Arte y belleza. 2. Situación actual de las Bellas Artes
24.09.10 @ 07:20:44. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Winter days. Acuarela de Grzegorz Wróbel en greegw.deviantart.com)(*)
Aunque en el artículo de la semana pasada tratamos ya este tema, con comentarios al artículo de divulgación del arquitecto vallisoletano Javier López de Uribe, éste mismo me facilitó, con su conferencia que también citábamos, un más profundo análisis de la situación en que las Bellas Artes se encuentran en nuestros días, de sus causas y consecuencias, en el resumen que contiene aquella de la exposición del profesor José Miguel Ibañez Langlois en su libro “Introducción a la Literatura” (Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, 1979) sobre esta cuestión. Creo vale la pena reproducirlo, pues ilustra con mayor profundidad los comentarios que al respecto hacíamos en el artículo anterior.
Opina Ibáñez Langlois que la mejor poesía, la mejor música y la mejor pintura de este siglo arrancan de las vanguardias de la primera posguerra, florecen vasta y creadoramente a lo largo de las tres décadas siguientes, y luego se extinguen. Después de la Segunda Guerra Mundial solo hay sobrevivientes, es decir, artistas que produjeron lo mejor en el período comprendido entre las dos guerras mundiales y que en cierto modo se continúan y repiten a sí mismos en su era crepuscular, en su extinción. Pero no surgen, propiamente, figuras nuevas: sólo epígonos, seguidores, discípulos. y lo mismo ocurre más allá de las artes, con el pensamiento filosófico y con la Religión.
"En compensación –dice Ibañez Langlois- los últimos años nos han ofrecido un fantástico desarrollo de las ciencias positivas o experimentales, en una medida que jamás pudo soñarse con anterioridad, y a esta explosión científica ha seguido, de inmediato, un progreso técnico que también supera toda imaginación anterior (...) El retroceso visible de1 pensamiento y de las artes, pues, se compensa con un gigantesco salto adelante de las ciencias empíricas y de la tecnología, hasta llegar a configurar el inmenso desafío o dilema de nuestro tiempo: si el hombre logrará poner esos adelantos al servicio de la verdadera humanidad o si más bien será aplastado por el fruto de su propio ingenio, como el aprendiz de brujo que consigue desatar unas fuerzas maravillosas que escapan a su dominio" (...)
"La ciencia es, sin duda, un producto de la inteligencia creadora, y su descendencia tecnológica tiene un poder y una eficacia que nadie debería disminuir. Con todo, son absolutamente impotentes para llenar el inmenso vacío espiritual de las últimas décadas. El espíritu humano es mucho más amplio que la llamada inteligencia y ésta, a su vez, mucho más que esa pequeña parte de la razón con la que hacemos ciencia y tecnología. Todo lo cual justifica que hablemos de una declinación intelectual y, más aún, de una decadencia del espíritu. Este hecho, al fin y al cabo, no tiene por qué extrañarnos. Los períodos espiritualmente fecundos de la humanidad son pocos e intermitentes, y están separados entre sí por amplios períodos de discipulazgo, de continuidad y mantenimiento, cuando no de irreparable pérdida o penuria de espíritu. No vivimos un siglo de oro, sino un tiempo de decadencia moral y espiritual. Si ello es así resulta importante no hacerse ilusiones, afrontar los tiempos como vienen y sacarles el mejor partido a la vista de alguna futura era de renovación creadora que, justo es decirlo, no se divisa ni presagia todavía por ninguna parte, aunque para ella, culturalmente hablando, hemos de vivir: para prepararle sus materiales de creación espiritual"
"Hoy se lee poco, mañana no se leerá nada (...) No nos damos cuenta. Pero es así. Hay un círculo indestructible constituido por el leer, el escribir y e1 pensar. El que no lee ni escribe bien no puede tener sino los rudimentos más elementales del pensar, lo que significa una impotencia grande para resolver los demás acuciantes problemas del subdesarrollo. El pensamiento se da siempre en el interior de la palabra. Cuando un alumno dice `lo se, pero no se expresarlo´, es que no lo sabe, o lo sabe con ese pensamiento germinal y confuso que más tarde será su ruina como profesional, como científico, como estadista, como elemento activo de una sociedad que lo necesita imperiosamente. El descenso de los hábitos de lectura de un pueblo implica un auténtico retroceso mental de la sociedad. Disminuye su imaginación creadora, su inteligencia, su sensibilidad; el individuo es menos hombre; es menos. La sociedad declina en todas sus actividades y relaciones. Y otra vez estamos en el círculo vicioso del subdesarrollo, del hambre, de la subcultura, de la impotencia" (…)
"Así como el ritmo frenético y estridente de una musiquilla de moda revela la íntima desarmonía, desorden y caos de1 alma de sus cultivadores, así la perfección de la música llamada clásica revela la paz y la disciplina interior de su creador y de sus adeptos. Valga la imagen para sugerir un estado de cosas análogo en el orden literario. Los libros que llamamos clásicos por su belleza y profundidad, por su inteligencia y lenguaje, revelan, a pesar de su frecuente contenido dramático y aun trágico, una íntima armonía interior en el intelecto que los engendró y en el lector que los recrea con un placer reposado y hondo. En su génesis se produce el proceso llamado catarsis, esa purificación de las pasiones y de la carga existencial de la vida mediante su ordenación y desarrollo en el lenguaje. Por el contrario, lo éxitos de la moda literaria, los librillos de toda especie, los relatos sensacionalistas, los folletines, la literatura de color -rosa, amarilla, negra, celeste-, evidencian en su creación, gozo y consumo esa estridencia vulgar, ese tedio que busca curarse con sensaciones fuertes, ese frenesí barato que es hoy el estado de ánimo habitual de multitudes innumerables de seres humanos. Las obras clásicas de la literatura -vieja o nueva- enfrentan hoy esa resistencia psicológica tan difícil de vencer, que se refiere al ritmo interior del pensamiento y de la sensibilidad. A la catarsis del lenguaje se prefiere la emoción cruda y directa, que muchos llaman LA VIDA MISMA, pero que no es sino la dimensión más superficial de esa vida que en lo hondo de sí posee otro dinamismo más secreto e invisible, el que es propio de la belleza. Las obras de arte (...) exigen precisamente esa sintonía, esa empatía, esa afinidad con las honduras reposadas dei alma, cuya pulsación vital es más secreta, pera no menos intensa que los estados de ánimo superficiales" (…)
"Es un error sentir a los Clásicos alejados infinitamente de nuestra sensibilidad; están muy cerca de ella, y yo diría que un proceso no muy largo ni muy tedioso de educación puede salvar can relativa facilidad las barreras iniciales" (…) Suponen para nosotros "una vivísima fuente de irradiación intelectual y ética, capaz de fundar en el día de hoy las renovaciones más radicales en materia de lenguaje y de inteligencia".
Se trata, pues –comenta López de Uribe- , de un problema de educación. "Nuestra mente –continúa citando a Ibañez Langlois- sigue conteniendo, aun en forma larvada o germinal, esas potencias que hacen factible y gozosa la lectura de los libros que damos en llamar Clásicos, sean ellos antiguos o nuevos", y, remontándonos más, que hacen posible la contemplación de la belleza. "La afición, aun a costa de grandes dificultades, puede ser despertada en el alma, puesto que no en vano trae consigo un gozo más puro y más alto, que es su mejor estímulo. Pues al fin y al cabo, lo que se pretende (…) no es que cumpla un penoso deber, sino que aprenda precisamente a gozar y a deleitarse mejor".
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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