, con la que hemos sido tan condescendientes que ahora acecha en cualquier recodo a nuestros jóvenes; o el relativismo, que les deja inermes ante las tentaciones del egoísmo y del vicio, esa palabra casi desterrada pero que es cada vez más idónea para describir el creciente desarreglo moral.
Todo esto estaba ya ahí, y encima cae sobre nosotros lo de la “generación perdida”. Su contraste con lo que fueron nuestras esperanzas resulta descorazonador, porque una cosa es ser pobre y otra dejar de ser rico. Haber acostumbrado a nuestros hijos a la abundancia, para enfrentarlos ahora a la escasez. Pasar de la “Sociedad del Bienestar” a la “del Malestar”.
El caso es que sabemos quiénes son los causantes o, por lo menos, los principales responsables. Tenemos incluso algunas fechas, y, desde luego, varios rostros. Bastantes pertenecen a banqueros; también a algunos políticos. En España destaca un rostro conocido. Sabemos que puso en peligro nuestra unión y nuestra prosperidad por un plato de lentejas, o sea, de votos, y que trabajó conscientemente para erradicar todo signo de firmeza, todo rastro de convicción moral.
Ahora, llegado el momento en que habríamos de buscar fuerza interior, capacidad de sacrificio y hasta ilusión allá donde todo se nos vuelve en contra, mire usted lo que encontramos: sexo e informática, polémica y politiqueo, y sobre todo, falsedad; la mentira como recurso habitual. Y no lo podemos ni lo debemos ignorar o soslayar; no podemos desamparar a toda una generación, perdida, por lo que dicen, para el futuro. Esto sería demasiada desgracia para demasiada gente. Porque la “generación perdida” son, simplemente, nuestros hijos.
Así que el problema es doble: Por una parte, deberíamos ordenar la nación para que la cosa funcione más o menos. Habrá que ver cómo reducimos las listas del paro, cómo generamos puestos de trabajo, cómo regeneramos nuestra democracia, cómo ponemos un poco de rigor y seriedad en lo que hacemos, cómo, sin caer en el engaño, ofrecemos a esa “generación perdida” algo de esperanza.
Por otro lado tendremos que salvar algunos restos del naufragio moral. Ante unos caminos que parecen no llegar a parte alguna, tendremos que propiciar el reencuentro con nuestra Tradición, es decir, con nuestro propio ser como nación, buscar aquellos resortes que no están en el placer y la tecnología sino en el interior de las personas, allá donde uno pude conectar consigo mismo y con Dios. Y, naturalmente, alguien tendrá que asumir la responsabilidad de la pérdida de toda una generación. Alguien tendrá que hacer examen de conciencia.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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