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Los lunes, revista de prensa y red

Permalink 27.09.10 @ 07:25:09. Archivado en Artículos

“¿Amaremos a Zapatero?” de Gabriel Albiac, y “La carga de los tres reyes” de Pérez Reverte.

(See the whole. Acuarela de Behzad Bagheri en flickr.com.38x63) (*)

¿AMAREMOS A ZAPATERO?

Artículo de Gabriel Albiac publicado en abc.es el pasado día 15

«La intención de la neolengua no era sólo proveer un medio de expresión a la cosmovisión y hábitos mentales propios de los devotos del Partido, sino también imposibilitar otras formas de pensamiento. Lo que se pretendía era que, una vez la neolengua adoptada definitivamente y olvidada la vieja lengua, cualquier pensamiento herético, es decir, un pensamiento divergente de sus principios, fuera literalmente impensable». El Partido Único se llama Ingsoc, apócope de English Socialism, y neolengua es el hallazgo literario mediante el cual George Orwell da, a final de los años cuarenta, espejo al monstruo stalinista en su novela 1984. La intuición de Orwell —que fue militante comunista hasta la guerra de España— deslumbra por su sencillez: aquello que diferencia al totalitarismo de todas las variedades de dictadura en el siglo precedente es la capacidad de crear lenguaje e imponerlo. Porque los individuos no somos más que lo que las palabras hacen de nosotros. Quien manda sobre la gramática, manda sobre las conciencias. Fue un hallazgo transversal a Hitler y Stalin. Y si Orwell y Koestler dieron su clave narrativa en lo que a la Unión Soviética se refiere, Victor Klemperer lo haría —él mediante clave filológica— en lo que da las grandes claves del nazismo: la forja de un habla, anatomizada en su LTI: La lengua del Tercer Imperio. Esa lengua que permitía la nazificación automática de los tan exquisitos, tan cultos, tan sabios colegas universitarios del profesor judío: «Ninguno era nazi», deja caer irónico acerca de esas gentes demasiado elegantes; «pero todos estaban intoxicados». Por la lengua. No hay quien escape a eso.

El proceder básico de la neolengua orwelliana está en la generación de lo que su autor llama un doblepensar. Lo que es lo mismo, el trastrueque del significado de las palabras, hasta hacerlas decir exactamente lo contrario de lo que dicen. Cristaliza en fórmulas cerradas, vistosas, fáciles de retener: «la ignorancia es la fuerza», «la guerra es la paz», «la libertad es la esclavitud»… Al final, el disidente Winston torturado experimentará la dimensión de esa derrota del hombre sin palabra propia. Y en los cuatro dedos que el torturador pone ante sus ojos, él verá lo que está mandado ver: cinco. Y todo retorna al orden. «Amaba al Gran Hermano»: es la frase que cierra la novela.

«La ignorancia es la fuerza», «la guerra es la paz», «la libertad es la esclavitud»…, «el paro es el trabajo». Idéntica la estructura y función de los cuatro enunciados: suplantar la realidad. Sólo que el cuarto de ellos no es del gran George Orwell en una de las novelas más imprescindibles y amargas del siglo XX. Es del párvulo Zapatero. Que tal vez —estoy convencido de que es posible para su cerebro— ni siquiera haya sido cínico al formularla: se requiere cierta densidad neuronal para ser cínico. Y que probablemente no ha experimentado siquiera el primordial placer sádico que debiera aportarle un tal escupitajo sobre el rostro de los millones de parados en el límite de la supervivencia: se requiere talento también para ser malo. Es peor: un necio armado de una fe segura. Lo peor. Lo peor de todo. ¿Acabaremos, como el pobre Winston de Orwell, amando a Zapatero?

LA CARGA DE LOS TRES REYES

Artículo de Arturo Pérez Reverte publicado en XLSemanal el pasado día 12 de Julio

Ya ni siquiera se estudia en los colegios, creo. Moros y cristianos degollándose, nada menos. Carnicería sangrienta. Ese medioevo fascista, etcétera. Pero es posible que, gracias a aquello, mi hija no lleve hoy velo cuando sale a la calle. Ocurrió hace casi ocho siglos justos, cuando tres reyes españoles dieron, hombro con hombro, una carga de caballería que cambió la historia de Europa. El próximo 16 de julio se cumple el 798 aniversario de aquel lunes del año 1212 en que el ejército almohade del Miramamolín Al Nasir, un ultrarradical islámico que había jurado plantar la media luna en Roma, fue destrozado por los cristianos cerca de Despeñaperros. Tras proclamar la yihad -seguro que el término les suena- contra los infieles, Al Nasir había cruzado con su ejército el estrecho de Gibraltar, resuelto a reconquistar para el Islam la España cristiana e invadir una Europa -también esto les suena, imagino- debilitada e indecisa.

Los paró un rey castellano, Alfonso VIII. Consciente de que en España al enemigo pocas veces lo tienes enfrente, hizo que el papa de Roma proclamase aquello cruzada contra los sarracenos, para evitar que, mientras guerreaba contra el moro, los reyes de Navarra y de León, adversarios suyos, le jugaran la del chino, atacándolo por la espalda. Resumiendo mucho la cosa, diremos que Alfonso de Castilla consiguió reunir en el campo de batalla a unos 27.000 hombres, entre los que se contaban algunos voluntarios extranjeros, sobre todo franceses, y los duros monjes soldados de las órdenes militares españolas. Núcleo principal eran las milicias concejiles castellanas -tropas populares, para entendernos- y 8.500 catalanes y aragoneses traídos por el rey Pedro II de Aragón; que, como gentil caballero que era, acudió a socorrer a su vecino y colega. A última hora, a regañadientes y por no quedar mal, Sancho VII de Navarra se presentó con una reducida peña de doscientos jinetes -Alfonso IX de León se quedó en casa-. Por su parte, Al Nasir alineó casi 60.000 guerreros entre soldados norteafricanos, tropas andalusíes y un nutrido contingente de voluntarios fanáticos de poco valor militar y escasa disciplina: chusma a la que el rey moro, resuelto a facilitar su viaje al anhelado paraíso de las huríes, colocó en primera fila para que se comiera el primer marrón, haciendo allí de carne de lanza.

La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo -imagino que tendría otras cosas en la cabeza-, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros -porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros-; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando Alfonso VII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria.

¿Imaginan la película? ¿Imaginan ese material en manos de ingleses, o norteamericanos? Supongo que sí. Pero tengan la certeza de que, en este país imbécil, acomplejado de sí mismo, no la rodará ninguna televisión, ni la subvencionará jamás ningún ministerio de Educación, ni de Cultura.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm5.static.flickr.com/4087/5001402422_42337514b0_z.jpg


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