Lancelot 2010. Tengo miedo
25.09.10 @ 07:23:02. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Lanzarote.1989.Óleo de Francisco Sebastián en pintura.aut.org)(*)
No creo que incurra en ningún delito que vaya contra los derechos de autor con este título. Sobre todo los mayores conocimos una canción ligera que llevaba estas palabras como motivo fundamental del argumento: amoroso, cupletero.
Como saben algunos de mis lectores (¿) amigos, porque hace falta serlo para seguirme, he dejado la Península. Sin desertar de nada-aunque corren malos tiempos- he puesto, como cada año, aunque este con mayor motivo, tierra de por medio. Quiero decir, y digo, mar de por medio. Vuelo sobre la mar oceana, hasta una de las Islas Afortunadas. La muy afortunada Lanzarote (Lancelot). Por primera vez en muchos años “descabalgo de una mula y en un caballo cabalgo”. Para ser más claro: abandono el tiqui-taca del ordenador en el teclado (terco a veces como una mula ) y cabalgo en el más brioso corcel-casi olvidado- de la tinta y cálamo. Perdonen el enredo. Provocado. No escribo con tinta ni con cálamo (pluma, de pluma de ave) , sino con vulgar “boli”. El adminículo (bolígrafo), ¿bola que escribe, o para escribir?, que ha ganado la partida a la pluma estilográfica. Y ahora…, a lo del miedo.
Desde que en acto de servicio sufrí un accidente vascular-cerebral –y perdonen la necesaria confidencia personal-, he de enfrentarme con frecuencia a dificultades de cierta importancia. Nada imposible. Dificultades. Cuando son nuevas y hasta que me amoldo o medio supero, les confiesa un viejo soldado roto y estropeado, que paso miedo. Me asustan las novedades. Hasta el ridículo cuando son simples. Y lo son con frecuencia. Si no lo fueran, es que ni me atrevo. Por el riesgo que algunas entrañan, incluso cayendo en el aparente contrasentido de ser cobarde. Cobardía que, antes, imprudente, en absoluto tenía. Otras veces, tras vencer el miedo rayano en pánico, supero la prueba. Si en ello hubiera algún posible mérito, con frecuencia lo estropeo: por cada prueba superada, aflora la vanidad con la que se me puedo aplicar el dicho popular: “deportista de oficio, más fuerte que un toro y más tonto que picio”.
La novedad y miedo de este Lancelot 2010, fue que en la nueva prórroga vital concedida por la Divina Providencia, pude combinar la estancia en el hotel de costumbre con la mansión de mis hijos. Preciosa, sí, ya se lo he dicho (mansión), pero con demasiadas novedades a superar. Y miedo. Miedo al levantarme por la noche y, desorientado, no atinar con los interruptores de la luz, con las puertas, con el cuarto de baño… y no sin considerable alboroto en el silencio, al tropezar con objetos no habituales. Desconocidos. Al estrépito del abuelo, todos en pie y tertulia improvisada. Primera noche… de miedo.
Día luego espléndido y nuevo reto. Fui nadador más que aceptable y aún en la actualidad nado mejor que ando. Pero g. a D. aunque mal, hago ambas cosas. La piscina de la nueva casa, es por demás tentadora. Ninguna dificultad en el hotel con barandilla en cómoda rampa de acceso. Acostumbrado, “pan comido”. Pero ¿y en ésta? Como he de entrar sin violencia- imposible, por miedo, tirarme-, ¿por dónde bajar al agua? Fallido el intento tembloroso al utilizar las escaleras metálicas. Y miedo, horrible, en el intento. Un miedo “de miedo”. Sudaba a mares y deseaba el chapuzón. Temía que me empujaran. No lo hicieron. Necesitaba el refresco. Ayudado, logré sentarme al borde del agua. ¡leñe cómo quemaban las baldosas! Avancé sentado lo más deprisa que pude y me dejé escurrir hasta el agua. ¡¡Placer de dioses!! Sobre todo en salvosea la parte… tuve que nadar porque no hacía pie. El primer día y con el susto dentro, muy poco. Pensaba en la salida. Más miedo; mucho miedo. Pues sí, cobardica.
Resulta que disponía de escaleras-con banzos muy altos las puñeteras- y nadie me lo había advertido. Hasta mi nieto empujaba de la parte antes escaldada… Con sudores, miedo y trasudores al intentar todas las formas posibles para salir del pozo, al fin pisé tierra firme. ¡Prueba superada! Vanidad nacida. Sonrisa en una cara desencajada y de alivio en los presentes que lo pasaron aún peor que yo. Baño accidentado, pero baño. Delicioso. Desde la terraza luego, meditaba, tozudo, cómo volver a otra nadadita. Nunca quiero darme por vencido. Refresqué previamente las baldosas y ya solo, me senté en la orilla. Me dejé resbalar hasta el agua. Facilón. Otra nadadita con la sonrisa en todos de oreja a oreja. Sentado en el primer escalón, según el plan concienzudamente previsto en la terraza, superé también la salida. Una maravilla esta piscina. Un largo más. Entrada y salida, ya más fácil. “Saber manera” que decían los moros.
Celebración durante la comida. Exquisito el Malvasía. Quedó atrás el miedo. Como casi siempre. ¿Cómo tener valor si no se vence el miedo? En mi profesión el valor no lo tengo acreditado. Sin participar en acciones de guerra, se me supone. En la vida diaria actual, sí el miedo. Acreditado del todo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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